Somos personas - Dios es persona

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Dios es persona.

La persona Divina es un sujeto incorpóreo, no creado y creador. Dios es persona, ya que es pura inteligencia y puro querer reflexivo. Dios es la primera persona, ya que él es la razón del ser, de la unidad, de la bondad y de la belleza de todas las cosa. Dios es persona, ya que se sintoniza con las personas angelicales y con las personas humanas. Dios es Espíritu. Espíritu significa comunicación y actividad sin límites. El espíritu penetra en los abismos más profundos de la realidad. Se abre, se comunica y se entrega. Es incorruptible. Es inmaterial y, por esto, es inmortal.

Los ángeles son personas.

El ángel es un sujeto incorpóreo y creado. Es persona, ya que es una criatura espiritual que puede sintonizarse con otra persona angelical, con las personas humanas y con la persona divina, gracias al poder de la inteligencia y del querer reflexivo.

Los Ángeles buenos son personas incorpóreas y creadas que influyen positivamente en nuestro espíritu, inclinándonos a una vida de unión, en la cual se encuentra nuestra realización.

Los Ángeles malos son personas incorpóreas y creadas, que influyen negativamente en nuestro espíritu, inclinándonos a una vida de división, en la cual se encuentra nuestro fracaso.

Nosotros los humanos somos personas.

Nosotros los humanos somos criaturas compuestas de un cuerpo corruptible animado por una única alma racional capaz de funciones vegetativas (en común con las plantas); de funciones sensitivas (en común con los animales) y de funciones espirituales (en común con los ángeles y con Dios).

Todos los humanos somos personas, ya que somos sujetos individuales capaces de sintonizarnos con otra persona humana, con las personas angelicales y con la persona divina, gracias al poder espiritual de la inteligencia y del querer reflexivo.

Ahora bien, con su inteligencia, el hombre puede conocerse a sí mismo, al mundo y a lo trascendente. Con su inteligencia puede planear su historia personal.

Además, con su querer reflexivo el hombre es capaz de elegir entre las diversas opciones que la inteligencia le presenta y, por la libertad, es capaz de entregarse a la opción elegida entre muchas. En efecto, libre es quien sabe lo que quiere hacer.

Los resucitados son personas.

En el momento de nuestra muerte corporal dejamos un cadáver que se descompone. Ya "no funcionan" las funciones vegetativa y sensitiva (como dice la misma palabra "difunto").

Sin embargo, no morimos totalmente, ya que el alma humana espiritual es incorruptible e inmortal. En efecto, ella no puede perecer directamente, es decir, es incapaz de descomponerse, ya que no está integrada por elementos materiales. Tampoco puede perecer indirectamente, ya que, para ejercer las dos funciones espirituales propias (conocimiento intelectual y querer reflexivo), ella no necesita de órganos corpóreos.

Luego, en el momento de la muerte corporal nuestra alma espiritual, por su independencia del cuerpo, sigue siendo el sujeto de una vida futura incorruptible.

Sin embargo, ¿cómo podría vivir mi alma separada del cuerpo?

Encontramos la respuesta en la doctrina resurreccionista que sostiene la supervivencia personal e ilimitada de todo el hombre en su unidad. En efecto, toda la persona resucitada vive una vida inmortal por el nuevo "cuerpo espiritual" integrado por elementos materiales incorruptibles.

En resumen. La persona humana de los resucitados es un sujeto individual en el cual la nueva corporeidad de la vida vegetativa, sensitiva y pasional se encuentra totalmente armonizada por el espíritu. Esta espiritualización del cuerpo es la fuente del dinamismo y de la incorruptibilidad de todo el hombre resucitado que se sintoniza con la persona divina, con las personas angelicales, con las demás personas de los resucitados y con las personas humanas que habitan todavía este cosmos destinado a transformarse en tierra nueva y en cielos nuevos.

El cuerpo de los resucitados está integrado por elementos materiales incorruptibles. San Agustín decía que la doctrina de la resurrección de los cuerpos era la más rechazada, sin embargo, él respondía así: (I) Dios, que creó al hombre de la nada, tiene poder para resucitarlo. Él sabe cómo y de dónde resucitarlo. (II) Dios puede resucitar nuestros cuerpos corrompidos, como es capaz de hacer milagros por encima de las leyes de la naturaleza.

Epílogo.

Por la corporeidad, la persona humana es un admirable microcosmo en el cual se sintetiza el reino mineral, el reino vegetal y el reino animal.  Por la racionalidad, somos imágenes de Dios, ya que de él participamos la vida intelectiva y el poder de elección. De esta manera, el Hacedor nos ha constituido como personas creadas creadoras de nuestra autobiografía.

Por ser personas, todos valemos lo mismo. Sin embargo, entre los humanos hay diferencias de edad, de capacidades físicas, de valores intelectuales y morales, de condiciones sociales y económicas. Es evidente que los "talentos" no están distribuidos por igual. Sin embargo, estas diferencias pertenecen al plan de Dios, ya que ellas nos impulsan a la virtud de la solidaridad que nos inclina a tratar al otro como a uno de nosotros.


 

El Dr. Luciano Barp Fontana es Profesor de Filosofía, Ciencias Religiosas y Letras Clásicas e investigador de tiempo completo en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad La Salle, Ciudad de México. Sus áreas de investigación son: Antropología filosófica; Ética filosófica y teológica; Derechos humanos; Filosofía de la ciencia y Filología clásica.
Pertenece a la Asociación Mexicana de Estudios Clásicos, A.C.; la Asociación Filosófica de México, A.C.; la Academia Mexicana de Doctores en Ciencias Humanas y Sociales, A.C.; la Sociedad Mexicana de Filosofía, A.C.; y la Sociedad Internacional Tomás de Aquino.