A 25 años del terremoto

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Como si sobre la ciudad de México hubiesen sido arrojadas mil bombas atómicas de 20 kilotones cada una, así fue la fuerza con la que el terremoto, de 8.1 grados en la escala de Richter, y con una fatal combinación de movimientos trepidatorios y oscilatorios, arrasó parte de nuestra ciudad hace 25 años, en 1985.

Eran las siete de la mañana con 19 minutos, de aquel jueves 19 de septiembre, cuando comenzaron a colapsarse, de manera simultánea, 757 edificaciones. El suelo se sacudió durante dos minutos, tiempo que fue suficiente para dejar 45 mil muertos, 40 mil lesionados, 150 mil damnificados y 50 mil familias sin hogar. Son cifras oficiales que, bien sabemos, intentaron reducir la tragedia.

Tuvieron que pasar 40 dramáticas horas para que el Presidente de la República entregara un mensaje a la Nación. Las autoridades aplicaron un plan llamado DN-III, hasta entonces desconocido, y del que luego supimos, consistía en que el Ejército acordonara las zonas afectadas. Pero el pueblo de México dio la respuesta que se necesitaba. Desde las primeras horas de aquel día la población civil salió a las calles para remover escombros y buscar sobrevivientes. Muchos automóviles se convirtieron en ambulancias, muchas casas en albergues, las iglesias en hospitales, enfermerías y centros de acopio. Desde allí y en cada sitio devastado se levantaron oraciones y súplicas al Cielo.


Al domingo siguiente de la tragedia, el 22 de septiembre, durante su visita pastoral en Génova, Italia, al rezar el Ángelus, el Papa Juan Pablo II encomendó nuestros sufrimientos a la Virgen de Guadalupe, pidiéndole en la oración que infundiera en nosotros la fuerza necesaria para levantarnos y para reconstruir, confiados en la Providencia divina, todo cuanto había quedado destruido. El Papa dijo lo siguiente: 

“Me siento particularmente cercano en el pensamiento, en el corazón y en la oración, al pueblo de México, haciéndome partícipe del inmenso dolor que ha infligido el catastrófico terremoto. Elevo a Dios mi oración de sufragio por todos los muertos y ruego también por el alivio de los heridos y por todos cuantos sufren a causa de esta tragedia: las familias de los desaparecidos, los que se han quedado sin casa y por quienes han sido afectados en sus trabajos y en sus actividades.

Que el Dios de todo consuelo se haga cercano con su gracia a todos los corazones afligidos en esta hora terrible de la cruz común. A Nuestra Señora de Guadalupe, de la que los mexicanos son tan devotos, como yo mismo he podido constatar durante mi visita, encomiendo en este momento a cuantos están sufriendo, para que les infunda consuelo, esperanza y, sobre todo, la fuerza necesaria para que puedan recuperarse y reconstruir con fe y esperanza todo lo que ha quedado destruido.

También deseo animar toda iniciativa emergente que acuda al encuentro de las necesidades de socorro, al tiempo que hago un llamamiento urgente a la solidaridad humana de todos los pueblos y de todas las naciones en este momento de tragedia. Que Dios conceda a todos los corazones humanos y a los responsables de las organizaciones privadas y públicas el espíritu de la caridad fraterna, de la generosidad, del deseo de socorrer a todos aquellos que se encuentran sufriendo este dolor tan grande. A todos los bendigo de corazón y ruego por todos”.

Las palabras del Papa llegaron como una caricia hace 25 años porque estábamos deshechos, porque nuestra ciudad había sido visitada por la muerte. El silencio había invadido nuestras vidas, luego el sonar de sirenas, el golpe de martillos, el rugir de excavadoras… Pero también llegó la esperanza, no había día en que no se supiera de nuevos rescates de vidas humanas de entre los escombros. De debajo del concreto volvían a nacer los recién nacidos. Por estas fechas muchos cumplen 25 años de edad, otros 25 de haber vuelto a nacer. Fueron muchos los caídos pero fueron más los que les ayudaron a levantarse. Miles de muertos pero millones de manos que ayudaron, manos mexicanas, manos de todo el mundo.

El rostro de la ciudad se fue recuperando, se restauraron 3 mil edificaciones con daños estructurales y se reconstruyeron mil edificios en ruinas, aunque hubo edificios de los que ya sólo queda el recuerdo, como hubo mexicanos que pasaron a vivir en nuestros corazones.

Desde hace 25 años los habitantes de la ciudad de México sabemos que somos solidarios, que podemos hacernos uno en la desgracia, porque lo que a unos les duele a todos nos duele. Esta dolorosa experiencia nos ha dejado este conocimiento: que de todo mal, Dios siempre sabe sacar un mayor bien.