El Papa de los abusos

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A Benedicto XVI le ha correspondido ser, desde el inicio de su pontificado, el Papa del destape de los abusos sexuales de clérigos. Si bien la norma moral establece que cuando no puede elegirse el bien, porque no cabe otra opción, debe entonces optarse por el menor mal, el silencio que se había guardado ante los abusos dejó de ser el mal menor para convertirse en un mal mayor cuando se destaparon los escándalos que ya nadie pudo mantener bajo sigilo.

Durante su visita apostólica a Gran Bretaña, del 16 al 19 de septiembre, el Papa volvió a referirse a los aberrantes sucesos cuando en rueda de prensa con los periodistas acreditados para cubrir el viaje, abrió sus sentimientos y explicó: “Antes que nada, he de decir que estas revelaciones fueron para mí un shock, no sólo una gran tristeza. Es difícil comprender cómo ha sido posible una tal perversión del ministerio sacerdotal. El sacerdote, en el momento de la ordenación, momento para el que se ha preparado durante años, dice que sí a Cristo para hacerse su boca, su mano, para servir con toda su vida, para que el Buen Pastor, que ama, ayuda y conduce a la verdad, esté presente en el mundo. Es difícil comprender cómo un hombre que ha hecho y dicho esto pueda caer después en esta perversión”.

También reconoció la responsabilidad de la Iglesia, como autoridad, cuando dijo: “Es una gran tristeza; una tristeza también que la autoridad de la Iglesia no haya estado suficientemente vigilante ni suficientemente rápida, decidida, para tomar las medidas necesarias”.


Además explicó que la Iglesia pasa por momentos difíciles que deben llevarla a la renovación: “Por todo esto estamos en un momento de penitencia, de humildad y de sinceridad renovada. Como escribí a los obispos irlandeses, me parece que tenemos que hacer ahora un tiempo de penitencia, un tiempo de humildad, y renovar y aprender de nuevo en absoluta sinceridad”.

Luego pasó de la confesión de los hechos a la practicidad de las soluciones en el siguiente orden de prioridades: “En cuanto a las víctimas, diría que hay tres cosas importantes. El primer interés son las víctimas: ¿Cómo podemos reparar? ¿Qué podemos hacer para ayudar a estas personas a superar este trauma, a recuperar la vida, a volver a encontrar también la confianza en el mensaje de Cristo? Atención, compromiso por las víctimas, es la primera prioridad, con ayuda material, psicológica, espiritual. Segundo, el problema de las personas culpables. La pena adecuada es apartarlos de toda posibilidad de acceso a los jóvenes, porque sabemos que esto es una enfermedad y que la libre voluntad no funciona donde está esta enfermedad. Por eso, debemos proteger a estas personas contra ellas mismas y excluirlas de todo acceso a los jóvenes. El tercer punto es la prevención en la educación, en la elección de los candidatos al sacerdocio: estar atentos de manera que, según las posibilidades humanas, se eviten futuros casos”.

De regreso de Gran Bretaña, durante la Audiencia General celebrada en la plaza de San Pedro, el miércoles 22, el Papa compartió las experiencias del viaje y relató que en la Nunciatura Apostólica en Londres se encontró con algunas víctimas de abusos por parte de clérigos y religiosos y dio a conocer que fue “un momento intenso de conmoción y de oración”.

Los dichos y los hechos de Benedicto XVI, además de que confirman que es el Papa que ha sacudido el árbol para provocar la caída de los frutos podridos, son la respuesta contundente, que se esperaba desde hace varios años, a las perversas conductas de sacerdotes pedófilos que perpetraron sus perversiones en varios países, entre ellos México, noble nación cuyo nombre ha sido ensuciado por las desviaciones y delitos del fundador de una congregación, asunto que es más grave. Pero el Papa tiene todavía mucho por hacer, debe limpiar la casa por completo, sin dejar basura debajo de los tapetes. Sabe que el asunto mexicano debe quedar bien lavado y totalmente purificado y sabe que debe imponer enmiendas profundas para provocar una renovación permanente y completa.

¡Cuánta vergüenza ha sido arrojada sobre los hombros del Papa! ¡Cuánto desconsuelo se ha instalado en su corazón! ¿Habrán considerado esos curas pedófilos el pesar que caería sobre el Santo Padre, inocente de sus vicios, cuando utilizaron a niños como sus objetos de placer sexual desviado?

Por sensatez, si no ya en obediencia a sus promesas de celibato o votos de castidad, es preciso que esos insensatos clérigos, dispersos por el mundo, abandonen su cobardía y salgan de la Iglesia. Esta es una exigencia en nombre del Papa.