Jesús, el hijo de mi hija

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Created on Wednesday, 19 December 2018 19:07
Written by Roberto O´Farrill
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En su particular estilo, tan bello, y con extraordinaria originalidad, el escritor y poeta libanés Gibrán Jalil Gibrán describe detalles de la Natividad de Jesús, de la Epifanía y de su infancia, en su libro “Jesús el hijo del hombre” desde la mirada de santa Ana, madre de la Virgen María y abuela del Redentor.

En el escrito, así describe santa Ana la noche de Navidad y la visita de los Santos Reyes: “Jesús, el hijo de mi hija, nació en Nazaret en el mes de diciembre. La noche de su nacimiento nos visitaron hombres del Oriente; eran persas que iban a Esdralón acompañando las caravanas de los madianitas en sus viajes a Egipto, y como no encontraran alojamiento en ninguna posada, al fin hallaron abrigo en nuestra casa.

Les di la bienvenida y dije: -Mi hija ha dado a luz un niño esta noche. Estoy segura de ganar su perdón por no cumplir el deber de la hospitalidad tal como merecen. Entonces me dieron las gracias por haberles procurado hospedaje. Y después de la cena me dijeron: -Desearíamos ver al recién nacido.

En verdad, tanto María como su hijo estaban muy hermosos y era un deleite contemplarlos. Y mientras los persas admiraban a María y al Niño, fueron vaciando de sus alforjas oro y plata, incienso y mirra, para depositarlos a los pies del Niño. Le adoraban orando en un idioma extraño que no pudimos entender. Y cuando los conducía al dormitorio preparado para ellos, caminaban como asombrados de lo que habían visto.


Al despuntar la aurora nos abandonaron para emprender la marcha a Egipto, pero al partir me dijeron: -A pesar de tener el niño un día de vida, hemos vislumbrado en sus ojos y en su boca la luz y la sonrisa de nuestro Dios. Rogamos que sea protegido porque Él será el protector de todos. Y al decir esto montaron sus camellos y no los vimos más”.

Luego describe con exquisitas palabras las emociones de la Virgen María luego de haber dado a luz a nuestro Salvador en la Navidad: “Mi hija lucía feliz y estaba llena de asombro y sorpresa. Solía mirar largamente al Niño y luego volver el rostro a la ventana, hundiendo la vista en el azul lejano, como extasiada en recónditas visiones. Valles dilatados había entre su corazón y el mío”.

Gibrán nos lleva de la Navidad hacia la aldea de Nazaret, a la vida cotidiana de Jesús en la Sagrada Familia, y nuevamente, con particular belleza, nos hace ver detalles de la infancia de Jesús: “El Niño creció en cuerpo y espíritu y era distinto a sus compañeros; era solitario y de carácter fuerte, pero todos le amaban en Nazaret, y en mi corazón yo sabía el por qué. A menudo solía tomar de nuestros alimentos para socorrer a los menesterosos. Además, gustaba ofrecer a los otros niños las golosinas que yo le daba, antes de haberlas probado con su propia boca. Trepaba a los árboles de mi huerto para bajar las mejores frutas, ¡y qué lejos estaba de comérselas él mismo!. Jugaba a las carreras con otros muchachos; y a veces, sólo porque sus pies eran más ágiles, se demoraba para que ellos pudiesen alcanzar la meta antes que él. Y otras veces, cuando yo le acompañaba a su lecho, me decía: -Di a mi madre y a todos los demás que sólo mi cuerpo dormirá, y que mi mente estará con ellos hasta que la suya venga a mí mañana. Y otras muchas frases maravillosas decía cuando aun era niño, pero ya soy anciana para recordarlas”.

Por lo que puede comprenderse en el escrito de Jalil Gibrán, a la abuela de Jesús quisieron evitarle el sufrimiento de saber de la terrible muerte de su nieto, lo que pone fin a este amable relato con algunas notas de tristeza, pero que quedan acompañadas de la ternura divina siempre infinita:  “Me dicen ahora que no volveré a verle más, pero… ¿cómo he de creer en lo que me dicen?, aún oigo su risa y la música de sus pasos en toda mi casa. Y cuantas veces beso las mejillas de mi hija, su fragancia vuelve a mi corazón, y siento que su bello cuerpecito se mece entre mis brazos. Algunas veces pienso que mis anhelos por él son más vehementes que los de mi hija, pues mientras ella permanece erguida ante la luz del día como si fuese una escultura de bronce, mi corazón se derrite y corre en arroyos. Tal vez ella sepa algo que yo no sé. ¡Ojalá me contara lo que yo ignoro!”.