Re-pensar la Resurrección de Jesús para re-cuperarla experiencialmente

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Nos ubicamos en la reflexión del núcleo central del misterio cristiano. Es difícil comprender una realidad compleja, pero su importancia radical exige un mínimo de claridad para su comprensión teológica y aún más, para la experiencia de fe. Se trata de poner cierto orden entre tantos datos e interpretaciones.

La primera afirmación de la resurrección (1 Cor 15, 3-5), que es la profesión de fe más antigua (35-40 d.C.) pone por escrito lo que para algunos testigos ya había sido experiencia histórica.

Pero ¿es la resurrección un acontecimiento histórico sin más? Si consideramos la historia de manera "positivista", como la objetivización comprobable de los hechos; o a manera de historiografía, como descripción de acontecimientos, nuestra respuesta es negativa. Pero si consideramos la historia como acontecimientos interpretados, dado las consecuencias o provocaciones que generan los hechos, nuestra respuesta es afirmativa.

Hay que decir, sin embargo, que la resurrección es más bien un acontecimiento escatológico, es decir, la aparición en la historia de la realidad final de la historia.

Esto lo podemos entender desde la Pascua; ya que en la experiencia pascual se encuentran sintetizados los elementos constitutivos de este acontecimiento escatológico, a saber: la muerte de Jesús; su sepultura; la resurrección como acto único del Padre: "Dios lo ha resucitado"; y las apariciones.

Considero que esencialmente esto es lo que nos es posible saber de la resurrección; pero ¿qué podemos hacer y que podemos esperar?

Nos interesa y nos urge re-hacer la experiencia que llevó a la primera comunidad a formular la centralidad de la resurrección. ¿Es posible para nosotros una experiencia real de la resurrección? o ¿tenemos que reducirla a una mera teoría? Jesús no tiene nada de solitario, pues todo lo que sucede en él, sucede para los demás: es "el primogénito de entre los muertos" (cf.Rm 8, 29; 1 Cor 15, 20).

Entonces, hablar con fe del Señor que venció la muerte no es hablar de un ausente, sino de alguien a quien confesamos presente y actuante en nuestra vida; por tanto, su resurrección no acontece egoístamente, sino que su resurrección es para nosotros.

Esto apunta a una realidad concreta en la que mujeres y hombres estamos ubicados: "nuestra historia viva". Tal historia esta inevitablemente plasmada y cargada de la tristeza de la finitud: enfermedad, injusticia, pobreza, violencia... muerte; entonces ¿qué tipo de esperanza se hace patente en la resurrección?

Ha de ser una esperanza madura, es decir, consciente de la finitud humana; y sin embargo ha de ser una esperanza trascendental (o cualificada), es decir, que le permita al hombre de hoy enfrentarse a la finitud, asumiéndola, pero desde el amor entregado, la fidelidad hasta la muerte, la bondad, la belleza y la serenidad hasta el fin. Esta debe ser nuestra experiencia, la cual sabrá aprender de la experiencia que ya vivió Jesús el crucificado-resucitado.

Vivir con tal esperanza, da sentido al diario acontecer del hombre, que no puede orientarse al "mas allá" de manera ingenua (esto sería necesariamente alienante): El hombre y mujer de esperanza es quien se ubica en esta su "historia viva", pero se sabe proyectado a una realización futura. Ubicarse en la operatividad de la historia lleva al hombre a comprometerse con ella; es decir a comprometerse en favor del pobre, del oprimido, del nada. No hay lugar para otra opción: ¡renunciar a la fe en la resurrección sería paralizar la acción y el compromiso!

Por eso, el que quiera ser auténtico teólogo-pastor, está llamado a realizar un triple reto:

  • analizar la realidad (que necesariamente muestra la tristeza de lo finito);
  • llenar de sentido la experiencia personal y comunitaria; y
  • celebrar la presencia del Resucitado, como experiencia de gratitud compartida: su resurrección es para nosotros.

Con estos elementos, propongo un intento de definición-descripción del acontecimiento fundante del cristianismo: la resurrección es un acontecimiento escatológico, fundado en la esperanza madura que genera consecuencias ante la crisis histórica y que exige una praxis consecuente.


 

El Pbro. Lic. Ramón García Reynoso es sacerdote diocesano de la diócesis de Torreón. Cuenta con licenciaturas en Teología Dogmática y en Teología Espiritual por la Universidad Pontificia de México. Es profesor en la Universidad Pontificia de México y presta su servicio como Director espiritual de las residencias de la misma Universidad.