“Ayuno, oración, limosna”

User Rating:  / 0
PoorBest 

art03032010 El tiempo litúrgico de la Cuaresma es un tiempo que se presenta oportuno para vivir la práctica de la penitencia, por lo que verdaderamente debiera ser, para todos los creyentes en Cristo, un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio cristiano.
“La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto”. Así expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, en su párrafo 540, lo que inspira este tiempo de silencio, de reflexión y de interiorización que es útil para revisar las actitudes y conductas, los dichos pronunciados y los hechos vividos; tiempo de escucha de la Palabra de Dios, de atención al Plan de vida que tiene diseñado para cada uno y para todos, de búsqueda, de deseo, de ansia de Dios; tiempo de desierto que empuja a la soledad, a la aridez, a donde no hay agua ni alimento, a donde nada hay, pero desde donde el Creador llama a su creatura para sostener un encuentro en el callado silencio de la soledad que luego invade con su cercana y divina presencia.

La Cuaresma es el tiempo de la Conversión, de la Metanoia (en griego) que significa la oportunidad de experimentar un vuelco completo del corazón y del espíritu, que permita, a través de un cambio de mentalidad y de actitudes, llegar más allá de donde se está ahora, para alcanzar la meta del destino que es, para el creyente, el regreso al origen en Dios Creador.
Esa Conversión o Metanoia no consiste en un mero deseo personal ni en una sencilla buena intención que pudiese quedar varada en la frontera de la trascendencia, sin concreción. La Cuaresma es un tiempo de Conversión a Dios porque es un tiempo de Dios, tiempo que se ve acompañado de su Gracia, del don gratuito de la búsqueda que emprende para encontrarse con todos aquellos que responden a esa búsqueda cuando acuden a la cita. El proceso de Conversión no surge de la mente para luego invadir las emociones; la propuesta de Conversión proviene de Dios, conquista el corazón, toca al espíritu y dispone a la mente porque en cada Cuaresma el Señor irrumpe silencioso en nuestra historia, en la de todos los hombres, en la de cada uno.
Para que la Conversión ocurra es preciso que el cuerpo se configure con el espíritu, y para ello se requiere de tres prácticas: ayuno, oración y limosna.
El Ayuno expresa la conversión con relación a uno mismo. Modera las pasiones, disipa las tentaciones, fortalece la voluntad, permite adquirir el dominio sobre nuestros instintos y conquista la libertad de corazón.
La Oración expresa la conversión con relación a Dios. El ser humano es la única creatura que tiene capacidad de Dios, y es con la oración como se logra entrar en contacto con Él; con palabras, pero también con la escucha, porque Dios habla calladamente al corazón. Luego de callar se le puede escuchar y conocer cuánto tiene que decir para dar a conocer.
La Limosna expresa la conversión con relación a los demás. La comunión de bienes, el acto de compartir, permite salir de uno mismo para encontrarse con los demás y entrar a su mundo, conocer sus sueños, sus afanes, sus ideales, sus carencias. El desapego de lo propio permite compartir y ser solidario, porque solidaridad, más que preocuparse del otro, es hacerse responsable de él.
El Catecismo de la Iglesia expresa, en su párrafo 1439, que: “El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el padre misericordioso”: la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y belleza.