Pecado en la Iglesia

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Durante el viaje apostólico a Portugal, el 15º de su pontificado, Benedicto XVI entregó a los periodistas que viajaban con él, durante el vuelo, una expresión que no puede ser escuchada fuera del contexto de las recientes decisiones pontificias.

A la pregunta expresa de un periodista sobre el significado de las apariciones de la Virgen María en Fátima, Portugal, el Santo Padre respondió: “…encontramos que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen del exterior, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden de dentro, del pecado que existe en la Iglesia. Esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de una forma aterradora: que la persecución más grande a la Iglesia no procede de enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia. Y por lo tanto, la Iglesia tiene una profunda necesidad de aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender el perdón, pero también la necesidad de justicia. El perdón no sustituye a la justicia”.

Ahora es evidente que el Papa ha actuado con sabiduría y con bondad, pero también con justicia, en las decisiones que ha emprendido para erradicar el repulsivo atropello sexual de niños y de seminaristas por parte de clérigos depravados. Pero, ¿a quién o a quiénes, concretamente, se refiere el Papa en sus expresiones: “los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen del exterior”, “los sufrimientos de la Iglesia proceden de dentro”, “la persecución más grande a la Iglesia no procede de enemigos externos” y “nace del pecado en la Iglesia”?

¿Qué pensaríamos si Juan Pablo I, antes de morir el 28 de septiembre de 1978, luego de sólo 33 días de pontificado, hubiese expresado palabras semejantes a las de Benedicto XVI en el vuelo a Portugal?

¿Hacia quién o a quiénes, en el interior de la Iglesia, podemos suponer, hoy, que se refería el Papa Paulo VI, cuando en alusión a los engaños del demonio a los hombres, durante su catequesis de la Audiencia General del 15 de noviembre de 1972 dijo: “Sabemos que este ser tan oscuro y perturbador existe realmente, y que con astucia traidora actúa, es el enemigo oculto que siembra errores e infortunios en la historia humana”?

El viaje de Benedicto XVI a Portugal se desarrolló en el vértice del dificultoso momento en que el Romano Pontífice ha hecho cuanto ha podido para atender el escandaloso problema de los abusos sexuales, del silencio impuesto años atrás, del callar palabras bajo el engaño de la fidelidad. En este pontificado ha sido sacudido el árbol para que caigan los frutos podridos, porque el Papa ha zarandeado las ramas a fin de que se viniera abajo la manzana putrefacta que se había enquistado como parte de ese árbol, pero también para exhibirla a quienes sí han sabido mantenerse ajenos al gusano que corrompe y fieles a pesar de la mentira, el engaño y los abusos.

En Portugal, el Papa Ratzinger hizo saber que “hay hijos reacios e incluso rebeldes”, explicó que algunos se preocupan “afanosamente de las  consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe” y además denunció: “Se ha puesto una confianza excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones”. ¿A quiénes se refiere, nuevamente, Benedicto XVI?

Durante la visita, el 12 de mayo, en Cova da Iria, en la capilla del sitio de las apariciones, el Papa leyó una oración ante la imagen de la Virgen, en la que dio gracias “por todos los que rezan cada día por el Sucesor de Pedro y por sus intenciones para que el Papa sea fuerte en la fe, audaz en la esperanza y diligente en el amor”.

Luego, en la iglesia de la Santísima Trinidad, hizo un acto de consagración de los sacerdotes al Corazón Inmaculado de María: “Ayúdanos con tu poderosa intercesión, a no faltar nunca a esta vocación sublime, a no ceder a nuestro egoísmo, a las tentaciones del mundo y a las sugerencias del diablo”.

Las palabras de Benedicto XVI, en Portugal, conforman todo un testimonial que no pasa inadvertido para un observador, y también indican que el Papa anhela ser, como ya lo es, fuerte, audaz y diligente. Cada uno de los años de su pontificado lo va robusteciendo. Ahora es más necesario que antes orar por él, porque como se ve, no la tiene fácil con el pecado dentro de la Iglesia.