Católicos y ortodoxos

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El viaje de Benedicto XVI a Chipre, del 4 al 6 de junio, puede resumirse como un grande paso en el acercamiento entre la iglesia de Roma y las iglesias de Oriente. Hasta ahora, y si no sucede nada en contra, todo parece indicar que la unidad que quedara fracturada en el año 1054 se encuentra a punto de ser restaurada.

Durante el viaje apostólico, el arzobispo de Chipre, Crisóstomo II, expresó que “para la iglesia ortodoxa, la visita de Benedicto XVI tiene muchos significados. Ante todo, es la primera vez que un Papa visita Chipre” y agregó que “la presencia del Papa en Chipre es una gran oportunidad para dar al mundo entero un mensaje de paz”. Por su parte, el Papa dijo que católicos y ortodoxos han realizado grandes progresos “en el testimonio común de los valores cristianos en el mundo secularizado” y agregó que entre ambas iglesias “hay muchos problemas teológicos, pero también son fuertes los elementos de unidad”.


El Papa viajó a Chipre para confirmar en la fe a los católicos de la región, pero también para entregar el documento de trabajo para el Sínodo de los Obispos de Oriente Medio que ha de celebrarse en el próximo mes de octubre, reunión que será una gran ocasión de encuentro y también de conocimiento recíproco, de ayuda mutua y de búsqueda común de los caminos de testimonio entre comunidades de ritos y tradiciones diversas. Este encuentro con los ortodoxos marcará pasos posteriores de un camino prometedor que cada vez ve más clara la necesidad del testimonio común de ambas iglesias y la visión cristiana del hombre y de la vida en el mundo de hoy, en el que se cuestionan los valores fundamentales y a menudo son tratados con desprecio.

Una de las diferencias entre la iglesia católica y la ortodoxa se puede encontrar en el rezo de “El Credo”, que afirma que “El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo”, en tanto que los ortodoxos sostienen que no es así; pero el punto de unión se encuentra en que ambas iglesias tienen presente que los aspectos que las unen son mucho más importantes que los que las separan.

En los primeros siglos del Cristianismo, desde el IV hasta el XV, Constantinopla fue la capital del Imperio Romano de Oriente, tiempo durante el que hubo diversos debates teológicos y concilios a fin de dirimir diferentes interpretaciones de la doctrina cristiana. El IV Concilio Ecuménico, celebrado en Calcedonia terminó con una separación de las iglesias monofisitas, que reconocían en Cristo una sola naturaleza, la divina. Las iglesias monofisitas son actualmente la Ortodoxa Copta, la Ortodoxa Siria, la Ortodoxa Etíope y la Ortodoxa Siria del Malabar, al sur de la India.

Entre los siglos VIII y XI, se produjo un cisma entre las ramas oriental y romana de la Iglesia. La fecha oficial de esta larga y dolorosa separación es el año 1054. Fue un proceso complejo en el que no faltaron injerencias de los gobernantes en turno, tanto de naciones occidentales como de orientales, hasta entonces unidas bajo Pedro. Los ortodoxos proceden, así, de la separación de Calcedonia y del cisma de Oriente.

La Iglesia Ortodoxa Oriental, con sede en Constantinopla, fue identificada posteriormente como ortodoxa griega y luego como ortodoxa rusa o serbia, cuando la conversión se extendió al norte de Europa, pero tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, la iglesia rusa asumió el liderazgo del mundo ortodoxo.

En el siglo XX la iglesia rusa, ucraniana y otras iglesias ortodoxas en la Europa del Este permanecieron virtualmente recluidas durante más de 70 años de gobierno comunista, hasta que con la caída del Muro de Berlín y la disolución del marxismo-leninismo, la iglesia ortodoxa ha vuelto a respirar.

El Sínodo de los Obispos de Oriente Medio podría arrojar, entre otras conclusiones, algunas que contemplen la unidad entre ambas iglesias, pues en tanto que Benedicto XVI dijo en Chipre que “estar enraizada en la tradición, no impide a la Comunidad ortodoxa estar comprometida en el diálogo ecuménico junto a la Comunidad católica, unidas ambas por el sincero deseo de recomponer la plena y visible unidad”, por su parte Crisóstomo II afirmó que “nuestro deseo es que las iglesias se acerquen la una a la otra lo más rápido posible de forma que llegue rápido el día de la unidad y la plena comunión”.

La Iglesia Ortodoxa, que renace tras la persecución soviética, afronta hoy el desafío de la modernidad. Es probable que en breve el Papa Ratzinger pueda estar en Moscú, un sueño siempre anhelado por el Papa Wojtyla.