Voz en el desierto

User Rating:  / 0
PoorBest 
Created on Wednesday, 23 June 2010 16:53
Hits: 3712

Sabemos de un solo hombre que verdaderamente impactó a Jesús de Nazarét. Ni Poncio Pilato, investido de poder romano con los ejércitos del César a sus órdenes e implacable con la cruz; ni Herodes Antipas, respaldado y sostenido por Roma como Tetrarca de Galilea; ni Anás y Caifás, sumos sacerdotes del templo de Jerusalén, investidos del poder divino del Todopoderoso. Ninguno de ellos impresionó al Hijo del carpintero.

A Pilato, Jesús le respondió que en sus manos nada tenía, luego de que le advirtiera que tenía el poder de salvarle la vida o de arrancársela en una cruz; a Herodes no le dirigió una palabra cuando le exigió un milagro o un prodigio; a los sumos sacerdotes les echó en cara que habían convertido la Casa del Padre en una cueva de bandidos.

¿Qué dijo o qué hizo, en cambio, aquel hombre, como para impactar al Señor al grado de arrancarle la expresión: “yo les aseguro que no ha habido, ni habrá, hombre nacido de mujer, mayor que Juan el Bautista”?

Juan vestía una piel de camello con un cinturón y era vecino de Nazarét. En el desierto había vivido una experiencia extraordinaria de Dios cuando supo que él sería el último de los profetas para que luego comenzara el tiempo mesiánico.


Juan era voz de “Aquel que clama en el desierto”, era la voz de Dios, voz del llamado silencioso y de la música callada de quien desde el desierto llama al encuentro de la intimidad divina y humana.

Siglos atrás Dios había liberado a su Pueblo del cautiverio en Egipto. Guiados por el profeta Moisés, los israelitas habían pasado por en medio de las aguas del mar para después ser conducidos a la cita del desierto. Así cumplió Dios fielmente la Alianza pactada con el pueblo que siempre le ha sido infiel. Algunos siguieron a Moisés mientras que otros se quedaron instalados en la seguridad que Egipto, mal que bien, les ofrecía. Los que le siguieron se encontraron en el desierto con Dios, luego de purificarlos en las aguas del mar, para acompañarlos de la mano hasta la tierra prometida, tierra de libertad.

Luego pasaron los siglos y con ellos la fidelidad a la Alianza y a Dios. Esta vez acomodado en la seguridad que Israel ofrecía, pero con su religiosidad corrompida por sus sacerdotes, el Pueblo se veía excluido por una amplia diversidad de normas, sentencias y ritualismos. Era preciso desarrollar un nuevo éxodo liberador de una esclavitud que surgía desde el interior del Pueblo mismo, una caminata hacia el desierto que provocara la vivencia de una renovada experiencia purificadora a través de las aguas que lavan el cuerpo pero también el espíritu de quien se deja envolver por ellas. Así apareció Juan para convocar al desierto a todos los que se dejaran guiar luego de hundirse en el río Jordán, confesar sus caídas y pecados para luego, recién bautizados, adentrarse en la experiencia desértica del encuentro con Dios allí donde nada hay, allí donde sólo hay desierto, pero allí donde Dios suele hablar al oído y ser escuchado cuando dice: “Eres mi hijo, siempre te esperado con los brazos abiertos desde antes de que a mí regresaras, pues te amo con infinita ternura y así te amaré por siempre”.

El Bautista pasó por encima de la autoridad del templo, sin siquiera mirar a los sumos sacerdotes, provocando un conflicto con el centro del poder. Los sacerdotes vieron amenazada su autoridad, se apresuraron a notificarle a Herodes del acontecimiento rebelde en su territorio y el Tetrarca obtuvo el apoyo de la autoridad romana para mantener cautivo a Juan como un preso político inconveniente a la hegemonía del imperio.

Antes de morir decapitado en las mazmorras del Herodium, Juan el Bautista logró hacer lo que tanto impactó a Jesús: expresar que él no era más que la voz de Dios en el desierto, señalar al Mesías que llegaba a dar plenitud al tiempo, hacer notar que él había bautizado con agua pero que el Redentor lo haría con el fuego del amor de Dios, hacerse pequeño para que Dios hecho hombre engrandeciera al hombre, decir lo conveniente que es disminuirse a fin de que Cristo crezca, y finalmente... perder la cabeza por Aquel que clama en el desierto.

San Juan Bautista es el único santo, además de san José, que se celebra en dos fechas del año litúrgico: su martirio, el 29 de agosto; y su natividad, el 24 de junio.