El primer Papa

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San Pedro, el primer Papa de la Iglesia, fue un pescador de Galilea, de nombre Simón, quien formaba parte activa de los Zelotas, el grupo de resistencia israelita contra la ocupación romana.

Hijo de Jonás, era un judío creyente y observante que confiaba en la presencia activa de Dios en la historia de su pueblo. Estaba casado y su suegra, curada un día por Jesús, vivía en la ciudad de Cafarnaúm.

El Señor lo llamó a la orilla del mar de Galilea, junto con su hermano Andrés, para que ambos fuesen discípulos suyos y les prometió convertirlos en pescadores de hombres.

Como lo muestran los evangelios, tuvo un carácter decidido e impulsivo aunque a veces ingenuo y temeroso, pero honrado hasta el arrepentimiento más sincero. Jesús oró sólo por él para que no desfalleciese en la fe y pudiese confirmar en ella a los demás discípulos.

 

Siguió a Jesús con entusiasmo y superó la prueba de la fe, abandonándose a él. Sin embargo, llegó el momento en que también él cedió al miedo y cayó traicionando al Señor, pues tras haberle prometido fidelidad, experimentó la amargura y humillación de haber negado conocerle. Así, Pedro conoció su debilidad y la necesidad de perdón, la verdad de su corazón débil de pecador creyente, y estalló en un llanto de arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya estaba preparado para su misión, misión que le confió Jesús con la declaración solemne que define su papel en la Iglesia:  “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). Son tres metáforas muy claras las que utilizó Jesús:  Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca oportuno; y podrá decidir o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo, siempre de Cristo y no de Pedro.

Hacia el año 44 fue encarcelado en Jerusalén, pero Cristo envió un ángel a liberarlo para propagar la Fe por Siria, Asia Menor, Grecia y Roma.

En Roma sufrió una de las más cruentas persecuciones contra los cristianos, la del emperador Nerón. Estuvo prisionero nueve meses en la cárcel Mamertina, junto con san Pablo, donde bautizaron a varios prisioneros, y de donde salió para morir crucificado, en igual sentencia que el Señor, pero, a petición suya, de cabeza en la cruz, hacia el año 67.

En el siglo IV el emperador Constantino hizo edificar la primera iglesia dedicada a san Pedro, la misma que hoy es su basílica en la colina Vaticana de Roma y donde se veneran sus restos-reliquia.

Son varios los textos referidos a Pedro en la Sagrada Escritura que se enmarcan en la última Cena, en la que el Señor le confirió el ministerio de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22, 31). Este gesto muestra que el ministerio confiado a Pedro es uno de los elementos constitutivos de la Iglesia que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía, pues “el hecho de insertar el primado de Pedro en el contexto de la última Cena, en el momento de la institución de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de este primado: Pedro, para todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar a la comunión con Cristo; debe cuidar de que la red no se rompa, a fin de que así perdure la comunión universal. Sólo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida diaria” (Benedicto XVI, Audiencia General del 7 de junio de 2006).

Hoy siguen siendo vigentes las palabras con las que el papa Benedicto concluyó aquella Audiencia celebrada a mediados del año 2006 cuando pidió orar “para que el primado de Pedro, encomendado a pobres personas humanas, sea siempre ejercido en este sentido originario que quiso el Señor, y para que lo reconozcan cada vez más en su verdadero significado los hermanos que todavía no están en comunión con nosotros”.

Después de Jesús, san Pedro es el personaje más citado en el Nuevo Testamento: 75 veces con el nombre de Simón y 154 con el nombre de Pedro. Su festividad se celebra el 29 de junio de cada año.