El terremoto, la tragedia, Dios

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La vida está llena de cambios; algunos llegan de forma predecible y otros abruptamente, como el terremoto del pasado martes 19 de septiembre que se tradujo en una tragedia que provocó en todos nosotros momentos de conmoción y de una aplastante tristeza. Ante esta tragedia, como en todas, el refugio más seguro es Dios porque nos sostiene mientras dura la tristeza, porque es el oyente más compasivo a nuestros lamentos de angustia, porque es quien mejor entiende cuán profundo es nuestro dolor, es quien nos acompañará en cada momento de la angustia, el único que nos cubrirá de gracias celestiales y que no nos dejará solos en medio de la tragedia.

Este es un momento para descansar en el Señor y para ser conscientes de que Dios puede permitir un cambio en nuestro camino, cambio que ya estamos experimentado hoy, pasmados por el cambio de rumbo que Dios permitió en un terremoto con duración de apenas un minuto.

Si tomamos esta tragedia por sí sola, sin la iluminación de Dios, nos resultará imposible resignarnos, pues tanto dolor y tristeza nos impiden ver el plan de Dios, cosa que Él mismo comprende y por ello no nos dejará solos en medio de esta conmoción.

 

Para quienes confiamos en Dios, esta y otras tragedias pueden atravesarse con confianza a pesar de la angustia; para los que no, que quizás estaban enojados con Dios por alguna otra cosa, y que ahora se ven confrontados por el desastre, posiblemente estén experimentando la grave tentación de odiar a Dios porque lo culpan. Están enojados con Dios y, sin embargo, Dios no está enojado con ellos. Quieren arrojar a Dios de su vida y, sin embargo, Dios no los quiere arrojar de su presencia; al contrario, quiere elevarlos hacia Él mismo para poder consolarlos. Si este es el caso de quien está leyendo estas palabras, le aseguro que no podrá aceptar esta tragedia si no permite que Dios le ayude. La tragedia no se va a alejar porque se rechaza. Es un hecho que el terremoto nos ha sacudido y que nadie pudo evitarlo, como tampoco se pudo evitar la muerte de la mayoría de las víctimas.

La única forma de recorrer el camino que nos llevará al cielo es mediante la confianza en Dios, aunque sea en lo más mínimo, para poder seguir el camino con paz y sintiendo calma, y si se llegara a perder, hay que clamar nuevamente al cielo, y el cielo responderá inmediatamente con gracias de confianza y de calma. El cielo no abandonará a los que están sufriendo en estos momentos, así que es necesaria nuestra oración de intercesión en estos días de gran dolor para que el Señor los llene de abundantes gracias celestiales porque la oración que se eleva en medio de la tristeza es el acto más evidente de confianza. Nuestro Padre celestial está concediendo gracias de conversión, sanación y calma para todos los afectados y tristes por esta tragedia, y está ordenando a sus ángeles y a los santos que beneficien a miles de almas en esta dolorosa situación.

Este es momento en el que los mexicanos hemos de dirigir también la atención hacia nuestra Madre del cielo, la Virgen de Guadalupe, porque somos sus hijos y ella nos ve sufrir, y aunque por ahora algunos no puedan sentir su consuelo, porque el dolor es muy grande, lo cierto es que ella está sosteniendo entre sus manos a cada uno de sus hijos que se tambalea por la confusión, la desesperanza y el miedo en toda la nación mexicana. Nos está cuidando, nos traerá descanso y nos enviará muestras de su tierna protección y de su consuelo, y sabemos que así es por la paz que siempre se derrama de su maternal cuidado, y además nos hará ver el plan que Dios tiene para los mexicanos, y para cada uno de nosotros, aun a pesar de esta tragedia.

Es posible que entre tanta tristeza se pueda sentir alguna culpabilidad, y quizás alguien se sienta responsable por algo que cree que contribuyó a esta tragedia. Si es así, que le entregue a Cristo-Jesús esta culpa y todas las que carga, y que le permita que se las lleve. Igualmente cada uno, pues si todos nos volvemos al Señor, nos quitará este peso y lo ahogará en el amor de su Sagrado Corazón.

Ahora, ya no miremos hacia atrás y quedemos en paz con Dios en este tiempo de tristeza. Él nos dará las gracias que necesitemos para enfrentar el desastre, y para crecer en santidad mañana. Todo está bien. El cielo nos rodea.