El milagro del sol y Rusia

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El 13 de octubre de hace 100 años, durante la sexta y última aparición de la Virgen María a los tres niños videntes, en Fátima, Portugal, ocurrió el tan esperado milagro prometido por ella misma.

En el valle Cova de Iría, una lluvia persistente dejó sus huellas sobre un gran lodazal que había sido invadido por unas 60 mil personas provenientes de todo Portugal.

Hacia el medio día, la muchedumbre abrió paso a Francisco, Jacinta y Lucía que llegaban muy bien vestiditos con su ropa de domingo. En sus propias palabras, la vidente Lucía refiere, así, los acontecimientos de aquel día:

“Vimos el reflejo de la luz y, seguidamente, a Nuestra Señora sobre la encina.

-¿Qué es lo que quiere usted de mi?

-Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honra; que soy la Señora del Rosario; que continúen rezando el Rosario rodos los días. La guerra va a acabar y los soldados volverán en breve a sus casas.

-Tenía muchas cosas que pedirle: si curaba a algunos enfermos y si convertía a algunos pecadores…

-Unos sí; a otros no. Es preciso que se enmienden; que pidan perdón por sus pecados.

Y tomando un aspecto más triste: -No ofendan más a Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

Y abriendo sus manos, las hizo reflejarse en el sol. Y, mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol”.

 

Luego, la Virgen María desapareció en medio de la luz que Ella misma irradiaba, y los niños vieron en el cielo tres nuevas apariciones que simbolizaban los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos del Rosario: Junto al sol apareció la Sagrada Familia, integrada por san José, vestido de blanco, con el niño Jesús en brazos, vestido de rojo, trazando ambos por tres veces una cruz en el aire en signo de bendecir al mundo, y la Virgen del Rosario, que vestía una túnica blanca y un manto azul; luego apareció Jesucristo, tcomo en el camino al Calvario, también bendiciendo al mundo con el signo de la cruz en tres ocasiones, y la Virgen de los Dolores sin el puñal en su pecho; después apareció la Virgen del Carmen, gloriosa, coronada como reina del universo, con su divino Hijo en brazos.

Mientras los niños videntes contemplaban las apariciones, ante los ojos de la multitud ocurrió el milagro del sol justamente cuando Lucía, tras dialogar con la Virgen María, gritó al pueblo: -¡Miren el sol!

Se entreabrieron las nubes y el sol apareció como un inmenso disco luminoso que, a pesar de su brillo intenso, se podía mirar directamente sin afectar la vista. Mientras la multitud lo contemplaba absorta, súbitamente el sol comenzó como a danzar o a bailar hasta que de pronto pareció que se desprendía del cielo y se arrojaba hacia la muchedumbre, tal y como lo describió uno de los presentes, el doctor José María Proenza de Almeida Garret, científico y catedrático de la universidad de Coimbra:

“El fenómeno duró unos diez minutos. El disco nacarado tenía el vértigo del movimiento, que no consistía solamente en el centelleo de un astro en plena vida, sino que giraba realmente sobre sí mismo a una velocidad impetuosa. Conservando la velocidad de su rotación, el sol se desprendió del firmamento y, rojo como la sangre, avanzó sobre la tierra, amenazando aplastarnos bajo el peso de su masa ígnea. Fueron unos segundos de terrorífica impresión”.

De esta manera llegó a su fin el ciclo de las apariciones de la Virgen en Fátima. Después de tales prodigios, todos los presentes se miraron entre sí, asombrados por lo ocurrido, y luego vino una explosión de alegría: -¡Milagro! ¡Los niños tenían razón!

Pasaron 16 años, y el 13 de junio de 1929, Sor Lucía recibió en su convento una nueva petición de la Virgen María: “Ha llegado el momento en que Dios pide que el Santo Padre haga, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón”. En los sucesivos pontificados se hicieron varias consagraciones del mundo y de Rusia, pero siempre sin los obispos del todo el mundo. La Virgen le hizo a saber a Sor Lucía: “No han querido atender mi petición… Al igual que el rey de Francia se arrepentirán, y la harán, pero ya será tarde. Rusia habrá esparcido ya sus errores por todo el mundo”.

El 25 de marzo de 1984, Juan Pablo II consagró el mundo y Rusia, pero Sor Lucía dio a conocer posteriormente que la Virgen María se había lamentado en referencia a la consagración diciéndole: -Fue hecha, mas ya fue tarde.