La Navidad engrandece a la humanidad

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En Navidad, más que celebrar la fecha en la que Cristo nació, se celebra el acontecimiento de su llegada a nuestro mundo en su gloriosa Natividad. En efecto, no se trata de una efeméride, sino de un memorial, aunque en la Sagrada Escritura se encuentra gran variedad de concordancias para afirmar que, efectivamente, el Señor nació un 25 de diciembre, en Belén de Judá, en la noche de Navidad.

En uno de sus sermones, san Agustín, obispo de Hipona y Doctor de la Iglesia, sostiene que en Navidad seremos saciados con la visión de la Palabra, y así confirma su dicho: “¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Pues cuando asumió la condición mortal y experimentó la muerte, se mostró pobre, pero prometió riquezas para más adelante, y no perdió las que le habían quitado. ¡Qué inmensidad la de su dulzura, que escondió para los que lo temen, y llevó a cabo para los que esperan en él!

Nuestros conocimientos son ahora parciales, hasta que se cumpla lo que es perfecto. Y para que nos hagamos capaces de alcanzarlo, él, que era igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para reformarnos a semejanza de Dios y, convertido en hijo del hombre -él, que era único Hijo de Dios- convirtió a muchos hijos de los hombres en hijos de Dios; y habiendo alimentado a aquellos siervos con su forma visible de siervo, los hizo libres para que contemplasen la forma de Dios.

 

Pues ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Pues ¿para qué son aquellos tesoros de sabiduría y de ciencia, para qué sirven aquellas riquezas divinas sino para colmarnos? ¿Y para qué la inmensidad de aquella dulzura sino para saciarnos? Muéstranos al Padre y nos basta.

Y en algún salmo, uno de nosotros, o en nosotros, o por nosotros, le dice: Me saciaré cuando se manifieste tu gloria. Pues él y el Padre son una misma cosa, y quien lo ve a él ve también al Padre. De modo que el Señor, Dios de los ejércitos, él es el Rey de la gloria. Volviendo a nosotros, nos mostrará su rostro y nos salvaremos y quedaremos saciados, y eso nos bastará.

Pero mientras eso no suceda, mientras no nos muestre lo que habrá de bastarnos, mientras no le bebamos como fuente de vida y nos saciemos, mientras tengamos que andar en la fe y peregrinemos lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de justicia y anhelamos con inefable ardor la belleza de la forma de Dios, celebremos con devota obsequiosidad el nacimiento de la forma de siervo.

Si no podemos contemplar todavía al, que fue engendrado por el Padre antes que el lucero de la mañana, tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen en medio de la noche. No comprendemos aún que su nombre dura como el sol, reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol” (Sermón 194, 3-4: PL 38, 1016-1017).

El acontecimiento de la Encarnación del Verbo eterno de Dios deber trasformar las actitudes presentes, pues luego de su Natividad entre nosotros, la humanidad ya no es la misma que antes, y lejos de quedar disminuido, el género humano adquirió una dignidad que a través de la fe puede ser apreciada como grandiosa, y desde la razón, evidente por sí misma en su crecimiento y desarrollo.

Parte de la humanidad no ha podido recibir en sí misma este gran regalo, que se conoce por medio de la fe, porque ha querido cerrarse a todo acto de fe, pero si la comunidad humana se abriera a esta dimensión divina la llevaría a sus actividades que se verían traducidas en ambientes de paz.

Toda celebración de la Navidad es momento oportuno para dirigir la mirada hacia el Niño del pesebre de Belén y contemplar en él la grandiosidad del Creador que se hizo creatura para abrazar a esta comunidad humana con gestos concretos de perdón, reconciliación y amor.

En los días subsecuentes a la Navidad comienza un nuevo año con horizontes de oportunidades y esperanzas. El testimonio de Dios hecho hombre ha de acompañar el nuevo año con la certeza de que la humanidad, aun en medio de vicisitudes y caídas ha sido, por siempre, engrandecida por Dios.