Los Carmelitas

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Ha terminado julio, un mes que surgió porque lo quiso tener para sí mismo el emperador Julio César, pero que ahora es rico en tradiciones y devociones carmelitanas porque a la mitad, el día 16, se celebra la solemnidad de la Virgen del Carmen. El Carmelo es un monte, pero es también una Orden de la Iglesia, además es un forma de vivir la Fe y de dar razón de ella, es un espacio de desierto en medio de la agitación cotidiana, es silencio, soledad, interiorización para encontrar a Dios callado que inhabita en toda creatura humana y es contemplación de este misterio, es una “dichosa soledad, silencio amado, páramo de amor, lugar querido, adonde se perdió todo cuidado, a donde se ganó todo el sentido”, como lo expresa el místico cuyo nombre no conocemos.

El Carmelo tiene su origen en los ermitaños que a ejemplo del profeta Elías llevaban vida contemplativa en el Monte Carmelo, en Palestina, y que entre los años 1205 y 1214 redactaran su Regla de la Orden.

En 1238 los Carmelitas emigraron a occidente, siendo su primer Superior General Simón Stock, quien recibiera de manos de la Virgen María el escapulario, como signo de protección personal a la Orden y a todos los carmelitas, en la que fuera la primera aparición mariana, que tuvo lugar en Inglaterra el 16 de julio de 1251.


En Europa los Carmelitas no fueron muy bien recibidos por todos, razón por la que su Superior General suplicaba con insistencia la ayuda e intercesión de la Virgen María con las siguientes palabras, que hoy forman parte de la devoción carmelitana: “Flor del Carmelo, viña florida, esplendor del Cielo, Virgen fecunda y singular. ¡Oh madre tierna!, intacta de hombre, a los Carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar”.

Según la tradición cuenta, la respuesta que diera la Virgen a las súplicas de San Simón Stock, fue de la siguiente manera: “Se le apareció la Bienaventurada Virgen María, acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el Escapulario de la Orden y diciendo que –este será el privilegio para ti y todos los carmelitas: quien muriere con él no padecerá el fuego del infierno, pues quien con él muriese, se salvará-”.

A partir de esta aparición mariana, es que se tiene en el Carmelo, por gran verdad y en referencia directa a la Virgen del Carmen, que “En la vida protejo, en la muerte ayudo y después de la muerte salvo”.

Entre 1562 y 1568, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz reformaron la Orden a fin de recuperar la regla original, pero lograron más que la reforma que buscaban pues el Papa les concedió Bula de fundación de una nueva Orden. España vio nacer así al Carmelo Descalzo.

Los Carmelitas llegaron a México entre las primeras órdenes evangelizadoras del nuevo continente y fundaron el Colegio de San Ángel, que ahora da nombre al antiguo pueblo de Tenanitla al sur de la ciudad de México y cuyos terrenos se extendían hasta lo que hoy se llama “Olivar de los padres” en alusión al sitio en el que los padres carmelitas tenían sembrados los olivos para la elaboración de aceite de olivo como concesión de la corona española; el Santo Desierto de Santa Fe, ahora llamado “de los leones” y que también da nombre a la zona de Santa Fe; el convento de San Joaquín, que a su vez nombraba al río San Joaquín y a su actual colonia, zona de panteones, donde hoy se halla el panteón francés, en lo que fuera el huerto de los frailes carmelitas.

Karol Wojtyla, fascinado por el Carmelo y por sus fundadores los descalzos, estudió español para poder leer en su lengua original a San Juan de la Cruz, sobre quien escribió su tesis doctoral, misma que se encuentra en la biblioteca del Instituto Teresianum en Roma, y hasta el día de su muerte, ya siendo romano Pontífice, nunca dejó de vestir el escapulario de la Virgen de Carmen, el que le entregara la Madre de Dios a San Simón Stock, en Inglaterra, hace ya 757 años.