Las siete palabras

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Desde tu cruz de muerte, Señor, pronunciaste un testamento de amor que nos dejaste en siete palabras para meditar en ti.

Primera: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Hubo una bendición en tus palabras, Señor, en tus palabras que nos aseguran que no hemos de perder la esperanza en ningún momento antes de que llegue a su término el último de nuestros días en esta vida que pasa, vida en la que pasarán todos los siglos de nuestro tiempo y todas las palabras que se hayan pronunciado en nuestro mundo se habrán hecho viejas antes de que se agoten estas, tus palabras que suplican perdón a Dios por las ofensas cometidas contra ti, Redentor nuestro. Nunca el amor había desafiado al odio con este poder tan seguro de sí mismo. Hubo una bendición, Señor, en tus palabras.

Segunda: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43) ¿Qué le has dicho al hombre crucificado a tu diestra, Jesús, que le ha hecho feliz en su agonía? La sombra de la muerte se hizo luz en su rostro y ya no pudo apartar su mirada de ti. A la pregunta de tu compañero de muerte -¿Tú también sangras conmigo?, con una dulce fortaleza hiciste tuya su agonía con breves palabras: -Si no fuera por estos clavos que me sujetan, alargaría mi mano para estrechar la tuya. Hemos sido crucificados juntos; tendrían que haber levantado tu cruz más cerca de la mía.

 

Tercera: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). ¿Existe, acaso, un amor más agradecido que el amor a la propia madre? No lo había hasta que tú, divino hijo de María, quisiste compartir desde tu cruz ese amor que había sido exclusivo de ambos. Luego le hablaste a Juan, ese discípulo tuyo que siempre supo que lo amabas aunque no sabía por qué: -Sé un hijo amoroso para esta mujer, ve a su casa y haz que tu sombra atraviese el umbral en el que una vez yo estuve; haz esto en memoria mía. Luego, mirando a tu Madre le hiciste mirar hacia el futuro: -Este nuevo hijo tuyo llevará estas gotas de mi sangre a tierras lejanas de aquí. El amor es un misterio sagrado que, para los que aman, permanece siempre mudo hasta que uno lo quiere revelar.

Cuarta: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Palabras que laceran nuestro corazón que no comprende, palabras que son un reto a nuestra fe, palabras desde tu cruz, Señor, con las que confirmaste lo que de este momento tuyo canta el salmo profético. La creación no soportaba la tragedia que estaba sucediendo y el sol se oscureció, una tempestad se abatió sobre nuestro mundo, la tierra gimió, y del cielo cayó una lluvia en torrentes llevándose la sangre que manaba de tus manos y tus pies.

Quinta: “Tengo sed” (Jn 19,28). Se me estrecha la garganta, Jesús, al pensar en tu boca seca, en tu lengua pegada al paladar, en tu sed como la del rebaño del desierto que anhela el lago. Las mujeres, frente a tu cruz lloran mientras tú sientes sed, pero estás clavado demasiado alto para alcanzar sus lágrimas.

Sexta: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). Te desangras en tu lecho de muerte, la cruz. Nos mostraste, en tu relato de un hijo pródigo, que Dios es amor que se transforma en alegría, pero a ti te torturaron y te dieron muerte los que no son felices con un dios feliz, los que sólo quisieron conocer a los dioses del dolor. La muerte es reveladora, y tu muerte, Jesús, nos reveló tu vida. Ahora la muerte es menos amarga que la vida sin ti.

Séptima: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46). Tu Padre te entregó al mundo con infinito amor, los cielos te entregaron a tu Madre santa y ella te entregó a los hombres, Señor, en un suspiro que vino a ser bálsamo divino. Ella fue vientre para darle carne, mirada y sonrisas a tu espíritu, y fue cuna para hacer de ti, de entre todos los hombres, el mejor nacido; y aunque entre sus brazos sostuvo tu cuerpo muerto, ella nunca fue sepulcro; ella siempre supo que habrías de resucitar para ella, para nosotros. Te fuiste, Jesús, la batalla llegó a su fin, pero antes de morir nos entregaste una sonrisa de orgullo por el deber cumplido, te supiste vencedor del odio y de la muerte con el amor y la vida en tus palabras. Silencio, y paz. Todo está terminado, pero sólo en ese monte…