Benditos agujeros de los clavos

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Es posible que hayan sido cuatro los clavos de la crucifixión de nuestro Señor, aunque la impronta de la Sábana Santa evidencia que su pie izquierdo fue clavado encima del pie derecho, lo que hace probable que hayan sido tres.

Aunque inicialmente los romanos solían atar con cuerdas a la cruz a los ejecutados, para los tiempos de Jesús se había generalizado la crucifixión cruenta, llamada así por ser con clavos, a distinción de la crucifixión incruenta, con cuerdas.

En el año 326, cuando santa Elena encontró la Cruz de Nuestro Señor al excavar el Monte Calvario, también encontró los clavos con los que fue crucificado junto con los clavos con los que se fijó el Título de la Cruz, tal como narra san Ambrosio en referencia a santa Elena: “buscó también los clavos con que fue crucificado Cristo y los halló”.


Santa Elena llevó los clavos a Roma, pero durante el trayecto se precipitó una fuerte tormenta borrascosa en el mar Adriático -que comprende también el mar Jónico y el de Malta- que puso en peligro a la embarcación. Ella logró calmar la tormenta arrojando al mar uno de los clavos, conocido como Deponi, y al momento de entrar al agua sobrevino la calma, pero ese clavo no se perdió porque lo arrojó atado a una cuerda para recuperarlo.

El milagro ocurrido en el mar es consignado así por san Gregorio de Tours: “La piadosa reina Elena, conmovida por tanto infortunio, mandó que se arrojase a las aguas uno de los clavos, confiando que la misericordia divina aplacara fácilmente la cruel agitación del oleaje. Tan pronto como se arrojó el clavo, el mar se tornó apacible y las olas se hicieron tranquilas para los navegantes. Desde entonces hasta hoy los marinos veneran este mar santificado, y al entrar en él practican ayunos, oraciones y salmos”.

San Ambrosio, arzobispo de Milán, refiere que santa Elena hizo fundir uno de los clavos para hacer el freno del caballo de su hijo Constantino a fin de que gozara de protección divina en las batallas. Este clavo es conocido como el Bocardo. Otro de los clavos, conocido como la Corona de Hierro de Lombardía, lo hizo incrustar en una diadema con perlas en la corona de Constantino, la misma con la que fue coronado el emperador Carlomagno en el año 775.

Uno de los clavos, de nueve centímetros de largo, se conserva en la basílica de la Santa Cruz, en Roma; el segundo clavo, el Bocardo, se venera en la catedral de Milán, Italia; y el tercero, el de la Corona de Hierro, en la catedral de Monza, antigua capital de Lombardía, en Italia.

Un cuarto clavo se venera en la Saint-Chapelle de París, dentro de un relicario de cristal en forma de tubo rematado en su extremo superior por una incrustación de plata dorada.

Un quinto clavo, que pudo ser usado para fijar el Título de la Cruz, se conserva en la capilla del Palacio real de Madrid, en España.

Los clavos contenidos en estos relicarios coinciden en su forma de tallo piramidal con esquinas agudas, dentadas o rugosas, de cabeza cupular o acampanada que aseguraba la fijación al madero al agrandarse, por el peso del crucificado, los orificios en sus manos y pies. Su peso es de 60 gramos, y su longitud, según refiere la beata Ana Catalina Emmerich, permitió que “sobresalieran por detrás de la cruz”.

No hay duda de que Jesús fue crucificado con clavos que traspasaron sus manos y sus pies, como también refiere Ana Catalina en su descripción del descendimiento de la cruz cuando explica que san José de Arimatea sacó el clavo de la mano izquierda, Nicodemo el de la derecha y un centurión arrancó con esfuerzo el gran clavo de los pies. Luego alguien los recogió todos para ponerlos junto a la Virgen María.

La Sagrada Escritura no deja duda de los clavos cuando cita las palabras del apóstol Tomás, conocido por no haber creído en la Resurrección del Señor: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Jesús le dijo: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”, y Tomás proclamó su fe reconociendo la divinidad de Jesús: “Señor mío y Dios mío”. Y el Señor le respondió “Porque me has visto has creído. Dichosos los que sin haber visto, crean” (Jn 20, 25-29). Benditos sean, pues, los agujeros de aquellos clavos.