Mesa de la última Cena

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En los tiempos de Jesús era común la costumbre de comer en los banquetes tendiéndose sobre un lecho, apoyado sobre el codo izquierdo, dejando libre la mano derecha para comer. Esta costumbre, originaria de Persia, había sido adoptada por los griegos y luego por Roma de donde se extendió a sus provincias. Los lechos eran estrados bajos cubiertos de telas acolchadas y provistos de cojines, que rodeaban por tres lados una mesa baja, de unos 30 centímetros de altura, en forma de U cuadrangular; el cuarto lado quedaba vacío para el servicio. Este tipo de mesa recibía, en su conjunto, el nombre de triclinium. Con frecuencia, en una misma sala había varios triclinios, pero no así en la gran sala del Cenáculo donde hubo solamente uno para Jesús y sus apóstoles. Sobre la Mesa de la Última Cena se sirvieron los panes ázimos, las hierbas amargas y una especie de conserva de frutas llamada haroseth.

En esta mesa, el Señor hizo saber a sus apóstoles que uno de ellos había vulnerado la amistad, pasando por encima de la confianza, convirtiéndose en traidor. Es de admirar cómo Jesús pudo aguantar a Judas hasta el último extremo con inacabable paciencia, conociendo al enemigo que tenía entre los suyos. De allí salió Judas para entrar en la noche, se marchó de la luz hacia la oscuridad; por su propia elección optó por las tinieblas.

 

Una antigua tradición quiere, con respetable fundamento, que el Cenáculo formara parte de la casa de María, la madre de san Marcos, en la que permanecieron los apóstoles y algunos discípulos después de la Ascensión del Señor y donde ocurrió la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Los testimonios escritos en los que se identifica el Cenáculo con la casa de la madre de san Marcos son del siglo IV, lo que sugiere una tradición mucho más antigua en una identificación que se desprende de un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles (12, 11-17).

La sala del Cenáculo estuvo en el piso superior de la casa situada adentro de las murallas de Jerusalén, cerca del ángulo suroeste. Durante la devastación de Jerusalén, del año 70, fue totalmente destruida junto con todo el barrio. En el siglo III allí se edificó una pequeña capilla que en el siglo IV se incorporó a una basílica llamada “Santa Sión” que fue quemada por los persas en el año 614 y luego otras dos veces por los musulmanes en el año 960 y en el 1011. Los Cruzados del reino de Jerusalén de Godofredo de Bouillon la reconstruyeron tras la toma de Jerusalén del año 1099. En el siglo XIV, la esposa del rey de Francia, Roberto de Anjou, la confió a los frailes franciscanos, quienes reconstruyeron allí el Cenáculo tal y como se encuentra, pero el 2 de junio de 1551 los musulmanes se apropiaron del lugar, echaron fuera a los franciscanos e instalaron en la planta baja una mezquita, sobre el lugar en el que, según dicen, estuvo la tumba del rey David.

En la basílica de San Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma, Madre y Cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del mundo, se encuentra un importante fragmento de la mesa del triclinium sobre la que se colocaron al centro los elementos de la cena de Pascua, la última Cena en que Jesús instituyó la sagrada Eucaristía con su cuerpo en el pan y su sangre en el vino.

Esta reliquia está colocada en el retablo de la capilla del Santísimo Sacramento, de la basílica, enmarcada en madera y embellecida con un sobre relieve, también de oro, que muestra la representación iconográfica de la Última Cena del Señor.

En las visiones y revelaciones que el Señor le obsequió, la vidente y beata Ana Catalina Emmerick pudo ver el orden en el que se colocaron los discípulos en torno a la mesa: “A la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé; y a la vuelta, Tomás y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo; al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe”.

En esta mesa, y a través de sus apóstoles, Jesús nos dejó su testamento: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 34-35).