El Monte Calvario

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El apóstol san Juan refiere, en el Evangelio: “Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron” (Jn 19, 16-18).

El monte Calvario, donde fue enclavada la Cruz en la que Jesús murió, es un promontorio de roca pequeño, de no más de cinco metros de altura, que se localiza al noroeste de Jerusalén, al pie de la colina del Gareb. La tradición refiere que el emperador Adriano, al reconstruir Jerusalén hacia el año 105, sobre las ruinas de la ciudad que fuese arrasada y destruida por el general romano Tito, hizo que el monte Calvario fuese recubierto con una explanada en la que ordenó plantar un bosque para consagrarlo a la diosa Venus.

En el siglo IV, gracias a que el emperador Constantino y su madre, la emperatriz santa Elena, decidieron recuperar y honrar los santos lugares de la Tierra Santa, se edificaron dos basílicas en Jerusalén, una sobre el sitio del Santo Sepulcro y otra en el lugar donde se había encontrado la santa Cruz. Durante los trabajos de construcción, al remover todo el bosque sembrado por Adriano, el montículo del Calvario quedó al descubierto. Siglos más tarde, en el mismo sitio, los Cruzados edificaron la basílica del Santo Sepulcro, la misma que permanece hasta nuestros días, englobando en su interior los tres lugares. Así, al interior de la actual basílica, a su lado izquierdo, se localiza la capilla del Calvario.

 

La planicie del Gólgota, que se localiza a unos tres metros del agujero en el que se incrustó la Cruz sobre el montículo del Calvario, ha pasado por innumerables modificaciones a lo largo de los siglos, pero gracias a la presencia y tradición cristiana en el sitio, se ha mantenido inalterable la memoria del lugar donde murió crucificado Nuestro Señor.

Es al interior de la basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén, donde encuentra el montículo del Calvario, de roca, al que se sube por una empinada escalera que conduce al altar de la capilla del Calvario, que surge sobre la roca en la que se incrustó la Cruz de Jesús, roca que es visible a través de las placas de cristal, ubicadas a ambos lados del altar, y que puede tocarse a través de una abertura marcada por un disco de plata, bajo el altar, punto exacto desde el que se levantaba la santa Cruz.

Cuando Jesús murió, la humanidad murió, y cuando resucitó, la humanidad volvió a vivir, y justamente al momento de su muerte, la tierra fue sacudida por un terremoto que provocó que las piedras se partieran. A ese temblor de la tierra, ya desde el siglo IV era atribuida, por san Cirilo, la hendidura que presenta la roca del Calvario, grieta que no sigue la veta de la roca, sino que la corta atravesándola en forma transversal.

La capilla del Calvario, que se encuentra actualmente en posesión de los cristianos griegos ortodoxos, está decorada con lámparas y candelabros según su tradición. Junto a esta se encuentra otra capilla, la que corresponde a los cristianos latinos, en la que se venera el enclavamiento, es decir, el sitio en el que el Señor fue clavado, tendido en el piso, a la cruz, extendiendo sus brazos a lo largo del travesaño horizontal, el Patibulum, al que fijaron primero su mano derecha y luego la izquierda aplicando la mayor tensión posible, casi hasta descoyuntarlos, entre sus dos brazos.

El Señor quedó crucificado de espaldas a Jerusalén, de cara hacia occidente, mirando hacia donde habría de iluminar a las generaciones por venir que vivían en la oscuridad de la fe. Así surgió la tradición cristiana de adorar a Cristo mirando al oriente, pues Él, desde su Cruz, contemplaba el occidente, tradición que inicia desde los apóstoles y que se ha perpetuado hasta nuestros días en la orientación de todas las iglesias del mundo.

Bajo el montículo del Calvario, la capilla de Adán es una de las más antiguas de la basílica. En el ábside se puede ver la hendidura en la roca causada, según la primitiva tradición, por el terremoto acaecido al momento de la muerte de Jesús, hendidura que permitió que la sangre de Cristo llegara y redimiera a Adán, sepultado aquí, según una antiquísima tradición.

Para los primeros cristianos este fue el origen del nombre Gólgota o Calvario: lugar del cráneo o de la calavera, en referencia a la sepultura de Adán, tradición que inspiró la iconografía del crucifijo que pone a los pies de la Cruz una calavera, un reguero de sangre y una pequeña gruta.