Santo Sepulcro

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El Evangelio informa, acerca de Jesús, que “las mujeres que habían venido con él desde Galilea fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo” (Lc 23, 55).

San Agustín, en una de sus homilías explica cómo era, en el siglo IV, este sepulcro: “Dado que no sin razón quienes únicamente conocen los sepulcros más corrientes se extrañan de cómo pudo hacerse el sepulcro del Señor, para que entraran tantos hombres a la vez, juntamente con los ángeles, pienso que es conveniente explicarles de manera sencilla lo que hemos aprendido respecto a la descripción de quienes en nuestros días han estado en Jerusalén, y una vez que han vuelto, nos han dejado por escrito las cosas que vieron. El monumento era redondo, excavado en piedra, de una determinada altura, de forma que quien se colocaba en el medio podía tocar el techo con la mano. La entrada miraba al oriente, y ante ella se colocaba aquella enorme piedra que mencionan los Evangelios; entrando, a la derecha, estaba el lugar debidamente preparado para acoger el cuerpo del Señor, de siete pies de largo y tres palmos más alto que el resto del suelo. Este sitio, a diferencia de los sepulcros comunes, estaba abierto no sólo por arriba, sino también por todo el lado que mira al mediodía, para poder colocar el cuerpo por esa parte”.

 

La tumba que José de Arimatea había preparado para sí mismo en la planicie del Gólgota, no quedaba a más de cincuenta pasos de distancia del monte Calvario, la roca sobre la que se alzó la Cruz. Era un sepulcro nuevo, en el que no había sido sepultado nadie hasta que, luego de acoger el Cuerpo muerto de Jesús, quedó cerrado perfectamente por una gran piedra redonda que selló la abertura de acceso.

El sepulcro fue invadido de silencio y de paz. El arpa creadora de música quedó silente, con sus cuerdas rotas, sumergida en el silencio; y el grano de trigo, una vez muerto y sepultado bajo tierra, se preparaba a ser espiga dorada para mecerse en el viento.

En su libro “El Pobre de Nazaret”, el Padre Ignacio Larrañaga, sacerdote franciscano, escribe así lo que la contemplación de este silencio mortal le inspiró: “Enterrado en las entrañas de la humanidad palpita un sueño dormido, envuelto en la niebla transparente. No es una estrella apagada. Es la evocación de un arquetipo ideal que habita y duerme en las más recónditas ensoñaciones del mundo. La humanidad sigue soñando con Alguien que le enseñe a moverse en el laberinto de la angustia, y que, sobre todo, le muestre la puerta de salida”.

La puerta del sepulcro era una gran piedra redonda, como las de molino, pero de un metro y medio de diámetro y un espesor de 25 centímetros. Asentada en una ranura curva, calzada con un gran trozo de roca que impedía que la gran puerta rodara, al ser retirada la gran piedra rodaba entre la ranura curva en que se asentaba hasta cubrir por completo la entrada para luego ser calzada nuevamente por varias piedras colocadas en la ranura y después sellarse mediante argamasas.

La primigenia basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén, fue edificada en el preciso lugar de la crucifixión de Cristo y de su sepulcro, en el año 330 por indicaciones del emperador Constantino y de su madre santa Elena.

En el año 614, la iglesia bizantina original fue destruida por los Persas. Poco después se reconstruyó, pero en el año 1009 fue atacada por el califa egipcio Al-Hakim. La iglesia volvió a ser reconstruida en el año 1048 por el emperador bizantino Constantino Monómaco y restaurada en su totalidad en el año 1144 por los Cruzados colocando todo el conjunto bajo un mismo techo. La mayor parte de la actual basílica corresponde a ese tiempo.

En el sitio preciso del Sepulcro del Señor se erigió el Edículo, una pequeña edificación que repropone las tumbas de la época de Jesús formadas por un vestíbulo en el que se ungía el cuerpo y se colocaba en los lienzos mortuorios, y por la cámara sepulcral, que en el caso de la de Jesús tiene forma de arcosolio, con el banco sepulcral paralelo a la pared. Esta edificación fue reconstruida en 1810 por la iglesia Greco-ortodoxa, luego de que el anterior fuese devastado por un incendio.

La basílica del Santo Sepulcro se conserva bajo la custodia de la Iglesia católica romana y de las iglesias ortodoxas griega y armenia, y gracias a las constantes restauraciones, que siempre están en proceso, la basílica ha recobrado gran parte de su antigua solemnidad y esplendor.