Siete nuevos santos

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El pasado domingo 14 de octubre, el papa Francisco canonizó a siete nuevos santos en la plaza de San Pedro: el papa Pablo VI, monseñor Oscar Romero, Francisco Spinelli, Vicente Romano, María Catalina Kasper, Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March Mesa y Nuncio Sulprizio.

El papa Pablo VI nació el 26 de septiembre de 1897 en Concesio. Fue ordenado sacerdote a los 24 años. A partir de los 40 sirvió en la Secretaría de Estado. En 1955 fue nombrado Arzobispo de Milán. Elegido Sucesor de Pedro el 21 de junio de 1963, condujo y aplicó el concilio Vaticano II. Murió el 6 de agosto de 1978. Fue beatificado en 2014 por el papa Francisco.

Monseñor Óscar Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, El Salvador. Ordenado sacerdote a los 24 años, desarrolló su ministerio sacerdotal en su diócesis de San Miguel durante 20 años. En 1970 fue nombrado Obispo Auxiliar de San Salvador y posteriormente Obispo de la diócesis de Santiago de María. En 1977 Pablo VI lo nombró Arzobispo de San Salvador. Conmovido por los sufrimientos de los más débiles denunció el pecado social. Murió asesinado mientras celebraba la Misa el 24 de marzo de 1980. Fue beatificado en 2015.

 

Francisco Spinelli nació el 14 de abril de 1853 en Milán. Fue ordenado sacerdote en 1875. Mientras residía en Roma tuvo la inspiración de iniciar una comunidad de jóvenes mujeres que consagraran sus vidas al Señor presente en la Eucaristía. Tras un encuentro con santa Catalina Comensoli fundó el Instituto de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento. Murió el 6 de febrero de 1913. Juan Pablo II lo beatificó en 1992.

Vicente Romano nació el 3 de junio de 1751 cerca de Nápoles. Ordenado sacerdote a los 24 años, su ministerio sacerdotal se caracterizó por la educación de niños y jóvenes. Cuando una erupción de lava del Vesubio destruyó la Torre del Greco, se convirtió en el alma de la reconstrucción material, religiosa y moral del pueblo. Murió el 20 de diciembre de 1831. Pablo VI lo beatificó en 1963.

María Catalina Kasper nació el 26 de mayo de 1820 en Alemania. Durante su adolescencia trabajó en el campo. Tuvo la intuición de fundar un Instituto de Hermanas al servicio de los más pobres y en 1848 abrió la casa de las “Siervas Pobres de Jesucristo”. La congregación creció en Europa, América y la India. Murió el 2 de febrero de 1898. Fue beatificada por Pablo VI.

Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March Mesa, nació el 10 de enero de 1889 en Madrid. Mientras residía en México, en 1908 ingresó a la comunidad de las Hermanas de los Ancianos y en 1911 fue enviada a Bolivia, donde fundó la Congregación de Hermanas Misioneras Cruzadas de la Iglesia, para el servicio de los pobres y la promoción de la mujer. Murió el 6 de julio de 1943. Juan Pablo II la beatificó en 1992.

Nuncio Sulprizio nació el 13 de abril  de 1817 en Pescara. De niño quedó huérfano de padre y madre. Su abuela materna le enseñó a buscar a Jesús en la Eucaristía y la devoción a la Virgen María. A la muerte de su abuela quedó bajo la custodia de un tío que le exigía duros trabajos, y por los malos tratos enfermó de tuberculosis ósea. Llevado a Nápoles, fue internado en el Hospital de los Incurables, donde recibió la Eucaristía que tanto deseaba. Murió el 5 de mayo de 1836 a la edad de 19 años. Pablo VI lo beatificó el 1 de diciembre de 1963.

En la homilía de la Misa de canonización, el papa Francisco expresó que “Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo para entregar su vida a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos. Lo mismo puede decirse de Francisco Spinelli, de Vicente Romano, de María Catalina Kasper, de Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús y también de Nuncio Sulprizio, el joven santo, valiente, humilde, que supo encontrar a Jesús en el sufrimiento, el silencio y en la entrega de sí mismo. Todos estos santos, en diferentes contextos, han traducido con la vida la palabra de hoy, sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgarse y de dejar. Hermanos y hermanas, que el Señor nos ayude a imitar sus ejemplos”.