Empresarios cristianos

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La política de izquierda, por su bandera de lucha social, gusta de enfrentar a trabajadores y empresarios; pero la experiencia ha demostrado que este enfrentamiento provoca que los empresarios reaccionen concentrando su actividad en maximizar la riqueza, en tanto que los trabajadores se concentran en desarrollar actitudes reivindicativas de sus derechos. En consecuencia, los derechos se tornan más importantes que los deberes, los valores se vuelven relativos y se pierde el objetivo, tanto de empresarios como de trabajadores, de servir al bien común.

Sin embargo, la experiencia también ha demostrado que cuando empresarios y trabajadores se desarrollan armónicamente y se centran en servir al bien común, ambos realizan una gran contribución al desarrollo material, e incluso al bienestar espiritual de la sociedad en conjunto, pues guiados por principios ético-sociales movidos por las virtudes morales e iluminados por el Evangelio, además de contribuir al bien común logran el éxito en sus empresas.

Los empresarios cristianos están llamados, por su fe en Jesucristo, a desarrollar su actividad a la luz de los principios de la dignidad humana y del bien común, que son: el principio de satisfacer las necesidades del mundo con bienes que sean realmente buenos y que realmente sirvan, sin olvidar, con espíritu de solidaridad, las necesidades de los pobres y vulnerables; el principio de organización del trabajo dentro de la empresa de un modo respetuoso con la dignidad humana; el principio de subsidiariedad, que fomenta el espíritu de iniciativa y aumenta la competencia de los empleados, considerados como co-emprendedores; y el principio de la creación sostenible de riqueza y su distribución justa entre los diversos grupos implicados en la empresa.

 

La separación entre la fe y la práctica empresarial puede acarrear desequilibrios y una búsqueda desordenada del éxito mundano. En cambio, un liderazgo de servicio sustentado en la fe, proporciona al empresario una perspectiva más amplia y le ayuda a armonizar las demandas del mundo económico.

Los desafíos y las oportunidades del mundo económico están compuestos por factores, tanto buenos como malos, incluidos cuatro signos de los tiempos con influencia en la empresa: la Globalización, que ha producido eficiencia y oportunidades extraordinarias para las empresas, pero que también ha acarreado desigualdad, inestabilidad económica, homogeneidad cultural e incapacidad de los gobiernos para regular adecuadamente el flujo de capitales; las Telecomunicaciones, que han permitido conectividad, mejores soluciones, nuevos productos y disminución de costos, pero también una gran velocidad que genera exceso de información y decisiones precipitadas; la Financiarización del mundo económico, que ha acentuado la tendencia a mercantilizar los fines del trabajo y a poner el énfasis en la maximización de la riqueza y los beneficios a corto plazo, en lugar de trabajar por el bien común; y la Cultura cambiante, que ha propiciado individualismo, crisis familiares y preocupaciones utilitarias sobre uno mismo y sobre “aquello que es bueno solamente para mí”. En consecuencia, hoy se tienen más bienes privados, pero serias carencias de bienes comunes.

Las buenas decisiones empresariales se sustentan en principios de respeto de la dignidad humana, del servicio al bien común y de la visión de la empresa como una comunidad de personas. Son principios que mantienen al empresario centrado en producir bienes y servicios que satisfagan las necesidades genuinas de la sociedad; en organizar el trabajo de modo productivo y con significado humano mediante el reconocimiento del derecho de sus trabajadores a desarrollarse en su empleo; en estructurar el lugar de trabajo con la subsidiariedad suficiente para diseñar, equipar y confiar en los empleados para que puedan hacer su mejor trabajo; y en utilizar los recursos con sabiduría para crear beneficios y bienestar, para producir riqueza sostenible y distribuirla con justicia mediante un salario justo para los empleados, precios justos para los clientes y proveedores, impuestos justos para la comunidad, y beneficios justos para los propietarios.

Los empresarios logran poner en práctica sus aspiraciones cuando persiguen su vocación y cuando están más motivados por ella que por el éxito económico, es decir, cuando actúan como líderes que reconocen humildemente lo que Dios ha hecho por ellos y saben que, en reciprocidad, han de entrar en comunión con otras personas para hacer del mundo un lugar mejor.

Este es el ideal sustentado en la Doctrina Social Cristiana; sin embargo, existen obstáculos que impiden actuar como un verdadero empresario cristiano y servir al bien común. Estos obstáculos, que lamentablemente se han inoculado en México, son la carencia de vivir en un auténtico estado de derecho; la corrupción evidentemente creciente en todos los niveles de la administración pública; la tendencia a la ambición codiciosa fuera de la competitividad; la administración deficiente de los recursos, y la decadencia moral.