La Medalla Milagrosa

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En la ciudad de París, en la Rue du Bac, se apareció la Virgen María, en la capilla del convento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, a una novicia de nombre Catalina Labouré, varias veces, en el año 1830. Se le apareció en la capilla, junto al altar, y se sentó frente a ella en una silla que aún se conserva.

Catalina había nacido en 1806 en Bretaña, Francia. Sus papás, que eran agricultores, le pusieron por nombre Zoé. Su mamá murió cuando ella tenía nueve años, pero Zoé no se imaginaba que el Cielo la tenía reservada para ser una vidente, para ver a la Madre de Dios y para platicar vivamente con ella. La primera aparición fue en julio de 1830, cuando ella vio a su Ángel de la Guarda y a la Virgen María, pero la más significativa ocurrió en noviembre…

Zoé quiso ser monja, pero su papá se opuso y la envió a París para que, al conocer la gran ciudad, cambiara de parecer. Pero su voluntad era firme, porque luego de conseguir el permiso de su papá, ella dirigió sus pasos a la calle del Bac y entró al noviciado de las Hijas de la Caridad. Allí tomó el nombre de Catalina, como religiosa, allí atendió la cocina, el gallinero, la enfermería y la portería. Allí también atendió a los ancianos que buscaban frutos de caridad cristiana.

El 18 de julio, a las 11:30 de la noche, su Ángel de la Guarda despertó a Catalina. Ella vio a un niño vestido de blanco que le dijo: “Levántate pronto y ven a la capilla, la Santísima Virgen te espera”. El ángel la llevó al presbiterio. Catalina oyó el roce de un traje de seda, que partía del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José. Vio que una señora de exquisita belleza atravesaba majestuosamente el presbiterio. Entonces, mirando a la Virgen, se puso a su lado y se arrodilló con las manos apoyadas sobre las rodillas de la Santísima Virgen. Ella recuerda: “Allí pasé los momentos más dulces de mi vida; me sería imposible decir lo que sentí”.


De entre las diversas ocasiones en que la Virgen Madre de Dios se apareció a Sor Catalina, la más significativa fue el 27 de noviembre cuando le pidió que se acuñara una medalla con su imagen. Así es como ocurrió, según lo narró su confesor, el Padre Aladel:

“La Virgen se le mostró en un retrato de forma oval. Estaba sobre el globo terráqueo, con vestido blanco y manto azul. De sus manos salían rayos resplandecientes que caían sobre la tierra. Arriba estaba escrito: ¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!... En el reverso del retablo estaba la letra M, sobre la que había una cruz descansando sobre una barra, y debajo los corazones de Jesús y de María. Después oyó estas palabras: Has de acuñar una medalla según este modelo. Los que la lleven puesta y recen devotamente está súplica, alcanzarán especial protección de la Virgen. Y desapareció la visión”.

La Virgen María había posado sus ojos en la novicia haciéndole comprender que Ella derrama grandes gracias sobre quienes se las piden, como la misma Catalina explicó: “¡Cuán generosa es Ella hacia las personas que se las imploran; cuántas gracias otorga a los que se las piden; qué alegría Ella siente al dar estas gracias!”. También narra una promesa contundente de la Virgen: “Haz acuñar una medalla según este modelo; las personas que la lleven recibirán grandes gracias, sobre todo colgándosela del cuello. Las gracias serán abundantes para quienes la lleven con fe”.

Dos años después, en 1832, su confesor, quien al inicio no creyó en las confidencias de la vidente, buscó a monseñor Quélen, arzobispo de París, para obtener su permiso de grabar la medalla, según la Virgen había manifestado.

Catalina Labouré siguió viviendo su vida de religiosa, con humildad y en el anonimato, porque en el convento se decidió mantener bajo sigilo su identidad. La medalla se propagó por París con rapidez, luego por toda Francia y pronto por el resto del mundo. El pueblo la llamó la Medalla Milagrosa por los muchos prodigios que obraba.

Catalina murió en París en 1876. Su cuerpo fue encontrado incorrupto 56 años más tarde, conservando intactos los bellos ojos azules que habían visto a la Virgen María. Fue beatificada por Pío XI en 1923 y canonizada por Pío XII en 1947.

Cada año, el 27 de noviembre, celebramos este acontecimiento de Gracia que ha quedado grabado para siempre en la Medalla Milagrosa.