Gruta de la Anunciación

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El Evangelio refiere que “al sexto mes (de la concepción de Juan el Bautista) fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,26-28) y agregó: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31). El ángel que vino del cielo vio a la Virgen Inmaculada, y ella vio al mensajero e intercambiaron miradas y palabras comentando el mensaje del que, como ángel, era portador.

Esta no fue la primera vez que un ángel ha bajado a la tierra, aunque sí la principal, pues los ángeles, que fueron creados para Cristo, encuentran fundamento en su razón de ser en la Anunciación de la Encarnación del Mesías que habría de nacer en nuestro mundo para redimir a la humanidad caída. El profeta Daniel, narra con las siguientes palabras su visión de la aparición de un ángel: “Su cuerpo era como de crisólito (piedra preciosa parecida al topacio), su rostro, como el aspecto del relámpago, sus ojos como antorchas de fuego” (Dn 10,6), y el Evangelio describe al Ángel del Señor, el día de la Resurrección, explicando que “su aspecto era como el relámpago” (Mt 28,3); pero delante de la Virgen María no fueron necesarias esas apariencias, y es posible que a ella el ángel se le apareciese con forma humana porque habría quedado como oscurecido ante el resplandor de la gracia en el alma de María, pues el esplendor de su alma es mayor que el de todos los ángeles, así que ella no se turbó y pudo reconocer, incluso, que se trataba de un ángel aunque él no explicara su naturaleza.


En efecto, la interioridad de la Virgen estuvo, desde niña y siempre, muy cerca de Dios, y todo lo sobrenatural era comprensible por ella, que con sencillez pudo comprender la presencia del ángel. La Gracia es Dios, y ella, llena de gracia, es llena de Dios. Y Dios nunca ha llenado de sí mismo, a creatura alguna, como lo hizo con María; la llenó, la inhabitó, se engendró en su seno virginal.

El providencial acontecimiento de la Anunciación tuvo lugar en una gruta que formaba parte de la casa paterna de la Virgen María, en Nazaret, al norte de Israel, al sur de Galilea, en las cercanías de los montes de Líbano, a 10 kilómetros del monte Tabor y a 23 kilómetros del mar de Galilea. Allí mismo, sobre la gruta, se edificó en el año 570 la primigenia iglesia bizantina para marcar y venerar el sitio en el que, tras el sí pronunciado por María, ocurrió la Encarnación del divino Verbo en su seno virginal. Hacia los primeros años del siglo XII los Cruzados construyeron una catedral que luego se dañó por el terremoto de 1170, y aunque se iniciaron reparaciones, ya no concluyeron por la expulsión de los Cruzados de Nazaret tras su derrota en la batalla de Hittin. Fue hasta 1620 cuando se restableció la presencia cristiana en Nazaret gracias a que el Emir druso Fakhr-al-Din autorizó a los frailes franciscanos adquirir las ruinas de la catedral. En 1730, el sultán otomano permitió a los franciscanos construir una nueva iglesia; en 1877 agrandaron la estructura anterior pero en 1955 fue demolida para construir la actual basílica, proyectada por el arquitecto italiano Giovanni Muzio y construida entre 1959 y 1969, que integró, en lo posible, los vestigios de las iglesias precedentes.

La actual basílica es de dos plantas; la superior, decorada con diversas advocaciones marianas elaboradas en exquisitos mosaicos donados por comunidades de todo el mundo, conecta por una amplia escalera con la inferior, en la que se encuentra la Gruta, con el altar celebrativo al centro y flanqueada por dos columnas. A todo el conjunto lo cubre una cúpula en forma de lirio invertido que en su interior luce una gran letra M que evidencia, por la inicial del nombre de la Virgen, que el santuario es de ella.

La basílica de la Anunciación, que fue consagrada por el papa Paulo VI en 1964, es el santuario cristiano más grande de Medio Oriente. Su fachada, revestida de piedra blanca y rosácea, presenta en grandes letras el texto Verbum caro factum est et habitavit in nobis, o “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, de significado especialísimo por haberse escrito sobre piedra en el sitio donde ocurrió tan providencial acontecimiento.