Santa Camisita del Niño Jesús

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Misterio que se desprende de la encarnación del Verbo eterno de Dios, es el cuerpo sagrado de Cristo en el que se manifiesta su humanidad, y que engendrado en el seno virginal de María, su madre, nació niño sin dejar de ser Dios en el inefable misterio de una misma persona con naturaleza divina y con naturaleza humana. Dios divinísimo y hombre humanísimo en el mismo niño que nació, en el hombre mismo que murió.

Jesús nació desnudo en su cuerpo y así también murió, en apariencia visible para todos en su cuerpo, pues aquella personalidad insustituible, incomparable con hombre alguno, verdaderamente nació revestido del ropaje de nuestra carne, y revestido de carne humana murió tal cual nació.

 
San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia, reflexiona así en el misterio de la Encarnación del Verbo eterno de Dios: “Después de haber dicho que aquellos que lo recibieran son hijos de Dios y nacidos de Dios, nos señala la causa de este honor inefable. Él se hizo hijo del hombre, aun siendo hijo de Dios, para hacer que los hombres fuesen hijos de Dios. ¿Acaso no daña su fama un ser sublime cuando se relaciona con un ser pequeño? No obstante, eleva de su bajeza al otro ser. Esto mismo sucedió en Cristo; con su rebajamiento, él no disminuyó en sí su naturaleza divina, sino elevó la de nosotros, que desde siempre vivíamos en la ignominia y en las tinieblas, a la gloria inefable. Él habita siempre en esta morada; se reviste de nuestra carne no para dejarla luego de un tiempo, sino para tenerla consigo por toda la eternidad”.


Tuvo la gracia, san José, de vestir adecuada y decorosamente a Jesús gracias al fruto de su esforzado y dedicado trabajo cotidiano; y su madre, la dulce Virgen María, tuvo la maternal  delicadeza de tejerle a su hijo finas camisas y túnicas sin costura, de una sola pieza de arriba a abajo, tanto en los años de su niñez como en los de su juventud y también ya siendo adulto, durante el tiempo de su obra mesiánica, a la tarde de su vida, ya como el Mesías.


Una de las camisas que Jesús vistió, de niño, se conserva en el Museo de la Catedral de Valencia, en España. Se trata de una pequeña túnica a la que desde que llegó a España se le llamó la “Santa Camisita de Jesucristo, que la Virgen María hizo sin costura”, tejida en seda y bordada con hilos de oro.


Esta reliquia, procedente del relicario de los reyes de Aragón, y donada el 18 de marzo de 1437 por el rey Alfonso V el Magnánimo al rey Juan I de Navarra, originalmente se conservó en una exquisita urna de plata sobredorada, relicario que lamentablemente se perdió junto con otros muchos que fueron fundidos en 1812 durante la ocupación francesa a Valencia, pero por ventura de Dios la santa Camisita se salvó y se colocó en un nuevo relicario, en el que prevalece hasta nuestros días, consistente en un cilindro de cristal rematado en sus extremos superior e inferior por dos grandes aros decorados y montado en una estructura de plata bañada en oro sobre un largo tallo de estilo gótico con una base en forma de estrella de seis puntas ricamente decorada con seis escudos esmaltados, tres de ellos con las armas de la Corona de Aragón y los otros tres con las de Sicilia.


A partir de 1692, la reliquia comenzó a salir de la catedral a fin de procesionar en andas por las calles de Valencia, el primer día de cada año, a iniciativa del canónigo Don Gerónimo Frigola y Margarit, una fervorosa devoción que permaneció vigente durante los siglos XVII y XVIII.

La santa Camisita se conserva dentro de su fino relicario en la novena sala, en el segundo piso del Museo de la Catedral, dentro de un fino y gran armario de madera provisto de cristales en sus puertas, entre muchas, diversas y exquisitas piezas de orfebrería que en añorados tiempos pasados sirvieron para el culto y para las celebraciones litúrgicas, y que ahora, al no disponerse ya de ellas para las celebraciones en la catedral, se trasladaron al museo catedralicio donde permanecen expuestas a la devoción de los fieles.

La santa Camisita del Niño Jesús es una reliquia que nos mueve a meditar en la sagrada Familia de Jesús, en la abnegada paternidad terrenal de san José, en la delicada maternidad divina de la Virgen María, y en la ternura infinita al pensar en que Nuestro Señor Jesucristo, el Redentor de la humanidad, también fue niño.