Tiempo de recibir

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El mes de diciembre se ve marcado por tres grandes celebraciones: el Tiempo de Adviento, la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe y la Natividad del Señor, tres momentos propicios para disponernos a recibir abundantes gracias celestiales.

El Adviento celebra los dos arribos de Cristo al mundo: el que ya tuvo lugar hace dos mil años, en Belén, en la noche de Navidad, y el que está pendiente, del que no conocemos el día ni la hora, pero del que estamos ciertos que ha de acontecer. El Adviento celebra la llegada de Dios a nosotros, a nuestro mundo, a nuestra historia, como un tiempo de espera, de espera en el Salvador. En su primer adviento el Señor nos rescata de la muerte y nos inserta en la vida porque Dios nos ha creado para Él, para regresar a Él, para estar con Él. En su segundo adviento seremos rescatados de todo lo maligno, luego de la última batalla en la que vencerá a las huestes del mal con el soplo de su aliento.

El Adviento nos llena de esperanza, Dios lo sabe, y por ello nos hace esperar, nos mantiene en la incertidumbre del momento pero en la certeza del suceso. Las lecturas de los primeros dos domingos de la liturgia de Adviento son escatológicas y hablan del retorno de Cristo con poder y majestad en medio de radiantes nubes y rodeado de sus ángeles. Las lecturas de los últimos dos domingos recuerdan a Jesús Niño en el pesebre en la gruta de Belén, nacido en humildad y adorado por pastores iluminados por una estrella. Las lecturas del Adviento nos hacen recordar que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, que el tiempo y la eternidad le pertenecen y que Él es la luz para el mundo.


La Solemnidad de Santa María de Guadalupe recuerda y celebra las apariciones que tuvieron lugar en el cerrito del Tepeyac en diciembre de 1531. La Virgen María, Madre de Dios, se presentó ella solita, con el Niño Jesús en su seno, cerquita de su corazón, para darlo a luz en esta tierra, para que naciera también aquí en México. María de Guadalupe se presenta sin San José, su esposo, porque es ella quien viene a pedirnos posada, personalmente a cada mexicano que le quiera abrir su vida para entrar a vivir con él, para que su Hijo viva en él.

La Virgen de Guadalupe, Patrona de México y de América, tiene rostro mestizo, muestra sus manos juntas que piden una casita para que nazca aquí su divino Hijo, la baña la luz del sol, el primitivo símbolo sagrado, y se presenta aposentada sobre la luna, nombre del México antiguo que en náhuatl significa “el ombligo (o centro) de la luna”.

María de Guadalupe asegura ser madre compasiva de todos los que “aquí en esta tierra están en uno”, y como a Juan Diego, nos dice: “Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón… ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe”.

La Navidad es Dios con nosotros. Celebramos la Noche Santa, la Noche Dichosa, la noche en la que quedaron unidos el Cielo y la Tierra, lo divino y lo humano. La Navidad nos recuerda que la locura de amor de Dios puede hacer cosas tan extrañas y dulces como que una virgen dé a luz, un carpintero reciba en sus brazos a un hijo que no es suyo porque es Hijo de Dios, unos pastores hablen con los ángeles, un rey se llene de celos por un recién nacido, una estrella guíe a unos sabios, unos reyes acudan a adorar al nuevo Rey, y una paz celestial e infinita abrace en la Tierra a todos los hombres de buena voluntad.

Diciembre no lo es, aunque se insista en ello en tiendas y en sus anuncios, un “tiempo para dar y regalar”. Diciembre es, al contrario, el tiempo de recibir: de recibir la esperanza en Cristo que regresará con su reino de paz, de recibir a María que toca la puerta de nuestra casa, de recibir a Dios que nace niño para habitar entre nosotros. Navidad es el tiempo en que Dios intenta abrir el corazón de la humanidad para luego llenarlo de divinidad.