Manto de la Virgen María

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El Manto de la Virgen María ha sido, desde siglos, símbolo de protección sagrada y maternal, protección que ella expresa ya en su relación de madre con su divino Hijo, como lo muestra el icono bizantino de la Virgen de la Pasión, venerado en la ciudad de Roma, y conocido en Occidente como Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, icono que presenta, a ambos lados del rostro de la Virgen, a dos ángeles pasionarios en tanto que el Niño Jesús mira con susto la cruz mientras aprieta con sus dos manitas la mano derecha de su Madre al tiempo que una de sus sandalias cae de su pie aunque permanece sostenida discretamente por una correa.

En otros iconos marianos bizantinos, en los conocidos como Virgen Eleousa o Virgen de la Ternura, la Madre y el Hijo se expresan su mutuo amor, mejilla con mejilla mientras parece que el Niño busca refugio en su Madre, que cubierta por un manto parece entrever ya la futura Pasión en tanto que ella lo envuelve en su amor y le brinda su maternal protección.

 

El 16 de julio de 1251, cerca de Cambridge, en Inglaterra, la bienaventurada Virgen María del monte Carmelo se apareció a san Simón Stock, Superior General de los frailes Carmelitas, en respuesta a sus ruegos de protección hacia la Orden, y le entregó el santo Escapulario precisamente como poderoso signo de protección. La devoción a la Virgen del Carmen rápidamente se extendió por toda la cristiandad y el santo Escapulario se convirtió en sacramental. De entre las devociones a la Virgen del Carmen, una en particular se relaciona con su manto, pues es tradición que el 16 de julio de cada año, en las iglesias Carmelitas las imágenes de la Virgen son retiradas de los retablos y altares para acercarlas a los fieles devotos, con su gran manto extendido para que se coloquen debajo a fin de quedar protegidos.

El Manto de la Virgen María es signo de su protección maternal y sagrada, que la cristiandad ha implorado desde siglos con las palabras de esta antigua oración: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!”. Y también,  confiadamente: “Pongo todas mis esperanzas en ti, toda mi salvación. Recíbeme como tu siervo y cúbreme con el manto de tu protección, Madre de misericordia”.

San Ildefonso (607-667), obispo de Toledo, en su tratado De virginitate perpetua Sanctae Mariae, medita: “Te predicaré tanto como debes ser predicada, te amaré tanto como debes ser amada, te alabaré tanto como debes ser alabada, te serviré tanto como debe ser servida tu gloria. Tú, al recibir al único Dios, muestras que eres posterior al Hijo de Dios; Tú, al engendrar a la vez a Dios y al hombre, eres anterior al hombre hijo. Has recibido a Dios como huésped y has tenido en tus entrañas a Dios y al hombre” y agrega: “Después del alumbramiento del Verbo encarnado, después de haber dado a luz al Hijo de Dios hecho hombre, después de alumbrar al hombre en Dios, después del nacimiento del hombre unido a Dios, eres la más santa, Virgen santísima, eres feliz, Virgen bienaventurada, eres la más gloriosa y la más noble, eres la más augusta, Virgen soberana”.

Una antigua tradición refiere que la reliquia fue llevada de Jerusalén a Constantinopla (hoy Estambul, Turquía) a mediados del siglo V por dos hermanos de nombre Galbios y Cándido, quienes peregrinando por Tierra Santa encontraron el Manto en Galilea, en casa de una judía de nombre Ana, quien les informó que la Virgen misma, antes de su Dormición, se lo confió a una de sus dos siervas judías, y que desde entonces había sido conservado, de generación en generación, por una mujer virgen. Astutamente, los hermanos sustituyeron la urna que contenía el Manto por un vacía y se lo llevaron a Constantinopla, donde se depositó en la iglesia de Nuestra Señora de Blachernes que hizo edificar el emperador León III en el año 473.

La iglesia ortodoxa oriental de Constantinopla celebra el 2 de julio de cada año la colocación del Manto de la santísima Madre de Dios en la iglesia de Blachernes, Constantinopla, con la aclamación “Nos has dado, ¡Oh! Dios misericordioso, a tu Madre como protección”.

El sagrado Manto de la Virgen María, elaborado en fina y delicada lana, sin costuras, de una sola pieza, se conserva dentro de un relicario en forma de estuche, conocido como Agia Soros, elaborado en oro y plata y cubierto de piedras preciosas engarzadas.