Tinajas de las Bodas de Caná

User Rating:  / 15
PoorBest 

 

 

El primer milagro obrado por Jesús, a pedido de la Virgen María, fue la transformación del agua en vino, con ocasión de una boda que tuvo lugar en Caná de la Galilea a la que asistieron como invitados, milagro que Jesús obró sobre “seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una” (Jn 2,6), con capacidad de cien litros, conocidas como Hidrias, utilizadas para conservar fría el agua.

En su obra Historia de Cristo, Giovanni Papini asegura que el milagro en las Bodas de Caná fue “una verdadera transmutación obtenida con el poder que Dios tiene sobre la materia, y, al mismo tiempo, una de aquellas parábolas representadas, en vez de referidas, por medio de acontecimientos verdaderos. Para quien no se detiene en lo literal de la narración, el agua convertida en vino es otra figuración de la época nueva, que comienza con el Evangelio. Antes del Anuncio, la vigilia; en el desierto, el agua bastaba; el mundo estaba como abandonado y doliente. Pero ha venido la Buena Nueva: el Reino está próximo; la felicidad, cercana. De la tristeza se está a punto de entrar en la alegría; de la viudez de la antigua Ley se pasa a las nuevas nupcias con la Ley nueva. El Esposo está con nosotros; no es hora del desfallecimiento, sino de alborozo. ¿Recuerdan las palabras del director del banquete al esposo?: -Todos empiezan por poner en la mesa el vino bueno; luego, cuando la gente comienza a embriagarse, ponen el menos bueno; pero tú has reservado el bueno hasta el último momento. Tal era el uso antiguo, el uso de los viejos hebreos y de los paganos. Pero Jesús quiere trastocar también esta vieja costumbre anfitriónica. Los viejos daban primero lo bueno, y luego lo malo; y él, después de lo bueno da lo mejor. El vino agrio e inmaduro, el mosto que se bebe al principio de la comida, es el vino de la antigua Ley, vino agrio y áspero, difícil de beber. El vino que lleva Jesús, más exquisito y generoso, que alegra el corazón y calienta la sangre, es el vino nuevo del Reino, el vino destinado a las bodas del cielo con la tierra, el vino que da esa divina embriaguez que se llamará más tarde la locura de la cruz. Las Bodas de Caná, que san Juan refiere como el primer milagro de Jesús, son una alegoría de la renovación evangélica”.

 

La aldea de Caná o Kefer Kenna, de donde probablemente era oriundo el apóstol san Bartolomé, se localiza en Galilea, a seis kilómetros de Nazaret. En el siglo VI se edificó una iglesia bizantina sobre los vestigios de la casa en la que se celebró la boda del milagro. A principios del siglo XVI, se encontraron los vestigios arqueológicos de la iglesia. En 1879, los frailes Franciscanos, que ya se encontraban presentes en Caná desde tres siglos atrás con una pequeña propiedad, consiguieron rescatar la primigenia iglesia para edificar la actual entre 1880 y 1905, iglesia que forma parte de la Custodia franciscana en Tierra Santa.

El magisterio de la Iglesia identifica y celebra tres epifanías o amplias manifestaciones del Señor: la Adoración de los magos, el Bautismo de Jesús y el milagro en Caná. Por ende, entre los primeros cristianos se extendió la costumbre de llenar tinajas -a las que les llamaban Hidrias de Caná y Tinajas de Epifanía- con el agua que sería utilizada para bautismos y con el agua que se bebería para la celebración del milagro de las Bodas de Caná. Para tal efecto se elaboraban tinajas de diversos materiales, tipos y tamaños para las que se empleaba el mismo nombre genérico. Muchos peregrinos llevaron a Europa estas Hidrias de Caná como recuerdo, pero con los siglos se llegó a pensar que se trataba de las Tinajas en las que Jesús obró el milagro.

De estas hidrias, sin considerar que alguna pudiese ser auténtica reliquia, se encuentran varias en diversos lugares: de Italia, en Pisa, Rávena, Nápoles, Bolonia, Piacenza, Caserta, Venecia y Brindisi; de Rusia, en Moscú; de Bélgica, en Tongres; de Alemania, en Colonia; de Francia, en París, Angers, Cluny, Caorle, Beauvais y Orléans; de España, en La Coruña y en la catedral de Oviedo, donde un inventario refiere: In ipsa autem principali ecclesia habetur una de sex idriis in quipus Dominus aquam verter in vinum o En esta iglesia principal se conserva una de las seis hidrias en la que el Señor transformó el agua en vino, que mide 71 x 62 centímetros, con características del siglo I.