Sandalias del Santísimo Salvador

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San Juan Bautista dijo, refiriéndose al Señor: “No soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias” (Mc 1,7). En su caminar, Jesús parecía no andar; los hombres no pisan la tierra de ese modo, de tan armoniosa manera, con pasos que parecían amarse entre sí. Recorrió valles alfombrados de florecillas, caminó hacia las montañas desde las que habló a la planicie, y a las aguas del mar las convirtió en un sendero sobre el nunca había caminado hombre alguno. Las Sandalias que envolvieron sus pies dan cuenta del camino que recorrió quien a sí mismo se hizo Camino, tal y como él mismo expresó con sus inolvidables palabras: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).


San Juan Crisóstomo (349-407), Padre de la Iglesia, medita en la expresión del Bautista que manifiesta su indignidad con respecto a Jesús y que pone como referencia la correa de sus sandalias: “Juan afirma el poco valor de su propio bautismo y les hace ver que no tiene más finalidad que llevarlos al arrepentimiento (por eso no se llama bautismo de perdón, sino de arrepentimiento); y luego pone el bautismo de Cristo lleno de dones inefables. Como si les dijera: -No porque me oigan decir que viene después de mí, tienen que despreciarle como quien llega el segundo. No, miren la virtud de la dádiva que les hace y verán claramente que nada especial, nada grande he dicho al afirmarles que no soy digno de desatar la correa de su sandalia. Y si les he hablado de que Él es más fuerte que yo, no piensen que trato de hacer una comparación. En realidad, yo no merezco contarme entre sus siervos, ni siquiera entre sus ínfimos esclavos, ni desempeñar la parte más humilde de su servicio. Por eso no habló simplemente de su sandalia, sino de la correa de su sandalia, lo que le parecía el último extremo a que se podía llegar”.


La reliquia de las Sandalias de Jesús consiste en unos fragmentos de las sandalias originales que fueron integradas en el interior de unas finas pantuflas más recientes en el tiempo, del siglo VIII, como lo asegura el documento que da fe de su autenticidad con las palabras Particulae Sandaliis SS Salvatoris o Partículas de las Sandalias del Santísimo Salvador.

 

Este calzado que incorpora las partículas de las originales Sandalias de Jesús, está constituido por dos pantuflas arabescas adornadas en oro y por su par de suelas de cuero decoradas con un árbol de la vida cuyas hojas son de oro.


Esta reliquia se analizó por la ciencia y sus resultados se dieron a conocer en abril de 2011 en Argentuillle, Francia, por el científico genetista Gérard Lucotte, quien informó que se encontraron trozos de cuero y de cordones que, tras un primer análisis químico revelaron la presencia de minerales de silicato, incluidos montmorillonita, feldespato, silicato de magnesio, sulfato de calcio y óxido de hierro característicos de regiones áridas y desérticas, y que un segundo análisis mostró rastros de titanio, un elemento conocido como Tierra Roja en los alrededores de Jerusalén. Los estudios determinaron que las Sandalias son originarias de Jerusalén y procedentes del siglo I, como se publicó en un artículo del historiador Michael Hesemann en Vatikan Magazin en marzo de 2012; y por el genetista Gérard Lucotte en las Actas La Sandale du Christ.


Las Sandalias se veneran dentro de un relicario en la basílica Pontificia del Santísimo Salvador, en Prüm, Alemania, cerca de la frontera con Luxemburgo, basílica que originalmente fue la capilla de una gran abadía benedictina y que hoy es la parroquia de la ciudad.


La reliquia llegó a Prüm, como refiere el historiador Michael Hesemann, gracias a una donación del papa Zacarías (741-752), gran promotor de la evangelización de Alemania, a través de san Bonifacio; y del reino Franco, pues coronó rey a Pipino III El Breve, quien fue padre de Carlomagno, el primer emperador del Sacro Imperio.


En el último año de su pontificado, el papa Zacarías obsequió las Sandalias de Jesús al rey Pipino, quien la confió a los monjes benedictinos de la abadía de Prüm, fundada por su abuela Bertrada La Vieja (660-721), y en cuanto llegó la reliquia, en el año 725, la abadía se convirtió en escuela monástica de altos conocimientos científicos y formadora de la nobleza, y la capilla benedictina pasó a ser la basílica del Santísimo Salvador.


Tras el cierre de la Abadía, en 1794, el interés por la basílica decayó durante el siglo XIX, y ya para el siglo XX el mundo se había olvidado de las Sandalias de Jesús.