Monte de la Transfiguración

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Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan; los llevó a un monte alto, “y se transfiguró delante de ellos” (Mc 9,2). En este milagro de la Transfiguración ocurrió una Teofanía en la que Dios Padre presentó a su Hijo Jesucristo luego de formarse milagrosamente una nube que cubrió con su sombra a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, y de la que vino una voz que les dijo: –“Este es mi Hijo amado”. Luego les hizo saber, tanto a ellos como a nosotros, lo que todo cristiano ha de hacer con respecto a Jesús: “Escúchenle” (Mc 9,7).


San Jerónimo (347-420), Padre de la Iglesia, en una de sus homilías al Evangelio de san Marcos afirma: “Este es mi Hijo: no Moisés ni Elías. Ellos son siervos, este es mi Hijo. Este es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi sustancia. Hijo, que permanece en mí y es totalmente lo que yo soy. Este es mi Hijo amadísimo. También aquellos son ciertamente amados, pero este es amadísimo: a este, por tanto, escúchenle. Aquellos lo anuncian, mas ustedes a este tienen que escuchar. Él es el Señor, Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como ustedes. Él es el Señor, escúchenle” y agrega: “Yo, cuando leo el Evangelio y descubro allí el testimonio de la ley y los profetas pongo mi atención solamente en Cristo, veo a Moisés y veo a los profetas, de manera que los comprendo, en tanto en cuanto hablan de Cristo. Si luce el sol, la luz de la lámpara no se percibe. De este mismo modo, estando Cristo presente, no se perciben a su lado la ley y los profetas. No pretendo minusvalorar la ley y los profetas, al contrario, hago de ellos una alabanza, porque anuncian a Cristo, pero yo leo la ley y los profetas, no para quedarme con ellos, sino para, a través de ellos, llegar a Cristo”.


Aunque en los evangelios no se menciona el nombre del monte en el que tuvo lugar la Transfiguración del Señor, una antigua tradición sitúa el acontecimiento en el monte Tabor, de 400 metros de altura y localizado a 17 kilómetros al oeste del mar de Galilea y al este del Valle de Jezreel.


En el siglo IV, santa Elena, madre del emperador Constantino, hizo edificar una basílica en el sitio, en memoria del acontecimiento de la Transfiguración, como lo confirmaron los peregrinos Anónimo de Piacenza, en el año 570, y Willibaldus, en el año 723, quienes mencionan la presencia de gran número de monjes eremitas y refieren que la basílica estaba constituida por tres iglesias dedicadas a Jesús, a Moisés y a Elías, en memoria de las palabras que allí pronunció san Pedro: “Rabbi, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mc 9,5). Durante la dominación musulmana la vida eremítica fue decayendo tanto, como que para el año 808 de aquella comunidad eremítica sólo quedaron 18 religiosos con su obispo Teófanes. De la primigenia iglesia actualmente sólo queda un pavimento en mosaico, varios capiteles, fragmentos de columnas y una parte del cementerio de los monjes consistente en una pequeña gruta excavada que aun conserva en un muro algunas inscripciones en griego y monogramas con cruces.


A partir del año 1101, durante las Cruzadas y mientras duró el reino latino de Jerusalén, se estableció una comunidad de monjes benedictinos que restauraron el santuario y edificaron ahí una abadía amurallada. En el año 1200, el sultán Malek Al-Adel atacó la abadía y en 1211 la convirtió en fortaleza. En 1263, el sultán Al-Zahir Baibars atacó la fortaleza que los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén estaban construyendo y la hizo derruir junto con la basílica y la abadía.


El monte Tabor quedó desolado hasta que los frailes Franciscanos, Custodios de Tierra Santa, obtuvieron el terreno que les fue donado por el Emir druso Fakhr-al-Din en 1631, y consolidando las ruinas existentes se establecieron en un sencillo convento hasta que a principios del siglo XX pudieron ampliarlo y edificar, sobre los vestigios de las dos primeras iglesias, integrando en lo posible sus vestigios, la actual basílica, de planta de tres naves, proyectada por el arquitecto Antonio Barluzzi y concluida en 1924.


Al término del relato de la Transfiguración, uno de los versículos más bellos del Evangelio nos inspira el anhelo de que también nos suceda lo mismo que a los apóstoles que fueron testigos de la Transfiguración: “De pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos” (Mc 9,8).