Carta de Jesús

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Que Jesús haya escrito una Carta, más que una piadosa leyenda es un hecho histórico documentado por el historiador Eusebio de Cesarea en el tomo I de su Historia Eclesiástica, y es también un valioso testimonio histórico de la existencia de la Sábana Santa, llevada personalmente por el apóstol san Judas Tadeo, desde Jerusalén hasta Edesa, por indicaciones del mismo Jesús. A su vez, ambos documentos demuestran la historicidad de la imagen acheropita (no hecha por mano humana) de la primera y verdadera imagen del Divino Rostro de Nuestro Señor.

Esta Carta, Jesús la escribió en respuesta a otra que le envió el rey Abgar V, quien gobernó del año 4 a. C. al año 7 d. C., y nuevamente del año 13 hasta el 50, sobre el reino de Osroene, que tuvo su capital en Edesa, región de Siria.


La Tradición refiere que Abgar padecía de lepra, y que habiéndose enterado de los milagros obrados por el carpintero de Nazaret, le envió una carta en la que le imploraba que visitara su ciudad para que le concediese el milagro de su curación. Jesús le respondió que no podría acudir, pero que luego de su Ascensión le enviaría a uno de sus discípulos para que se obrara el milagro juntamente con la salvación para él y para todos los suyos.

El texto fiel de la carta del rey Abgar, tal como lo refiere el historiador Eusebio, es el siguiente: “Abgar Ucama Toparca, a Jesús, Salvador bueno que se mostró en la región de Jerusalén, salud: He oído acerca de ti y de tus curaciones, llevadas a cabo por ti mismo como si prescindieras de medicinas y de hierbas, pues según la noticia que corre, haces que los ciegos vean y que los cojos anden, sanas a los leprosos y echas fuera espíritus impuros y demonios, sanas a los atormentados con enfermedades largas y resucitas muertos. Tras oír esto de ti, creo que hay dos opciones: o eres Dios, y habiendo bajado del cielo llevas a cabo estas obras, o puesto que las haces eres el Hijo de Dios. Por esta razón he escrito suplicándote que vengas a mí y me sanes de mi enfermedad. También he sabido que los judíos murmuran contra ti y quieren tu mal. Mi ciudad, aunque pequeña, es responsable, y será suficiente para ambos”.

El texto fiel de la Carta con la que Jesús respondió, tal como lo documenta el historiador, es el siguiente: “Bienaventurado si creíste en mí sin haberme visto, pues de mí está escrito que los que me han visto no crean, para que también los que no me han visto crean y sean salvados. Pero acerca de lo que me escribes que vaya a ti, me es preciso cumplir todo mi cometido aquí, y una vez realizado, sea tomado al que me envió. Mas cuando haya sido tomado te enviaré uno de mis discípulos para que te proporcione salud y vida a ti y a los tuyos”.

Lo que sucedió luego, también referido por Eusebio, es que “después de la Ascensión de Jesús, Tomás envió a Tadeo, uno de los setenta, el cual, habiendo llegado, se hospedó en casa de Tobías hijo de Tobías. Cuando se extendió el rumor acerca de él, se comunicó a Abgar que había ido a aquel lugar un apóstol de Jesús, de acuerdo con lo prometido por carta”. Entonces “Tobías tomó a Tadeo y fue a Abgar. Cuando el apóstol llegó, Abgar le preguntó: –¿Eres tú en verdad el discípulo de Jesús, el Hijo de Dios, que me dijo: ‘Te enviaré uno de mis discípulos, el cual te proporcionará salud y vida’? Y Tadeo dijo: –Porque has creído en gran manera en el que me envió, he sido enviado a ti, y de nuevo, si creyeres en Él, tendrás los ruegos de tu corazón”. Luego le mostró la imagen del Rostro de Cristo plasmada en la Sábana Santa, que llevaba doblada en cuatro partes (por lo que era conocida como Tetradiplón) y, como también refiere Eusebio, le dijo: “Pongo mi mano sobre ti en su nombre. Y al instante de hacerlo, Abgar fue sanado de su enfermedad y de sus sufrimientos”.

Este relato explica la razón del atributo en la iconografía del apóstol san Judas Tadeo, que lo presenta con el Rostro de Cristo en el pecho, refiriendo el momento en que muestra al rey Abgar el precioso lino que en sí mismo luce el misterio del amor del Hijo de Dios por nosotros, y es, a su vez, un relato que alienta a dirigirnos al Señor con la certeza de que atenderá nuestras súplicas.