Sagrada Cuna del Niño Jesús

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“Y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Mt 2,7). En la noche dichosa de Navidad, unos pastores se vieron iluminados por una gran luz que precedió a la aparición de un ángel que les dijo: “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios” (Lc 2,10-13). Luego, los ángeles desaparecieron y los pastores se dirigieron a Belén. Al llegar, vieron al Niño, no en los brazos de su madre, sino en el pesebre, como el ángel les indicó en señal de verdad. Ellos se arrodillaron y adoraron al recién nacido, y su postración, sus miradas y su adoración fueron sus regalos.


En su cristología Jesús de Nazaret, en el tomo III, bajo el título La infancia de Jesús, Benedicto XVI comenta que “El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. Sin embargo, ahora yace en el pesebre quien se ha indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte de este modo en una referencia a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir el pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la que se cumple de manera misteriosa la redención de los hombres”.

 

San Jerónimo (347-420), Padre de la Iglesia, en su Homilía sobre la Natividad, reflexiona sobre que “nosotros, los cristianos de hoy, como tributo de honor cambiamos aquel establo lleno de fango y hemos colocado uno de plata, pero, para mí, es más valioso el que hemos quitado. La plata y el oro se relacionan con el mundo pagano; para la fe cristiana, aquel nacido en este pesebre desprecia el oro y la plata. No desapruebo la acción de aquellos que lo hicieron para rendirle honores, ni realmente la de aquellos que modelaron las vasijas de oro para el templo, por lo contrario, me asombro de que el Señor, creador del mundo, no haya nacido en oro y plata, sino en el fango”.


La reliquia del Pesebre que sirvió de Cuna en la que la Virgen María colocó al Niño Jesús, conocida como Cunabulum, consiste en cinco tiras de madera que unos peregrinos llevaron de Tierra Santa a Roma, donde se venera en la basílica de Santa María la Mayor, la iglesia mariana por excelencia, pues su construcción en el siglo V se vinculó al Concilio de Éfeso del año 431 en el que se proclamó que la Virgen María es Madre de Dios. En el año 432, el papa Sixto III (432-440) hizo que se recreara una Gruta de la Natividad, igual a la de Belén, en el interior de la basílica. En 1288, el papa Nicolás IV encomendó al artista Arnolfo Di Cambio una representación escultórica de la Natividad, que vino a ser el primer Nacimiento escultórico de la historia. El papa Gregorio XI (1370-1378) colocó la reliquia en un tabernáculo. En 1590, la recreación de la Gruta de la Natividad se trasladó junto con el Cunabulum a la capilla del Santísimo Sacramento, edificada por el arquitecto Doménico Fontana a pedido del papa Sixto V. En el siglo XVIII, con ocasión de la restauración de la basílica, el tabernáculo de Gregorio XI se reemplazó por otro que duró pocos años pues se perdió en el saqueo de las tropas napoleónicas durante la ocupación de Roma en 1798. La reliquia se salvó, y gracias a la donación de la embajadora de Portugal, la duquesa María Manuela Pignatelli, se encomendó el actual relicario al artista Giuseppe Valadier.


El relicario consiste en una urna de cristal en forma de cuna, sostenida por cuatro querubines de oro sobre una base de plata. Sobre la urna, el Niño Jesús, de tamaño natural, recostado sobre pajas de plata bendice al mundo con su manita derecha.


La sagrada Cuna del Niño Jesús se venera en el altar del hipogeo ante la escultura marmórea del papa Pío IX que de rodillas adora la reliquia debajo del altar principal de la basílica mariana. Cada año, en la Misa de Gallo, se traslada al frente del altar principal.