Regalos de los Reyes Magos

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Los Reyes le ofrecieron “oro, incienso y mirra” (Mt 2,11). El papa san León Magno (390-461), Padre de la Iglesia, enseña: “Reconozcamos en los Reyes Magos, adoradores de Cristo, las primicias de nuestra vocación y nuestra fe, y con ánimo desbordante de alegría, celebremos el comienzo de nuestra dichosa esperanza. En efecto, hemos empezado a tomar posesión de nuestra herencia eterna; es ahora que se han develado los secretos de las Escrituras que hablan de Cristo y que la verdad, rechazada por los judíos que no la vieron, se difundió con su luz a todos los pueblos. Por lo tanto, veneremos el día santísimo en que se manifestó el autor de nuestra salvación y adoremos en los cielos al Omnipotente que los Reyes Magos adoraron niño en su cuna. Y al igual que ellos ofrecieron al Señor regalos traídos de sus arcas, símbolos místicos, así también nosotros saquemos de nuestros corazones regalos dignos de Dios. Sin duda él es el dador de todo bien; sin embargo, busca el fruto de nuestro trabajo: en efecto, el Reino de los cielos no se le da a quien duerme, sino a aquellos que sufren y observan los mandamientos de Dios”.


San Hilario de Poitiers (310-367), Padre de la Iglesia, afirma en su Comentario a Mateo: “El ofrecimiento de regalos expresó la existencia de Cristo en todo su significado, al reconocer al rey en el oro, a Dios en el incienso, al hombre en la mirra. Y con la veneración de los Reyes Magos se realiza plenamente el conocimiento del misterio: la muerte en el hombre, la resurrección en Dios, el poder de juzgar en el rey”.


Los Regalos de los Reyes Magos, que se conservan dentro de un relicario de oro del siglo IV, en el monasterio de San Pablo, uno de los 20 monasterios ortodoxos que conforman la comunidad monástica del monte Athos, consisten en 28 pequeños discos de oro ornamentados con filigranas, de diversas formas y tamaños, de los que cuelgan mediante hilos de plata 62 pequeños trozos esféricos, unos de incienso y otros de mirra.


La reliquia, que inicialmente formó parte de las reliquias del Santo Palacio de Constantinopla, expuestas allí para su veneración desde el siglo IV, fue donada al monasterio de San Pablo por la princesa Mara Branković (1416-1487) en el año 1470. Ella era hija de Jorge, rey de Serbia, esposa del sultán del Imperio Otomano, Murat II, y madrastra de su sucesor, el sultán Mehmet II, quien al conquistar Constantinopla en 1453 se hizo de todos sus tesoros junto con las reliquias de la cristiandad que allí se conservaban, además de que puso fin al Imperio Bizantino.


La princesa Mara, quien según el bizantinista inglés Donald MacGillivray Nicol, luego de algunos años de residir en el palacio de su padre y de formar parte de la corte, recibió un territorio propio como estado independiente del reino, en Jezevo, un emplazamiento ubicado en la costa occidental de la península del monte Athos. Ella logró rescatar la reliquia cristiana de las manos del conquistador otomano Mehmet II, y la entregó al monasterio ortodoxo de San Pablo, del monte Athos.


En el año 2014 la reliquia de los Regalos de los Reyes Magos salió por primera vez de Grecia, del monasterio en que se resguarda, para ser expuesta a la veneración de los fieles en la catedral de Cristo Salvador, de Moscú, del 6 al 13 de enero y luego en el monasterio Novodévichi de San Petersburgo y en las ciudades de Minsk, en Bielorrusia y Kiev, en Ucrania.


En Moscú, según informó la policía local, las personas que veneraron la reliquia en la catedral superó el número de 51 000 por día. Tuvieron que hacer fila de varios kilómetros a lo largo del Paseo del río Moscova durante diez horas, en promedio, y bajo una temperatura de cero grados centígrados, para tocar o besar por unos cuantos segundos el cofre de las reliquias. Solamente los niños pequeños y los discapacitados pudieron tener acceso a la catedral sin hacer fila, para evitar el frío y la lluvia. Fueron necesarios cientos de voluntarios y médicos para mantener el orden y para atender a los piadosos visitantes.


En una hermosa recreación piadosa, santa Teresa del Niño Jesús se refiere al Niño Dios como El divino pequeño mendigo de Navidad y pide que nuestros regalos para él sean todas nuestras “caricias, alabanzas y ternuras” y nos exhorta: “¡Almas, que el amor les queme, al ver que el Dios inmortal se hace mortal por ustedes! ¡Oh conmovedor misterio! ¡Viene a pedirnos limosna el que es Dios, el Verbo eterno!”.