Huella de Jesús en la Roca de la Ascensión

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Tras la Muerte y Resurrección del Señor, los apóstoles permanecieron en Galilea unas tres semanas y luego se trasladaron a Jerusalén, como él se los pidió, donde se les apareció con frecuencia para enseñarles los misterios del Reino de Dios. Uno de aquellos días, mientras comía con ellos les ordenó que permanecieran en Jerusalén para que fuesen bautizados en el Espíritu Santo, lo que ocurrió el día de Pentecostés. Después los llevó al monte de los Olivos, donde alzando sus manos los bendijo y luego “fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: –Galileos, ¿qué hacen mirando al cielo? Este que les ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le han visto subir al cielo” (Hch 1,9-11).


El Catecismo de la Iglesia Católica indica que “Jesucristo realizó la obra de la redención humana principalmente por el misterio pascual de su pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión” (numeral 1067), y san Agustín (354-430), Padre de la Iglesia, enseña: “Como Dios, Él está en todas partes, mientras que como Hombre, al ascender al Cielo ahora habita allí corporalmente, con el mismo cuerpo que en su vida terrena”.

 

El último episodio de la vida de Jesús en nuestro mundo, su Ascensión a los cielos, ante los testigos que refiere san Lucas, ocurrió en la cima de la colina del monte de los Olivos, a 800 metros de altitud, a un kilómetro de Jerusalén en dirección hacia Betfagé y Betania. En ese preciso lugar se edificó una iglesia en el año 390 a iniciativa de Poemenia, una noble patricia romana que peregrinó de Constantinopla a Tierra Santa, y la llamó en griego Imbomon o En la colina. En el año 670, Arculfo, obispo procedente de las Galias, en su recorrido por Tierra Santa la describió como una iglesia “de planta redonda con tres pórticos en el interior, y una capilla también redonda en el centro, no cerrada con bóvedas o tejado, sino a cielo abierto para evocar a los peregrinos la escena de la Ascensión; en la parte oriental de ese espacio había un altar protegido por una pequeña cubierta, y en medio una roca que gozaba de gran veneración, pues los fieles la consideraban el último punto donde el Señor había puesto sus pies, y reconocían sus huellas impresas en el relieve de la piedra” (Adamnano, de locis sanctis).


Luego de que la primigenia iglesia se viese afectada en el año 614 por la invasión de los persas guiados por Khosro II, emperador sasánida del año 590 al 628, fue reconstruida en el siglo VIII por el monje Modesto, y posteriormente fue remodelada por los Cruzados que edificaron allí un convento de frailes Agustinos. En el siglo XIII, hordas musulmanas derribaron el conjunto conventual, se apoderaron de la iglesia y construyeron una mezquita en la que no hay rezos gracias a la afluencia de peregrinos cristianos.


Un muro edificado por los Cruzados, que aún conserva sus arcos, pilastras y algunas bases de columnas, circunda a la iglesia que en su interior contiene otra capilla, de forma octagonal, que resguarda la Roca de la Ascensión sobre la que nuestro Señor quiso dejar impresa la Huella de su pie derecho en su Ascensión al cielo, roca que es visible desde un hueco en el pavimento enmarcado por cuatro bloques decorativos de mármol.


Debido a que la iglesia y la capilla se encuentran bajo posesión musulmana, no hay celebración de Misas, a excepción del día en que se celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor, gracias a los derechos y privilegios que concedieron las autoridades otomanas a los frailes Franciscanos de la Custodia de Tierra Santa.


Además, cercano al sitio de la Ascensión, se encuentra otra presencia de vida monacal cristiana, en la cima del monte, en el monasterio cristiano ortodoxo de la Ascensión.


Que Jesucristo ascendió a los cielos es dogma de fe que se proclama en el Credo con las palabras “subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre” aunque no por ello ha dejado de estar con nosotros, en nuestro mundo, como asevera san Beda el Venerable, monje benedictino: “El Dios-hombre habita entre nosotros, en nuestros corazones en la tierra, incluso aunque habite con el Padre en el Cielo”; y también tal como lo expresa el Evangelio: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).