Sepulcros de la Virgen María

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En la constitución apostólica Munificentissimus Deus, de 1950, documento con el que se definió el dogma mariano de la Asunción, el papa Pío XII sostiene que la Virgen María fue asunta en cuerpo y alma a la Gloria eterna “terminado el curso de su vida en la tierra”, expresión ésta, terminado el curso de su vida en la tierra, que se refiere expresamente a su muerte. En efecto, tras la muerte de la Virgen María, su cuerpo no conoció la corrupción en el sepulcro, pues fue asunto a los cielos, por su divino Hijo, en un tiempo comprensiblemente breve.

 

Los términos Tránsito y Dormición de la Virgen son expresiones paralelamente empleadas tanto en la Iglesia Católica Romana como en las iglesias cristianas ortodoxas orientales para referirse, no tanto a su inmortalidad como a su incorruptibilidad en el sepulcro, pues ella no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo porque la ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo, como lo explica san Juan Damasceno (676-749), Padre de la Iglesia: “El Rey viene al encuentro de su propia Madre, acogiendo entre las manos divinas y temerosas el alma de María pura e inmaculada. Con estas palabras, ella debió dirigirse a él entonces: –Hijo mío, en tus manos confío mi espíritu. Recibe mi alma amada por ti, que preservaste inmaculada. A ti, no a la tierra, entrego mi cuerpo; guárdalo incólume, porque te complaciste en hacer de él tu morada y naciendo lo conservaste virgen. Llévame a ti, para que donde tú estés, fruto de mis entrañas, pueda yo morar contigo. ¿Y qué sucede? Puedo decir que los elementos se revuelven, se transmutan; se escuchan voces y ruidos portentosos, se escuchan los himnos de los ángeles que anuncian, acompañando y escoltando en procesión a la inmaculada y santísima alma, suben con ella al cielo, conducen a la reina al trono real, los demás circundan el cuerpo divino y sagrado y cantan alabanzas dignas de los ángeles de Dios”.

La misma tradición que afirma que la Virgen María vivió en Éfeso, sustentada por vestigios arqueológicos y por las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick, también sostiene que allí murió y que, por ende, allí estuvo el sepulcro que para ella fue preparado; pero otra tradición, con mayor firmeza en su historicidad, asegura que su sepulcro se encuentra en Jerusalén, como lo confirman el obispo Juvenal, que en el año 451 dio testimonio sobre la presencia del sepulcro en la Ciudad Santa; un protonotario de Éfeso, de nombre Perdicas, que en el siglo XIII describe haber visto “la gloriosa tumba de la Virgen en Getsemaní”; y la edificación, en el siglo IV, de la basílica de la Asunción.

San Juan Damasceno, quien en su sermón Dormitione Deiparae o Dormición de la Paridora de Dios, describe cómo fue el glorioso tránsito de la Virgen, también sitúa su sepulcro en Getsemaní: “Por una antigua tradición, ha llegado hasta nosotros la noticia de que al tiempo de su glorioso tránsito todos los santos Apóstoles que andaban por el mundo trabajando para la salvación de las almas, se reunieron al punto, llevados milagrosamente a Jerusalén. Estando pues, allí, gozaron de una visión angélica, oyeron un celestial concierto, y de este modo vieron entregada en manos de Dios su ánima santa, henchida de soberana gloria. Su cuerpo, que había recibido a Dios de una manera inefable, fue enterrado en un nicho allí en Getsemaní, mezclándose en el entierro los himnos de los Apóstoles con las armonías de celestes coros. Durante tres días se oyeron allí cantos angélicos que cesaron al cabo del tercer día. Llegando entonces el Apóstol santo Tomás, único que faltaba, y deseando venerar aquel cuerpo que había tenido a Dios encarnado, abrieron el túmulo, mas ya no encontraron allí el sagrado cuerpo, sino solamente aquellos objetos con que había sido sepultada, los cuales despedían suavísima, fragancia; en vista de esto volvieron a cerrar el modesto túmulo. Asombrados en presencia de este misterioso milagro, no pudieron menos de pensar en Aquel a quien plugo encarnarse en las entrañas de la Virgen María para hacerse hombre y nacer como tal, siendo Dios, el Verbo y Señor de la gloria, y que preservó incólume su virginidad a pesar del parto, quiso también honrar su Cuerpo inmaculado en seguida de su muerte, conservándolo sin corrupción alguna y concediéndole el que fuese trasladado al cielo antes de la general resurrección del género humano”.