Descubrimiento de América y conquista de México

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Que los Vikingos llegaron a América antes que Cristóbal Colón, es del todo cierto. En efecto, procedentes de Escandinavia, llegaron en incursiones comprobadas gracias al descubrimiento de vestigios de un asentamiento vikingo en L'Anse aux Meadows, isla de Terranova, al norte de Canadá; al vestigio de un crisol para fundir bronce, hallado en la isla de Baffin, al noroeste de Canadá, idéntico a los crisoles hallados en Noruega; y a las cuatro regiones al norte del continente americano a las que los Vikingos les llamaron Groenland o Tierra Verde, Helluland o Tierra de Arroyos, Markland  o Tierra de Bosques y Vinland o Tierra de Viñedos.

Que a América llegaron los Caballeros de la Orden del Temple, antes que Colón, y que explotaron las minas de plata para aumentar su riqueza y llevarla a Francia, es del todo improbable, pues de los Templarios, que se destacaron por sus grandiosas edificaciones de fortalezas y de catedrales góticas, no se ha hallado en América un sólo vestigio de construcción alguna erigida por ellos y que, por ende, pudiese demostrar su supuesta presencia en América.


Cristóbal Colón, a quien se le reconoce haber sido el Descubridor de América, nunca estuvo en México, en ninguno de sus cuatro viajes al nuevo continente, pues en su primera travesía, de la que zarpó del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, llegó a las Bahamas el 12 de octubre y luego a las islas La Española (Santo Domingo) y Cuba, de donde regresó a Andalucía el 15 de marzo de 1493; en el segundo viaje partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, llegó a la isla Guadalupe (Antillas del mar Caribe) el 4 de noviembre, descubrió y exploró Puerto Rico y Jamaica, y regresó a Cádiz el 11 de junio de 1496; en el tercero zarpó el 30 de mayo de 1498 de Sanlúcar de Barrameda, llegó a la isla Trinidad el 31 de julio, exploró la costa de Venezuela, y volvió a Cádiz el 25 de noviembre de 1500; y en su cuarto viaje, salió de Sevilla el 3 de abril de 1502, llegó a La Española el 29 de junio, el 17 de julio desembarcó en la actual Honduras, y regresó a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre.

 

Hernán Cortés, conquistador de la Nueva España, como él mismo llamó a este territorio, se embarcó hacia América en 1511 para conquistar Cuba bajo las órdenes de Diego Velázquez, de donde luego zarpó en febrero de 1519 para llegar a Cozumel; después a Tabasco, el 14 de marzo, donde el 25 de marzo fundó la villa de Santa María de la Victoria, en la que fray Bartolomé de Olmedo y su capellán, Juan Díaz, celebraron la primera Misa en Nueva España y una de las primeras en América; y en abril, a Veracruz, como también él mismo le llamó, con un contingente de 450 militares, para luego llegar a Tlaxcala, tomar Cholula, y de allí a Tenochtitlan, el 8 de noviembre de 1519, con 300 españoles y 3,000 tlaxcaltecas con quienes sitió la gran ciudad hasta que los mexicas se rindieron el 13 de agosto de 1521.

Durante el sitio de ochenta días a Tenochtitlan, según informa el conquistador, murieron por combate 67,000 mexicas, y 50,000 por hambre, aunque otras crónicas estiman las muertes en el doble. Tras la caída, los siguientes tres días se suscitó un éxodo de mexicas que abandonaron su ciudad para evitar morir masacrados por los cerca de 200,000 indígenas aliados de Cortés, que con desproporcionada crueldad se dieron al saqueo de la ciudad, no obstante su rendición, cosa que no era habitual en guerras europeas, pero continuaron la batalla, asesinaron a la nobleza y masacraron a millares hasta que solamente sobrevivieron niños, como refieren Francisco López de Gómara y Bernal Díaz del Castillo en sus crónicas.

Tras el horror de la masacre perpetrada en Tenochitlan por los indígenas, horrorizado Cortés por tan desproporcionada crueldad, solicitó a la Corona española la urgencia de que enviase “personas religiosas de buena vida y ejemplo”, como refiere su cuarta Carta de Relación al emperador Carlos V, del 15 de octubre de 1524, en la que le recordaba: “he enviado a suplicar a vuestra majestad, mandase proveer de personas religiosas de buena vida y ejemplo” y específicamente solicitó religiosos franciscanos “de buena y santa vida” con la esperanza de que pudiesen provocar buenos “frutos en toda la Nueva España”.

La elección de los evangelizadores recayó en los frailes franciscanos por autoridad del papa Alejandro VI, quien ordenó que debían ser “hombres preparados y temerosos de Dios”.