Una Flor del Cielo

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Me encontraba hace unos 25 años visitando al Padre Juan Vega, fraile Carmelita Descalzo, en el convento de San Ángel, cuando en su celda vi, en un portarretrato, la fotografía de una chica muy bonita. Pensé que se trataba de algún familiar y le pregunté acerca de ella. Él me dijo: -¿Cómo…? ¿No la conoces…? es Santa Teresita, santa Teresa del Niño Jesús; dile a ella que no la conoces, pídele que la quieres conocer, y ya verás… Y así lo hice: -Santa Teresita, no te conozco, te quiero conocer.

La respuesta llegó rápidamente y no ha dejado de ser un acontecimiento extraordinario. De todas partes comenzaron a llegar a mí fotografías de ella, estampas, libros y escritos acerca de su vida y espiritualidad, y por supuesto, de inmediato, “Historia de un alma”, la autobiografía que ella escribió. También me llegaban rosas de todos colores procedentes de todas partes, que hasta en la calle me entregaban. Luego supe que ella prometió que tras su muerte haría caer una lluvia de rosas sobre el mundo, y que es una manera muy particular que tiene para manifestar su presencia y cercanía. Y esto era apenas el principio, pues al cabo de unos meses me encontraba yo en la ciudad de Roma, el 19 de octubre de 1997 para transmitir por radio su proclamación como Doctora de la Iglesia por parte del papa santo Juan Pablo II.


No podría narrar aquí todos los favores, milagros y gracias que a mi vida han llegado por intercesión de esta santa maravillosa que quiso hacerse mi amiga sin mérito mío. No podría narrarlos porque son millares, y son constantes, y no encuentran final. Alguien me dijo que no es uno mismo quien elige tenerle devoción a un santo, sino que es el santo el que lo elige a uno. Pues en esta relación de amorosa amistad que mantenemos santa Teresita y yo, aunque no encuentro mérito en mí, me hace dichoso saber que ella me ha buscado y que así da cumplimiento a esa otra promesa que hizo poco antes de volver de esta vida al Padre: “Pasaré mi cielo haciendo el bien en la tierra”.


Sé que puede parecer increíble esto que estoy narrando, pero precisamente, por increíble, sólo encuentra su explicación en que la respuesta que ha dado santa Teresita a mi deseo de conocerla no procede de este mundo, sino del cielo. Y más increíble podría parecer que en el año 2000 me llamó el obispo Abelardo Alvarado Alcántara, Secretario General, entonces, de la Conferencia del Episcopado Mexicano, para decirme que los obispos de Francia habían ofrecido a los obispos de México que los restos-reliquia de Santa Teresa de Lisieux estuviesen recorriendo México del 17 de enero al 30 de marzo de 2001. Monseñor Alvarado me dijo: -Tú la quieres mucho, ¿verdad…? Yo le respondí: -Más de lo que usted se imagina. Y él agregó: -Hazte cargo de coordinar esta visita providencial. Se me mojaron los ojos, y en unos meses más ya estaba yo en el aeropuerto de la ciudad de México recibiendo esa hermosísima urna que llegaba en un vuelo procedente de París bien embalada y protegida. En un momento ya estaba sobre mis hombros.


Ese peregrinar de dos meses y medio de los restos-reliquia de Santa Teresa del Niño Jesús, desde Tijuana hasta Mérida, al que se le llamó “Una Flor del Cielo visita nuestra tierra”, fue un acontecimiento de gracia. Nunca he visto tantas rosas juntas, millares, millones de rosas en cada sitio al que llegaban sus reliquias, en iglesias y conventos, en calles y plazas, y en los recorridos por carretera y en aviones. Vi conversiones y fui testigo de sanaciones, curaciones y muchos milagros que, documentados, fueron entregados en Lisieux junto con una extensa memoria fotográfica de todo el peregrinaje.

Al llevarla de regreso a Francia, pues no era justo enviarla sola, en reunión con la comunidad de monjas del convento de Lisieux, sus hermanas de hábito, narrando con emoción lo sucedido en México, me percaté de que en breve nos separaríamos y me cubrió la nostalgia, pero la Madre Superiora interrumpió mis emociones al levantarse del sillón para luego volver con unas reliquias que me entregó; un pedacito del hábito y un trocito de carne de santa Teresita, y me dijo: -Para que siempre estén juntos.

Todos los días le agradezco a santa Teresa del Niño Jesús su compañía, le pido que camine conmigo y que me obtenga del Cielo lo que ella sabe que necesito; y todo esto ha sucedido en respuesta a que un día le dije: -Teresita, te quiero conocer.