Cuaresma, prólogo de una fiesta

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Con el Miércoles de Ceniza da inicio la Cuaresma, un tiempo en el que hemos de desear, buscar y obtener la Conversión a fin de llegar más allá de donde ahora nos encontramos, pues Dios mismo así lo quiere: “Arrepiéntanse, pues, conviértanse, para que sus pecados sean borrados” (Hch 3,19) porque Dios no desea la muerte del pecador, sino su conversión: “Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado cambie de conducta y viva. Conviértanse, conviértanse de su mala conducta y vivan” (Ez 33,11).

Alcanzar la conversión provoca gozo en Dios, y así lo expresó Jesús: “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7), pero la conversión no se alcanza por uno mismo, se necesita de Dios: “Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6,44), y para ello, se requiere de una condición: “Vuélvanse a mí y yo me volveré a ustedes” (Ml 3,7) con la certeza de que si hay conversión, hay perdón: “Que se convierta cada uno de su mal camino, y entonces yo perdonaría su culpa y su pecado” (Jr 36,3).


La Cuaresma es también un tiempo ideal para acercarse al sacramento de la penitencia, a fin de reconciliarnos, pues Dios nos asegura: “Hijo, ¿has pecado? No lo vuelvas a hacer, y pide perdón por tus pecados anteriores” (Si 21,1), con la certeza de que habiendo arrepentimiento, Dios perdona toda culpa, como expresa el salmo 51: “Tenme piedad, Oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame”, pues su misericordia no conoce límites: “¡Qué grande es la misericordia del Señor, y su perdón para los que a él se convierten!” (Si 17,29). En cambio, sin conversión no hay salvación: “si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3).

 

La conversión debe repercutir en acciones concretas porque no es únicamente un alivio, sino que implica un cambio de vida: “lávense, límpiense, quiten sus fechorías de delante de mi vista, desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo justo” (Is 1,16-17), también implica contrición, humildad y la decisión de eliminar la maldad del corazón porque el premio de la conversión es encontrar a Dios: “Desde allí buscarás a Yahvé tu Dios; y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma” (Dt 4,29) y encontraremos también la dicha: “Él escuchará cuando le invoques, y podrás cumplir tus votos. Todo lo que emprendas saldrá bien, y por tus caminos brillará la luz. Porque Él abate el orgullo de los grandes, y salva al que baja los ojos. Él libra al inocente; si tus manos son puras” (Jb 22,27).
 

La Cuaresma es también un tiempo providencial para invitar a otras personas a buscar y experimentar la conversión, una acción por parte nuestra que no queda inadvertida a la mirada de Dios: “Si alguno de ustedes, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro lo convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados” (St 5,19).
 

En la Cuaresma, la parábola del hijo pródigo y del padre providente narra admirablemente la conversión, sus frutos y la respuesta del amor de Dios, que siempre es de acogida y de amor: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré: -Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: -Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: -Traigan aprisa el mejor vestido y vístanle, pónganle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traigan el novillo cebado, mátenlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta” (Lc 15,18-24).
 

Una alegre fiesta nos espera si en la Cuaresma alcanzamos la conversión para volver al Señor, y así, la Cuaresma es apenas el prólogo de la fiesta que nos ha preparado Dios.