Lavatorio de pies

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Ese gesto que tuvo Jesús en el curso de la Última Cena hacia sus apóstoles, en un acto que era reservado a sirvientes y esclavos que lavaban los pies de su señor al regresar de viaje a casa, ese gesto fue más allá de un lavado de pies.


En su Historia de Cristo, Giovanni Papini razona que “únicamente una madre o un esclavo hubiera podido hacer lo que Jesús hizo aquella noche. La madre a sus hijos pequeños y a nadie más. El esclavo a sus dueños y a nadie más. La madre, contenta, por amor. El esclavo, resignado, por obediencia. Pero los Doce no son ni hijos ni amos de Jesús”.


El Señor les había enseñado a sus discípulos que todo cristiano debe vivir para servir a su prójimo, enseñanza que, como ellos no lograban comprender del todo, Jesús quiso llevar de las palabras a la acción dejándonos esa muestra de la indispensable humildad que se requiere para servir al prójimo, y explicó el significado de su acción: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes. En verdad, en verdad les digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que envía” (Jn 13, 12-16). Además, el Señor elevó a categoría de ofrenda todo servicio en favor del prójimo: “En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25,40).


San Cirilona, Padre de la Iglesia, reflexiona en aquella acción del Señor, que trasciende en el servicio de la predicación del Evangelio: “Con ese gesto de superior nobleza todo estaba dicho, y en los años por venir los discípulos lo entenderían, como si el Señor les hubiese dicho: “Miren, discípulos míos, los he servido y esta es la obra que les mando. Vean, los he lavado y limpiado; apresúrense ahora felices como herederos que son de mi Iglesia. Caminen sin temor sobre los demonios y no se espanten al caminar sobre la cabeza de la serpiente. ¡Caminen sin miedo y anuncien mi Palabra en las ciudades! ¡Siembren el Evangelio en todo país e infundan amor en el corazón de los hombres! ¡Anuncien mi Evangelio a reyes y den testimonio de mi fe ante los jueces! Vean, yo que soy su Dios, me rebajé y les serví para prepararles una pascua perfecta para que se alegre el rostro de la humanidad entera”.


Así fue, luego de hacerse de una jofaina Jesús se arrodilló ante cada uno de los suyos y en ellos hizo realidad lo que tantas veces les había enseñado: “El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea esclavo de todos; que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 43-45). Pero también hemos de ver que quiso purificarlos antes de comer su Cuerpo y beber su Sangre en la Eucaristía, como lo intuyó San Cromacio, obispo de Aquileya y Padre de la Iglesia, y que bien explica en una de sus elocuentes reflexiones: “El Señor se quitó el manto y se ató a la cintura un paño; vertió agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a sus discípulos y los secó con el paño que llevaba en la cintura. No se menciona sin motivo que el Señor se quite el manto y lave los pies de sus discípulos. En ningún otro momento fueron lavados los pies de nuestras almas y purificados los pasos de nuestro espíritu”.


En efecto, nadie, nunca antes tuvo en el mundo el poder de lavar las culpas y de purificar los pecados, hasta que el Señor vino del cielo a la tierra; y aunque la liturgia le llame Lavatorio de pies a este ritual que tiene lugar al término de la homilía en la Misa vespertina de la Cena del Señor el Jueves Santo, bien haríamos en tener la atención puesta en encontrar a un confesor que nos absuelva, por el poder que Cristo le confirió, de nuestras culpas, y luego de haber sido debidamente purificados en el sacramento de la Reconciliación, entonces sí acercaros al altar para recibir el Cuerpo de Jesús en la Cena del Señor.