No sea lo que yo quiero

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Created on Wednesday, 20 April 2011 17:39
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En un Jueves Santo, del año 30, Jesús instituyó la Eucaristía como una forma extraordinaria para quedarse físicamente en el mundo. Es una de las tantas maneras en que cada día cumple su promesa de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Esto sucedió durante la última cena, durante la que, al comenzar, anunció la traición de uno de sus amigos: “mientras comían recostados, Jesús dijo: -Yo les aseguro que uno de ustedes me entregará, el que come conmigo- Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: -¿Acaso soy yo?- Él les dijo: -Uno de los Doce que moja conmigo en el mismo plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!” (Mc 14, 20-21). En efecto, ¡pobre Judas... quiso imponer su voluntad por sobre la del Señor! Luego Jesús mostró qué hacer para que todos los días ocurra el milagro de la transubstanciación: “mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: -Tomen, este es mi cuerpo- Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: -Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos-” (Mc 14, 22-24).


Al salir del cenáculo Jesús dialogó intensamente con el Padre de los cielos; allí se manifestaron, a un mismo tiempo, lo divino y lo humano. El Padre le pedía a Jesús la entrega total, hasta dar la vida… Jesús buscaba una alternativa. La Escritura narra así ese momento: “Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: -Siéntense aquí, mientras yo hago oración- Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: -Mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen- Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: -¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú-” (Mc 14, 32-37). Así logró Jesús hacer cumplir la voluntad de Dios, entregándose a la muerte en un acto que va más allá de la voluntad, en un acto que es fruto del amor.

Fue en esos momentos de pavor y angustia, de una tristeza mortal, que llegó Judas Iscariote, su mejor amigo, acompañado por grupo de sicarios enviado por el Sumo Sacerdote y por los escribas. Lo señaló con un beso, lo apresaron y lo condujeron a vivir una triste representación escénica: “Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y se reúnen todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. También Pedro le siguió de lejos, hasta dentro del palacio del Sumo Sacerdote, y estaba sentado con los criados, calentándose al fuego. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte; pero no lo encontraban. Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían” (Mc 14, 53-56). Luego vino la representación de la farsa protagonizada por el actor principal: “El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: -¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?- Todos juzgaron que era reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras le decían: -Adivina-, y los criados le recibieron a golpes” (Mc 14, 63-65). Esa noche fue testigo de una brutal golpiza; esa noche vio cómo el mal se abalanzó contra el Bien.

Mientras el Señor era golpeado, bajo pretextos calumniosos, afuera, en el patio, Pedro negaba conocerlo: “se puso a echar imprecaciones y a jurar: -¡Yo no conozco a ese hombre de quien hablan!- Inmediatamente cantó un gallo por segunda vez. Y Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: -Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.- Y rompió a llorar” (Mc 14, 71-72).

Judas lo engañó, Pedro negó conocerlo, los que dijeron amarle lo abandonaron, otros lo calumniaron, le escupieron, lo abofetearon. Él no quería que todo eso sucediese, lo había dicho de manera clara: “-¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa-”; pero luego agregó: “no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú-” dando cumplimiento, así, al plan divino de salvación. Pero todavía estaba por venir lo más duro: la flagelación con flagrum, la crucifixión, la desnudez, la asfixia, todavía le faltaba conocer la muerte…