Lanzando un fuerte grito, expiró

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En un Viernes Santo, del año 30, Jesús murió en la cruz en un acto consentido, que no deseado, por la misericordia de Dios, que así respondía con amor a la necedad humana.

Luego de escenificar un juicio, la autoridad judía lo llevó ante el Prétor romano para que él avalara, con su sentencia, el anhelo apremiante que ellos tenían de matarlo: “Pronto, al amanecer, prepararon una reunión los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín y, después de haber atado a Jesús, le llevaron y le entregaron a Pilato. Pilato le preguntaba: -¿Eres tú el Rey de los judíos?- Él le respondió: -Sí, tú lo dices- Los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Pilato volvió a preguntarle: ¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan- Pero Jesús no respondió ya nada, de suerte que Pilato estaba sorprendido. Cada Fiesta les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato. Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder. Pilato les contestó: -¿Quieren que les suelte al Rey de los judíos?- (Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia.) Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que les soltase más bien a Barrabás. Pero Pilato les decía otra vez: -Y ¿qué voy a hacer con el que llaman el Rey de los judíos?- La gente volvió a gritar: -¡Crucifícale!- Pilato les decía: -Pero ¿qué mal ha hecho?- Pero ellos gritaron con más fuerza: -Crucifícale!- Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado” (Mc 15, 1-15). Así manosearon el Derecho romano, acomodaron la justicia a su modo y le arrancaron al gobernador plenipotenciario una ejecución que les permitiese asegurar al Pueblo que Jesús no podía ser el Mesías.


El Derecho romano sólo contemplaba la crucifixión como ejecución de la sentencia, pero la soldadesca, complacida por tener ante ellos a quien había sido presentado como instigador y sedicioso, se ensañaron con Jesús: “Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: «¡Salve, Rey de los judíos!» Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarle” (Mc 15, 16-20).

En el camino hacia su muerte, Jesús conoció a un hombre que se encontró con su destino; en un camino que le fue suficiente para sentirse acariciado por la mirada agradecida del Señor: “Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario. Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó. Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando le crucificaron” (Mc 15, 21-22). Hasta nuestros días, todos aquellos que ayuda a quienes la vida les resulta difícultosa de soportar, por variadas vicisitudes, para el Señor no dejan de ser modernos cirineos que ayudan a soportar el peso del sufrimiento.

Las Escrituras narran el desenlace de la entrega plena del amor de Dios, aun entre el desdén de muchos: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: -Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?, que quiere decir -¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?- Al oír esto algunos de los presentes decían: -Mira, llama a Elías- Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo -Dejen, vamos a ver si viene Elías a descolgarle- Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: -Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios-” (Mc. 15, 33-39).

Pero allí no terminaba todo, aun estaba pendiente el rescate de su propia muerte. El Padre eterno no permitiría que el Salvador quedase muerto; tenía que rescatarlo porque a todos nos conviene que resucitara…