Lo descolgó de la cruz

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Created on Friday, 22 April 2011 13:24
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Jesús había muerto con los brazos abiertos, clavado de sus manos y pies a la cruz, el instrumento que aseguraba una larga agonía para el crucificado y una severa lección para los testigos de su muerte. Los romanos conocieron la crucifixión durante su incursión a Persia, de donde la hicieron suya para ejecutar a rebeldes que, en las provincias conquistadas por Roma para el imperio, se negaban a pagar el tributo debido al César.

Jesús no era rebelde al tributo; no lo veía más allá de una obligación impuesta que debía observarse para conservar la vida, pero había sido acusado como tal ante el Pretor Poncio Pilato a fin de arrancarle una crucifixión condenatoria que eximiese a la autoridad judía de su propia conspiración contra Jesús.

Al momento en que Jesús murió “había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Josét, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15, 40-41). Estas mujeres ignoraban que más tarde serían las recipendarias de la mejor noticia para la humanidad.


En una sigilosa y callada presencia estaba también allí, acompañando al Señor en su agonía, un hombre viejo, aunque arrojado y valeroso, que habiendo derrotado al temor de perder su prestigio, su trabajo y hasta su propia vida, no tuvo medida en demostrar su amor por él, y en cuanto vio llegar el momento, concretó una idea que había ido creciendo en su corazón mientras se alargaba la agonía del Señor. Este hombre es un santo, que no suele recibir veladoras, pero es un santo. Este es el relato breve con el que las Escrituras nos hablan de él: “Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extraño Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo. Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Josét se fijaban dónde era puesto” (Mc 15, 42-47).

La acción de José de Arimatea se ha convertido en un testimonio valiente del coraje que mueve a reconocer a Jesús aún en momentos adversos. En San José de Arimatea nos encontramos con el primer Testimonio de fidelidad a Cristo, con el primer hombre que lo recibió después de su muerte, con el discípulo fiel que se atrevió descolgar al Salvador colgado por los infieles en la cruz, y con el innegable dueño de las dos reliquias más importantes de la cristiandad: el Santo Sepulcro y la Sábana Santa.

Una vez que transcurrió la tarde de aquel viernes, y el día siguiente, “pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: -¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?- Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: -No se asusten. Buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Vean el lugar donde le pusieron. Pero vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán, como les dijo- Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo...” (Mc 16, 1-8). Ellas no dijeron nada en ese momento, pero luego fueron a difundir la noticia a todos los que conocían a Jesús.

Por el arrojo de aquellas mujeres ante el sepulcro, y por su vehemencia para comunicar el acontecimiento, se convirtieron en las primeras comunicadoras de esta alegría, aunque luego experimentaran la tristeza de ver que no les creían. Faltaba, entonces, el testimonio vivo que confirmara la noticia; así que Jesús se mostró a los demás, en varias apariciones, victorioso de la muerte y resucitado…