¿Dios destruiría el mundo?

User Rating:  / 0
PoorBest 

 

Sé que Dios no castiga porque sé que el Dios de Jesucristo es un papá que nos espera de regreso a la casa con los brazos abiertos dispuestos a abrazar al hijo a quien mucho ama.


No me gusta que a los niños se les diga que si se portan mal “los va a castigar Dios”, ni que a quien que cruza por momentos de sufrimiento se le diga que eso “es el justo castigo de Dios a sus acciones pasadas”. Primero me parece que decir eso es como la actitud farisaica que con piedras en las manos se aprestan a lanzarlas sobre una mujer que obró mal, como si ellos fuesen mejores que ella; y luego me disgusta que a dos mil años de cristianismo se siga presentando a Dios-Padre como un dios castigador.




Me gusta leer en la Escritura los diálogos entre Dios y su profeta Moisés porque veo cómo el profeta se desespera al constatar que Israel es un pueblo infiel, en tanto que Dios convierte esos corajes de Moisés en súplicas de intercesión hacia su mismo Pueblo. Disfruto leer cómo Moisés, encorajinado, rompe las tablas de la Ley cuando es testigo de la infidelidad de los israelitas que adoran a un becerro de oro y cómo Dios le pide que vaya, recoja los pedazos y vuelva a predicarle al Pueblo. ¡Guauuu!


Por lo anterior, he disfrutado mucho las palabras de Benedicto XVI cuando el pasado miércoles primero de junio dedicó el tema de la audiencia general a la figura de Moisés y dijo que “desempeñó su función de mediador entre Dios e Israel haciéndose portador de las palabras y los mandamientos divinos para su pueblo, llevándolo a la libertad de la Tierra Prometida, pero sobre todo rezando”. También dijo que Moisés se comporta como intercesor especialmente cuando el pueblo pide a Aarón que construya el becerro de oro, mientras espera al profeta que ha subido al monte Sinaí para recibir las Tablas de la Ley. “Cansado de seguir un camino con un Dios invisible ahora que Moisés, el mediador, también se ha ido, el pueblo exige una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de Aarón un dios accesible, manejable al alcance del ser humano. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible que corresponda a nuestros esquemas y proyectos”.


Ante la comprobada infidelidad, Dios pidió a Moisés que le dejara destruir a ese pueblo rebelde, pero sólo para provocar que el profeta “intervenga y le pida que no lo haga. Si Dios destruyese a su pueblo, ese hecho podría interpretarse como el signo de una incapacidad divina para cumplir el proyecto de salvación y Dios no puede permitirlo: Él es el Señor bueno que salva, el garante de la vida, es el Dios de la misericordia y el perdón, de liberación del pecado que mata. Moisés experimentó concretamente la salvación que procede de Dios, fue enviado como mediador de la liberación divina, y ahora con su oración, se hace intérprete de una doble inquietud, preocupado por la suerte de su pueblo, pero preocupado también por el honor que se debe al Señor, por la verdad de su nombre. El amor de los hermanos, y el amor de Dios se compenetran en la oración de intercesión y son inseparables. Moisés, el intercesor, es el hombre entre dos amores, que en la oración se superponen en un solo deseo de bien”.


El Santo Padre hizo ver que “el intercesor no pide excusas por el pecado de sus gentes, ni enumera los presuntos méritos del pueblo, ni los suyos. Se apela a la generosidad de Dios, un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar a los que se han alejado. Moisés pide a Dios que se muestre aún más fuerte que el pecado y la muerte, y con su oración da lugar a esta revelación divina” y agregó que “los Padres de la Iglesia han visto en Moisés que está en la cima del monte, cara a cara con Dios y se hace intercesor de su pueblo, una prefiguración de Cristo, que en la alta cima de la Cruz está realmente ante Dios, no solo como amigo, sino como Hijo. Su intercesión no es solo solidaridad, sino identificación con nosotros.


El Papa terminó su catequesis con una invitación a que hoy meditemos en esta realidad: “Cristo está frente a Dios y reza por nosotros, se identifica con nosotros. Desde la alta cima de la Cruz no trajo nuevas leyes y tablas de piedra, sino a sí mismo como Alianza”.