Pastores de Su rebaño

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Cada 29 de junio la ciudad de Roma suspende toda actividad, se cierran oficinas, escuelas, comercios, museos y hasta restaurantes; las calles lucen tranquilas y los turistas no encuentran qué hacer, pero, en contraste, las iglesias son visitadas por un mar de gente, un mar que ofrece a quien quiera hundirse en él, celebrar la Solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

 

Esta fiesta de la iglesia católica, y de las iglesias orientales, se celebra en todo el mundo, pero en la ciudad Eterna es significativa porque, como hiciera notar Benedicto XVI en la homilía de la Misa con motivo de esta misma celebración, del año 2008, “se podría decir que hoy la Iglesia de Roma celebra el día de su nacimiento, ya que los dos apóstoles pusieron sus cimientos”, luego explicó que “en Roma, desde los primeros siglos, el vínculo que une a san Pedro y san Pablo en la misión asumió un significado muy específico. Como la mítica pareja de hermanos Rómulo y Remo, a los que se remontaba el nacimiento de Roma, así san Pedro y san Pablo fueron considerados los fundadores de la Iglesia de Roma” y enfatizó que “desde el inicio, la tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo”.

 

Ahora, en el año 2011, el Papa ha presidido estas celebraciones en el marco de su LX aniversario de ordenación sacerdotal, y evidentemente tocado en las emociones de ver cumplidos 60 años de servicio consagrado al Señor, durante la homilía presentó la pregunta: “Ahora, sin embargo, debemos preguntarnos: ¿Qué clase de fruto es el que espera el Señor de nosotros?” para luego él mismo responder: “El vino es imagen del amor: éste es el verdadero fruto que permanece, el que Dios quiere de nosotros”.

 

Es tradición que en la solemnidad de san Pedro y san Pablo el Papa imponga los palios a los arzobispos que fueron por él nombrados a lo largo del año. Pero, ¿qué son los palios? Durante la homilía, el Santo Padre lo explicó, en un texto breve pero valiosísimo, de esta manera: “A los Arzobispos Metropolitanos nombrados desde la última Fiesta de los grandes Apóstoles, les será impuesto ahora el palio. ¿Qué significa? Nos puede recordar ante todo el suave yugo de Cristo que se nos pone sobre los hombros. El yugo de Cristo es idéntico a su amistad. Es un yugo de amistad y, por tanto, un yugo suave, pero precisamente por eso es también un yugo que exige y que plasma. Es el yugo de su voluntad, que es una voluntad de verdad y amor. Así, es también para nosotros sobre todo el yugo de introducir a otros en la amistad con Cristo y de estar a disposición de los demás, de cuidar de ellos como Pastores. Con esto hemos llegado a un nuevo significado del palio: está tejido con la lana de corderos que son bendecidos en la fiesta de santa Inés. Nos recuerda de este modo al Pastor que se ha convertido Él mismo en cordero por amor nuestro. Nos recuerda a Cristo que se ha encaminado por las montañas y los desiertos en los que su cordero, la humanidad, se había extraviado. Nos recuerda a Él, que ha tomado el cordero, la humanidad -a mí- sobre sus hombros, para llevarme de nuevo a casa. De este modo, nos recuerda que, como Pastores a su servicio, también nosotros hemos de llevar a los otros, cargándolos, por así decir, sobre nuestros hombros y llevarlos a Cristo. Nos recuerda que podemos ser Pastores de su rebaño, que sigue siendo siempre suyo, y no se convierte en el nuestro. Por fin, el palio significa muy concretamente también la comunión de los Pastores de la Iglesia con Pedro y con sus sucesores; significa que tenemos que ser Pastores para la unidad y en la unidad, y que sólo en la unidad de la cual Pedro es símbolo, guiamos realmente hacia Cristo”.

 

Las palabras de Benedicto XVI invitan a obispos y sacerdotes a bordar en sus corazones y a esculpir en sus mentes la idea firme de que el rebaño confiado a ellos, no es de ellos, sino que es y siempre será del Señor.