Humillaciones por Cristo

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Es una cosa que deja estupefacto, a quien las sufre, eso de las persecuciones a causa del anuncio del Evangelio. Primero, porque siempre cabe preguntarse ¿por qué, si se hace el bien, las consecuencias no parecen proceder del bien? y, segundo, porque no deja de asaltar la sensación de saberse víctima de la ingratitud cuando esas persecuciones proceden de quienes han sido objeto de nuestro bien obrar.

 

En el Evangelio, el Señor ya nos previene sobre el rechazo a su anuncio cuando dice: “Si algún lugar no los recibe y no los escuchan, márchense de allí sacudiendo el polvo de la planta de sus pies, en testimonio contra ellos” (Mc 6, 11), pero en el Sermón de la Montaña nos llena de consuelo cuando nos hace saber: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 10).

 

En uno de sus viajes a Polonia, el papa beato Juan Pablo II nos entregó una profunda catequesis sobre las persecuciones cuando al celebrar Misa, durante la homilía, explicó lo siguiente: “Acabamos de escuchar las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la Montaña. ¿A quién se refieren? En primer lugar, a Cristo mismo. Él es pobre, manso, constructor de paz, misericordioso y, también, perseguido por causa de la justicia. Esta bienaventuranza, en particular, nos pone ante los ojos los acontecimientos del Viernes santo. Cristo, condenado a muerte como un malhechor y después crucificado. En el Calvario parecía que Dios lo había abandonado, y que estaba a merced del escarnio de los hombres. El evangelio que Cristo anunciaba afrontó entonces una prueba radical: «Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él» (Mt 27, 42); así gritaban los testigos de aquel evento. Cristo no baja de la cruz, puesto que es fiel a su Evangelio. Sufre la injusticia humana. En efecto, sólo de este modo puede justificar al hombre. Quería que ante todo se cumplieran en él las palabras del sermón de la Montaña: «Bienaventurados serán cuando -los hombres- los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes» (Mt 5, 11-12)”.

 

Pero en la vida del creyente, de una buena persona que frecuenta la Iglesia, que vive la vida sacramental, que participa en las actividades de la parroquia, que ayuda con su tiempo y con sus recursos, de pronto también se desatan allí mismo las persecuciones, ya de la comunidad, ya del párroco, del superior, del obispo o hasta de su propia familia. ¿Cómo entender esto? ¿Cómo cargar con esa tristeza y cómo superarla?

 

Durante aquel viaje a Polonia, Juan Pablo II lo explicó así: “Un creyente -sufre por causa de la justicia- cuando, por su fidelidad a Dios, experimenta humillaciones, ultrajes y burlas en su ambiente, y es incomprendido incluso por sus seres queridos; cuando se expone a ser contrastado, corre el riesgo de ser impopular y afronta otras consecuencias desagradables. Sin embargo, está dispuesto siempre a cualquier sacrificio, porque -hay que obedecer a Dios antes que a los hombres- (Hch 5, 29). Además del martirio público, que se realiza externamente, ante los ojos de muchos, ¡con cuánta frecuencia tiene lugar el martirio escondido en la intimidad del corazón del hombre, el martirio del cuerpo y del espíritu, el martirio de nuestra vocación y de nuestra misión, el martirio de la lucha consigo mismo y de la superación de sí mismo!”.

 

Hoy podemos preguntarnos si acaso ¿no se encuentra ante este tipo de persecuciones un creyente que defiende el derecho a la libertad religiosa o a la libertad de conciencia ante el aparato del Estado? Pero también nos preguntamos hoy, en muchas comunidades parroquiales, ¿porqué de pronto se lanza contra nosotros todo el aparato de la parroquia? ¿Pues qué no este el lugar ideal para proclamar el anuncio del Evangelio?

 

Para todos aquellos que han experimentado alguna vez que el entorno eclesiástico les ha sido adverso, les entrego con mucha esperanza las respuestas que nos da el Señor: “Alégrense y regocíjense porque su recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,12). “Recuerden lo que les dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Jn 15,20).