Hambre en África

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El desastre humanitario que ha llevado a casi 12 millones de personas, de las que casi un millón son niños, a padecer una situación de hambruna y sed en el Cuerno de África, al este del continente, principalmente en Somalia, Eritrea, Gibuti, Kenia y Etiopía, ya se extendió a Sudán del Sur, Uganda y Tanzania. Esta tragedia es ocasionada por una sequía de 18 meses que ha provocado inflación en los precios de alimentos, y que no está exenta de conflictos político-militares presentes en la región desde hace dos décadas. La población de Somalia es la más afectada, al punto de que muchos están abandonando su territorio en la búsqueda desesperada de un asilo por hambre.

 

La ONU determinó, la primera semana de agosto, que la cantidad mínima requerida para iniciar la operación del desastre es de 1,500 millones de dólares, pero hasta ahora no ha habido respuesta más allá de los donativos proporcionados por Cáritas International, Cáritas Italia y el Pontificio Consejo Cor Unum, los organismos de ayuda de la Santa Sede, y de la Conferencia del Episcopado Italiano, a partir del llamamiento que hiciera Benedicto XVI el pasado 31 de julio “para afrontar la grave sequía que está golpeando a la población del Cuerno de África”.

 

Es preciso decir que esta crisis humanitaria comenzó con el saqueo que varios países europeos cometieron, durante siglos, de los recursos naturales del continente negro; sabemos del marfil, de diamantes, y hasta de seres humanos que esclavizaron y que vendieron en sus deshumanizados mercados de esclavos. Esta es también una deuda que Europa mantiene hacia África, principalmente Francia, que nunca ha parado de sangrar a los africanos. Pero con todo y su histórico saqueo, ahora el continente europeo cierra sus puertas a las migraciones procedentes de África; como que sólo les interesaban sus recursos, no su población; seres humanos que cuando al fin logran ingresar a Europa son perseguidos por las policías de sus grandes capitales y ciudades. Yo mismo los he visto vendiendo chácharas en las calles de Roma y de París, y siento grande tristeza por estos seres humanos, mis hermanos, porque he visto que en cuanto aparece un policía, salen corriendo arrastrando tras de sí los relojes y las bolsas de mano que intentan vender, copias de marcas de lujo. También he visto cómo los turistas, sin piedad, les regatean para pagarles lo mínimo, sin contar siquiera el dinero que derrochan en cenas caras en restaurantes lujosísimos.

 

En mal momento vino a conocerse este desastre humanitario, cuando la economía de los Estados Unidos está llegando a su fin, cuando el precio del oro ha alcanzado la cotización más alta de su historia, y cuando los ministros de la Unión Europea no logran tomar acuerdos para librar a los mercados internacionales de una recesión económica mundial que amenaza con estallar en cualquier momento.

 

Se diagnostica que el desastre humanitario del Cuerno de África es consecuencia de sequías y de malos gobiernos, es cierto, pero también es necesario que sepamos y aceptemos que es consecuencia del modo que tenemos de consumir, un modo de vida que se ha distanciado del modelo propuesto por Jesucristo hace ya dos mil años. Hoy consumimos más de lo que regresamos al suelo, nos hemos convertido en una especie depredadora que en su ansia por tener y poseer, se ha lanzado incluso contra sí misma. El aborto da cuenta de esta realidad horrorosa.

 

También he observado la manera en la que se consume hoy en los centros comerciales, en los que se gasta y se compra lo que no se necesita, donde se ha hecho de lo superfluo algo indispensable para vivir. He visto cómo se adquieren, con tarjetas de crédito, perfumes de casi dos mil pesos y bolsas de mano de más de 50 mil. Sé de políticos y empresarios que pagan en restaurantes cuentas por más de cien mil pesos porque beben vinos estúpidamente caros.

 

Los mexicanos no éramos así, pero fuimos seducidos por el modelo de vida anglo-sajón y quedamos contaminados en la apreciación de la vida, del prójimo, de la riqueza, de la pobreza. Me duele escribir esto: Queremos vivir en la opulencia… aunque ya vivimos en el derroche.

 

Alguien tiene que parar esta injusticia. Si no lo hacemos nosotros… ¿lo tendrá que hacer Dios o lo hará la consecuencia de nuestro despilfarro?

 

Podemos enviar donativos para el desastre humanitario en África, con la certeza de que se canalizarán adecuadamente, a través del sitio en internet: www.caritas.org