Los Nephilim II

User Rating:  / 2
PoorBest 

 

 

En remotos tiempos pasados hubo gigantes en la tierra, así lo afirma la Sagrada Escritura y lo confirma en los libros del Génesis, de los Números, de Baruc y de Samuel. No hay motivo para dudar de la existencia de estos personajes a los que la Biblia se refiere, en algunos textos, como Nephilim; pero una equivocada, y a veces irresponsable interpretación de la Escritura ha provocado afirmaciones que no corresponden a la verdad y que han originado diversas fantasías en las que se afirma que los nephilim resultaron de relaciones sexuales entre demonios y mujeres, o que Dios envió el Diluvio para acabar con ellos, pero no es así.

 

Dios no envió el Diluvio para exterminar a los nephilim; el libro de Baruc lo deja claro cuando enseña que “Allí nacieron los famosos gigantes de antaño, de gran estatura y diestros en la guerra. Pero no los eligió Dios ni les enseñó el camino de la ciencia; y perecieron por no tener prudencia, por su locura perecieron” (Ba 3, 26-28). Es decir que los nephilim no fueron eliminados por Dios sino que desaparecieron por sí mismos, a consecuencia de sus propias imprudencias.

 

Los nephilim no son el mestizaje del encuentro entre los “Hijos de Dios” y las “Hijas de los Hombres”; eso lo aclara el libro del Génesis cuando afirma que “Los nephilim aparecieron en la tierra por aquel entonces, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres” (Gn 6, 4). Es decir que los nephilim no surgieron como resultado de esa unión, sino que ya existían desde antes, y que continuaron viviendo incluso después del gran diluvio.

 

Los nephilim fueron una raza de gigantes creados por Dios, es verdad, y todavía encontramos razón de ellos en el libro de Samuel, que narra: “Salió de las tropas de los filisteos un hombre de las tropas de choque, llamado Goliat, de Gat, de seis codos y un palmo de estatura. Tenía un yelmo de bronce sobre su cabeza y estaba revestido de una coraza de escamas; su coraza pesaba cinco mil siclos de bronce. Tenía en las piernas grebas de bronce y una jabalina de bronce entre los hombros. El asta de su lanza era como enjullo de tejedor y la punta de su lanza pesaba seiscientos siclos de hierro. Su escudero le precedía.” (1S 17, 4-7).

 

Dios hizo caer el Diluvio para exterminar a los seres surgidos de la mezcla entre los “Hijos de Dios” y las “Hijas de los Hombres”, a ese mestizaje que obraba puro mal de continuo y que provocó en Dios el arrepentimiento de haber creado al hombre, unos seres que ya no tenían el espíritu de Dios. ¿Quiénes eran? El libro del Génesis advierte sobre el peligro que Dios ve venir de que surgiera ese mestizaje cuando establece: “Se dijo Yahvé Dios: -¡Resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre-. Así que lo echó Yahvé Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Tras expulsar al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn 3, 22-24).

 

Si el mestizaje surgido de los “Hijos de Dios” y las “Hijas de los Hombres”, no son los nephilim, entonces ¿quiénes fueron esos mestizos a los que Dios borró de la faz de la tierra mediante el Diluvio? Todo parece indicar que no fueron seres venidos al mundo por el plan creacional de Dios sino por la mano del hombre. Los “Hijos de Dios” somos nosotros, rescatados del Diluvio en Noé y su descendencia, pero las “Hijas de los Hombres” habrían sido el resultado de la “elaboración” de otros seres mediante una posible manipulación genética, de la que sólo se obtenían mujeres, sin alma por supuesto, para placer de los hombres. El resultado fueron seres, también sin alma, que sólo hacían el mal en oposición al plan divino. Si es así, es posible que aquella primera humanidad anterior a la nuestra lograra acercarse al Árbol de la Vida y comer de él.

 

Si todo esto es así, nos lleva a acercarnos un poco a entender porqué la enseñanza de la Iglesia se opone de manera tajante a los abortos, a la manipulación embrionaria y a la clonación. ¡La Iglesia es hoy ese Querubín que resguarda el Árbol de la Vida!