Yo lo negué

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-¡También tú estabas con Jesús de Nazaret!- me gritó a la cara, mientras me señalaba con la punta de un puñal, una de las mujeres que habían sido criadas en el palacio del Sumo Sacerdote. Yo simulaba estar calentándome al fuego, cuando en verdad lo que hacía era atisbar hacia el interior por algunas de las ventanas. –¡Ni sé ni entiendo qué dices!- respondí mientras sentía que el pecho me aplastaba el corazón al punto de perder el aliento, como si una fuerza que brotaba de un abismo en mi interior intentara ahogar calladamente mis nefastas palabras.

 

Pero permítaseme un momento de comprensión antes de continuar con este relato, pues debo confesar que mi ánimo se encontraba descoyuntado, y yo, deshecho en mi interior. Entre mi corazón y mi mente se desarrollaba una guerra de ideas y sentimientos que ya no podía controlar. Mis manos transpiraban un sudor frio mientras el pulso intentaba ocultar sus temblores frotando las manos cerca del fuego, del que lo que menos me importaba era su calor.

 

Salí al portal, y recuerdo que cantó un gallo anunciando la inminencia del amanecer, y que me asaltó otra vez la criada, ahora dando aviso de mi presencia a los demás que allí estaban. –¡Este es uno de ellos!- gritó con una de esas voces que denuncian. Pero a pesar de que era la verdad, yo lo negué de nuevo.

 

Ahora pido un momento de reflexión para hacerles saber una cosa que es dolorosísima para mí, y que muchos desconocen: Yo no tenía miedo de morir… estaba decepcionado de Jesús, y como tormenta de arena me azotaban muchas dudas hacia quién, realmente, era él. Ya sé que yo mismo lo proclamé Mesías cuando él nos había cuestionado sobre nuestros pensamientos hacia su persona. –Tú eres el Cristo- le había respondido, pero es que le había visto realizar milagros por sus manos, expulsar demonios, curar leprosos y hasta revivir muertos. Mas ahora… al verlo tan dejado de la mano de Dios y con aquella actitud de oveja -¿cómo poder olvidarla?- que ante quienes la trasquilan está muda… pensé que todo había sido un engaño. ¡Yo le había confiado mi vida y ahora mi vida se derrumbaba ante mí y mi futuro no era más que su fracaso.

 

Recuerdo que había algo en mí que me anclaba a las baldosas del suelo, un no sé qué que me obligaba a permanecer cercano a él, cuando de pronto… de entre los que allí estaban, algunos me reconocieron y me señalaron gritando: -¡Ciertamente eres de ellos, pues además eres galileo!-. Entonces me puse a echar imprecaciones y a jurar -¡Yo no conozco a ese hombre de quien hablan!- y fue cuando cantó el gallo por segunda vez y cuando recordé lo que él me había dicho: -Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres-. En ese instante rompí a llorar, y entre el agua que inundaba mis ojos vi a María, su madre, y con mis manos tapé mi rostro para cubrir mi vergüenza ante ella, ante mí, ante todos…

 

Ahora ruego que traten de imaginar lo que he padecido, sufriendo, toda vez que escuchaba cantar a un gallo… ¡era una espada que partía en dos mi memoria! Y esta memoria mía nunca olvidará cómo es que lo abandoné aquel día en que lo crucificaron, cómo al día siguiente no era yo más que una alma nomadeante de la Tierra Santa y cómo mi corazón se había endurecido, por las dudas infundadas, al punto de no creer a las mujeres que me trajeron la dichosa noticia de su resurrección a la vida.

 

Unos días después, estando refugiado con otros de nosotros, tristes y llorosos, una luz iluminó la estancia. Alcé los ojos y vi que era él, resplandeciente más allá del sol. Me miró y me dijo: -Pedro, ¿me amas?- Yo le respondí que sí, pero él volvió con la misma pregunta. -Tú sabes que te amo- le dije con fuerza; y me preguntó lo mismo por tercera ocasión. Con la firmeza de una piedra le respondí: -Señor, tú bien sabes que te amo-, y le cuestioné: ¿Por qué me preguntas tres veces lo mismo? ¿Es que dudas de mí?

 

Su respuesta vino a curar mi corazón, a ser el alivio de mis penas y la salvación de mi alma: -Yo sé que me amas, Pedro, mas he querido borrar de tu historia las tres ocasiones en que negaste conocerme, trocándolas por estas tres, en las que has confirmado tu amor por mí-. Ahora, con mi alma restaurada, suspiro cuando recuerdo que yo negué conocer al Señor.