Yo lo descolgué de la cruz

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No permití que el cuerpo de nuestro Señor quedara colgado de esa cruz en el Gólgota aquel viernes, el más triste de nuestra historia, ni el sábado de Pascua. Lo habrían devorado las fieras y aves de rapiña. Así que armándome de valor acudí ante el Praefectus Poncio Pilato a fin de que me concediera descolgarlo para darle sepultura. Obtener de Pilato esa gracia no fue fácil, con todo y que yo era rico y miembro respetable del Sanhedrín.

 

Nací en Arimatea, al norte de Judea, cerca de Samaria. Mi hermano mayor, Joaquín, había concebido con su esposa Ana, a María, la madre de Jesús. Yo me llamo igual que el esposo de esa tierna creatura, el carpintero José. Hoy confieso, orgulloso, que soy discípulo de Jesús, cosa que tuve que ocultar durante un tiempo por miedo a perder prestigio.

 

Aquel nefasto viernes el Praefectus estaba fastidiado con el Sanhedrín porque le había presionado, con los sumos sacerdotes y escribas, para que dictara sentencia de cruz sobre Jesús. Por mi parte, me había logrado ganar el respeto de Pilato durante diversas reuniones que sostuvimos para evitar más crucifixiones a cambio de mantener en paz a los nuestros. Pues bien, con tal de que me permitiese descolgar el cuerpo de Jesús tuve que comprometerme a mucho con Pilato.

 

La noche anterior Jesús había sido llevado, como delincuente, a la casa del sumo sacerdote para ser juzgado por sanhedritas y escribas, pero Nicodemo y yo abandonamos la reunión porque vimos que no encontraban ni una acusación contundente. Luego supimos que durante la noche le hicieron otras cosas terribles y que por la madrugada lo llevaron, encadenado, ante Pilato. Cuando nos enteramos de estas atrocidades fue demasiado tarde, Jesús ya estaba crucificado.

 

Junto a él ejecutaron a dos malhechores. Gestas, que estaba a su izquierda, le gritaba: -Mira cuánto mal he hecho sobre la tierra, y de haber sabido que eras rey, ¡también contigo hubiera acabado! En cambio Dimas, que estaba a su derecha, le decía: -Te conozco, sé que eres Hijo de Dios y te veo como el Mesías que eres, adorado por legiones de ángeles que rodean tu cruz. Te ruego que perdones mis pecados. Líbrame, Señor, de tu juicio y antes de que mi alma salga, manda que sean borrados mis pecados, y acuérdate de mí en tu Reino.

 

Cuando el ladrón terminó de suplicar, escuché a Jesús responderle: -Dimas, hoy mismo vas a estar conmigo en el paraíso. Puedes morir en paz y decir a los querubines y a las potestades que blanden la espada de fuego resguardando el paraíso, que yo quiero y mando que ingrese el que ha sido crucificado conmigo, y que reciba por mí la remisión de sus pecados. Unos minutos después Jesús entregó su espíritu al Padre.

 

Era la hora nona cuando me llené de valor y corrí al pretorio para hablar con Pilato, que extrañado de que el Señor hubiese muerto tan rápido, envió a un centurión a cerciorarse. Al llegar el centurión al Gólgota –esto lo supe después- tomó una lanza y lo atravesó desde su costado derecho hasta el corazón. Enterado Pilato, me dio permiso para descolgarlo. Yo había mandado comprar un lienzo de fino lino tejido tipo espina de pez, de más de cuatro metros de largo por un poco más de un metro de ancho.

 

Nicodemo y yo, ayudados por algunos, empleando tenazas y martillos sacamos los clavos de sus pies, después el clavo de su mano derecha, que cayó sobre mi hombro, luego el de su otra mano. Yo pasé mi brazo alrededor de su cintura y al momento recibimos, Nicodemo y yo, su cuerpo muerto sobre nuestros cuerpos. -Todavía conservamos nuestras túnicas hermoseadas con su sangre-. Lo entregamos a los brazos de su madre y allí quedó, en su regazo, hasta que sus lágrimas lavaron todo su cuerpo. Luego lo recostamos sobre una mitad de la tela y con la otra mitad lo cubrimos. Después lo metimos al sepulcro que yo había comprado para mí, excavado en roca.

 

Los sanhedritas me encarcelaron, pero la tarde del domingo vino Jesús hacia mí acompañado de Dimas, y se iluminó mi celda con una gran luz. El lugar se elevó hasta quedar en el aire para que yo pudiera salir. Luego vi a Jesús transfigurarse hasta ser luz por completo, y al ladrón con otro aspecto, como de rey engalanado, exhalando un perfume procedente del paraíso.

 

He escrito esto para que crean en nuestro Señor y para que, creyendo, sean herederos de la vida eterna y podamos encontrarnos juntos en el reino de los cielos.