Cuerpos incorruptos

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La vidente de las apariciones de la Virgen María en la gruta de Massabielle, en Lourdes, Francia, Bernadette Soubirous, fue una chica privilegiada del Cielo. Ella pudo ver con sus hermosos ojos a la Virgen María Madre de Dios y dar a conocer, con su propia voz, los mensajes que quiso entregar a la humanidad, a través de ella, en 1858.

 

De santa Bernadette me fascina saber que cuando el escultor Joseph Hughes Fabisch le mostró terminada la estatua de la Virgen de Lourdes -en 1864- a partir de las descripciones que Bernadette le dio, ella le indicó que la Virgen no era tan alta como la escultura. -Pues… ¿de qué estatura es? -Le preguntó el artista-. Y ella respondió: -Así como yo. Bernadette tenía entonces 15 años de edad. Hoy me deleita pensar que la Virgen se le apareció de esa misma edad, como una jovencita de 15 años, ya con el Verbo de Dios engendrado en su seno.

 

Viajé a Lourdes, estuve en el Santuario-Basílica y bajé a la gruta. Allí contemplé la estatua de la Virgen con sus manos juntas en oración. Oré ante ella, oré con ella. Bebí del agua que allí brota y vi peregrinaciones de enfermos que acuden buscando un milagro. Pero me faltaba conocer a Bernadette. Así que de Lourdes viajé 700 kilómetros hasta la pequeña ciudad de Nevers.

 

Bernadette Soubirous quiso ingresar a la Comunidad de las Hijas de la Caridad de Nevers, adonde llegó en julio de 1866, para iniciar su noviciado, y donde murió 13 años después, el 16 de abril de 1879. Yo entré a ese mismo convento y pregunté por ella. Me indicaron que en la capilla del convento. En cuanto entré a esa capilla recibí un golpe de silencio, de paz y de quietud. Se aflojó todo mi cuerpo, percibí un fragante aroma a flores y me dirigí hacia el féretro de cristal. Quedé fascinado al contemplar el prodigio. Allí vi a santa Bernadette… hermosa, con sus dedos entrelazando sus manos recogidas sobre su pecho. Su rostro sereno, de 35 años de edad, reclinado hacia su hombro izquierdo. Ella vio a la Virgen María -pensé de inmediato- y el Cielo ha conservado su cuerpo incorrupto. ¡Esto va más allá de la paz de todo sepulcro!

 

De regreso a México investigué sobre otros cuerpos incorruptos, que no son lo mismo que los cuerpos momificados que están secos y rígidos, a diferencia de los incorruptos que se mantienen frescos y flexibles por años y hasta por siglos. De mis indagaciones elaboré un catálogo de 26 santos, 26 santas, siete beatos y ocho beatas. Esta es mi lista:

 

-Santos: Andrés de Bobola, Aprio (mártir), Anselmo de Baggio, Bernardino de Siena, Camilo de Lellis, Carlos Borromeo, Casimiro, Charbel Makhlouf, Coloman, Diego de Alcalá, Eduardo (mártir, rey de Inglaterra), Erminio Riccardo Pampuri, Francisco Xavier, Hugo de Lincoln, Ignazio de Laconi, Juan Bosco, Juan de la Cruz, Juan María Vianney, Juan Newman, Liberato (mártir), Pascual Baylón, Pío de Pietrelcina, Pio X (Papa), Ricardo Pampuri, Sylvano (mártir) y Vicente de Paul.

 

-Santas: Aurelia, Bernadette Soubirous, Catalina de Bologna, Catalina de Siena, Catalina Labouré, Clara de Montefalco, Fortunata (mártir), Imelda, Inés (mártir), Inés de Montepulciano, Josefina Bakhita, Julia Billiart, Lucía, Luisa de Marillac, María Francisca de las Cinco Llagas, Margarita María de Alacoque, Margarita Redi, María Magdalena de Pazzi, María Mazarello, Narcisa de Jesús, Olga de Kiev (reina de Ucrania), Rita de Cascia, Smeralda Eustaquia Calafatto, Teresa de Jesús, Verónica Giuliani y Vittoria (mártir).

 

-Beatos: Alessio de Riccione, Aloysius Stepinac, Ángelo de Acri, Stéfano Bellesini, Sebastián de Aparicio, Juan Bautista Scalabrini (obispo de Piacenza) y Juan XXIII (Papa).

 

-Beatas: Angela Merici, Ana María Taigi, Jacinta Marto, Mariana de Jesús, María de León Bello y Delgado, María de san José, Mattia Nazarei y Ossana de Mantua (también estigmatizada).

 

Mientras contemplaba el apacible rostro de santa Bernadette Soubirous, en la capilla de san José, del convento de Nevers, recordé las últimas palabras que ella pronunció antes de morir: “¡La he visto otra vez! ¡Qué hermosa es!”. Me sentí feliz de haber sido bautizado en la Iglesia que Cristo fundó y me siento orgulloso de ser católico, de mantenerme en la fe de mis padres y dichoso ser testigo de estas gracias celestiales.

 

Para la Iglesia, un cuerpo incorrupto no es sinónimo ni causal de santidad, pero a la vista no deja de ser prodigioso. Algunos han sido recubiertos con una fina capa de cera para preservar el rostro y las manos; aun así, lo que de la vista pasa al corazón siempre se transforma en una sonrisa, en un rostro sereno, como el de Bernadette Soubirous.