Somos la admiración de Dios

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Consta que la máxima violación de los derechos humanos consiste en descuidar un deber fundamental, que es el conocimiento de nuestra naturaleza humana, de la cual brotan los derechos humanos universales.

Resulta contradictorio hablar de dignidad y de derechos humanos, si no se aclara ¿qué y quién somos?

En seguida enumeramos los elementos constitutivos de nuestra constitución humana, según la declaración cristiana de los derechos humanos.

El hombre es un ser creado.

Crear es una operación exclusivamente divina, que consiste en participar totalmente el propio existir a otro. Sin Él, no seríamos. Somos contingentes y esto significa que somos por estar "en contacto" con el Otro. Todo lo que somos y todo lo que tenemos lo hemos recibido de otro. Es necesario educar a la alteridad ("alter", otro) y sentirnos parte del cosmos.

El hombre es "imagen de Dios".

Los humanos somos imágenes de Dios en cuanto somos espirituales. Espiritual se dice del ser dotado de inteligencia y de voluntad libre. Ahora bien, Dios es espíritu incorpóreo e increado. El Ángel es un espíritu incorpóreo y creado. Nosotros somos espíritus incorporados y creados. Es necesario aprender a darnos cuentas que existimos por ser espirituales.

El hombre es un ser viviente.

La naturaleza humana es un compuesto de un cuerpo animado por un alma racional, con funciones vegetativas, sensitivas y pasionales (comunes con los demás vivientes inferiores) y con funciones espirituales típicamente humanas, que son la vida intelectiva y la vida de la voluntad libre.

El hombre es un ser vegetativo.

Por la nutrición el viviente asimila la materia ajena y la convierte en propia. Por el crecimiento el viviente aumenta cuantitativamente hasta alcanzar una dimensión media dentro de su especie. Por la reproducción el viviente hace participar a otros de su naturaleza mediante la generación (generar significa producir un ser de la misma naturaleza).

El hombre es un ser sensitivo.

Vista, oído, olfato, gusto y tacto son órganos estimulados por las cualidades sensibles del cosmos. Se producen sensaciones visuales, auditivas, olfativas, gustativas y táctiles para una comunicación sensible del hombre con los demás y con lo demás.

El hombre es un ser pasional.

Amor sensible y odio. Deseo y aversión. Alegría y tristeza. Esperanza y desesperanza. Audacia y miedo. Y finalmente la ira. Estas son las pasiones, maravillosas fuerzas instintivas, propias de los animales irracionales y de los humanos. Nosotros los humanos podemos educarnos a regularlas mediante las virtudes intelectuales y volitivas.

El hombre es un ser inteligente.

Por su inteligencia el hombre puede conocerse a sí mismo, al mundo y a lo trascendente. Por su inteligencia puede planear su vida personal y realizarla. Es necesario darnos cuentas que existimos porque pensamos.

El hombre es un ser consciente.

En lo íntimo de su conciencia el ser humano descubre las vibraciones de una ley natural, que él no se dicta a sí mismo y que lo impulsa naturalmente a hacer el bien y a evitar el mal. Bueno es aquello que se ajusta con el modelo original de naturaleza humana. Malo es aquello que no se ajusta con ella.

El hombre es un ser libre.

Libre es quien sabe lo que quiere hacer. Por su inteligencia el hombre es capaz de conocer las diversas opciones que se le presentan. Por medio de la voluntad (la cual es buena cuando está bien iluminada por la inteligencia) el hombre es capaz de un proceso de deliberación acerca de las múltiples opciones. Por la libertad, fundada en la verdadera y buena voluntad, el hombre se entrega generosamente a la opción predilecta entre muchas. De esta manera, el Hacedor nos ha constituido criaturas creadoras de nuestra propia historia personal.

El hombre es un ser conyugal.

Aquí está el fundamento de los derechos universales humanos. Todos somos humanos porque hemos nacido de una pareja humana. Esto nos lleva a admitir que varón y mujer, enfermo y sano, niño y anciano, pobre y rico, clérigo y laico, europeo y americano, todos valemos lo mismo. Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunidad de personas humanas. Familia es lugar natural donde se habla (for, faris, fatus sum, fari, verbo de dialogo, que significa "hablar"), así que la familia es el lugar natural de la comunicación, que es unificación. De hecho, por su íntima naturaleza, el hombre es un ser social y no puede existir sin relacionarse con los demás.

El hombre es ser persona.

Persona significa un sujeto de naturaleza racional. La misma palabra "persona" (per-sonare, verbo acústico de sintonía) nos indica su esencia que consiste en la capacidad de sintonizarse (personar) con otro ser persona humana y con la persona divina, gracias al poder espiritual, que consiste en la capacidad intelectiva y en la capacidad de autodeterminación.

El hombre es un ser dotado de virtudes del entendimiento.

La inteligencia es el hábito adquirido con el ejercicio para aclarar siempre lo que estamos tratando.

La ciencia es el hábito adquirido con el ejercicio para dar siempre las razones de lo que afirmamos.

La sabiduría es el hábito adquirido con el ejercicio para profundizar siempre lo conocido y lo demostrado.

Nosotros traicionaríamos nuestra dignidad si nuestro aprendizaje se limitase a una repetición de puras formulas, sin cultivar el hábito de la observación, de la reflexión y de la profundización de lo que vamos afirmando.

El hombre es un ser dotado de virtudes de la voluntad.

La prudencia que dispone la conciencia moral para discernir nuestro verdadero bien y elegir los medios adecuados para alcanzarlo.

La justicia que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido, es decir, en tratarlos justamente por lo que ellos son.

La fortaleza que asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia de la voluntad en la práctica del bien.

La templanza que modera la atracción y procura el equilibrio de la voluntad en el uso de los bienes materiales.

Prudencia, justicia, fortaleza y templanza se denominan virtudes cardinales, ya que alrededor de ellas se desarrolla todo el proceso educativo para vivir una vida humana ordenada.

El hombre es un ser falible.

Este ser humano, dotado de inteligencia y voluntad libre y de sus relativas virtudes, tiene su evaluación escrita en el relato bíblico: "Dios miró cuanto había hecho y lo juzgó muy bueno (Gn 1, 31).

Somos la admiración de Dios, sin embargo, es evidente que nuestra historia y la historia de la humanidad son relatos de errores corregidos. Cuando la luz de la inteligencia se va ofuscando y cuando la fuerza de la voluntad se va debilitando, ocurre que la generosidad de la libertad se bloquea. A esto se le llama pecado, que consiste en la infidelidad al modelo original de ser humano, que se encuentra primeramente en la mente del Hacedor.

Prácticamente, esta infidelidad al modelo original es causada por la tendencia a divinizar aquello que no es Dios (dinero, poder...) y por la tendencia a no aceptar que todos los humanos valemos lo mismo (machismo, clasismo, racismo...). Este desajuste implica la división íntima del hombre, quien, por su inclinación a lo negativo, no sabe como iniciar el proceso para que esta naturaleza humana se levante, se cicatrice, se limpie y se recree. Para ello es necesario un modelo a seguir.

El hombre es un ser liberado por el modelo original.

La recuperación, es decir la liberación de lo negativo en favor de la naturaleza humana, es posible solamente con la encarnación del Verbo. "Encarnación" significa la operación de asumir la naturaleza humana, (aquella que Dios miró y juzgó muy buena). "Verbo" es el Hijo de Dios. Buena es la denominación "verbo", porque, así como el verbo o palabra es la expresión de una idea, así Cristo es la expresión de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza. En su mente creadora se encuentra el modelo original de ser humano, que nosotros buscamos.

El Hijo de Dios se hizo uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en la tendencia hacia lo negativo, así que, mirando la persona de Cristo podemos aprender a recuperar la imagen perdida.

Ahora bien, los rasgos del rostro de Cristo se encuentran delineados en el "Padrenuestro" y en el Código de las Bienaventuranzas. De hecho, el Verbo se encarnó para enseñarnos a decir "Padre Nuestro".

"Padre" significa que somos hijos. Cristo, hijo unigénito. Nosotros, hijos adoptivos con los mismos derechos humanos comunes. "Nuestro" significa que todos somos hermanos, hijos del mismo único Dios Padre (hermano, germano, significa del mismo germen), así que varón y mujer, niño y anciano, pobre y rico, clérigo y laico, europeo y americano, todos valemos lo mismo, por haber nacido de una pareja humana y por ser dotados de la posibilidad de entender y querer libremente.

En esta vivencia de igualdad encontramos la clave de liberación de lo defectuoso de nuestro perfil humano, que Cristo proclama en el mandamiento nuevo: "Ámense los unos a los otros, como yo los he amado". Aquí encontramos la palabra amar, palabra tan profunda y tan desgastada por el uso.

¿Cómo podemos traducir el verbo "amar"? Lo debemos traducir con el verbo "unir", así que, tenemos una conducta divina, si buscamos la unión y tenemos una conducta diabólica, si buscamos la división. Unidad es el paraíso. División es el infierno. En la división, el ser humano se encuentra frustrado. En la unión, el ser humano se encuentra realizado.

Los rasgos del rostro de Cristo se encuentran operativos en el Código de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-14), que me atrevo a desglosar así.

  • Todo lo que somos y todo lo que tenemos, lo hemos recibido de otro.
  • Todos valemos justamente lo mismo, por haber nacido de una pareja humana.
  • Todo ser humano es una persona que ha nacido corporalmente, dotada de los dones de la inteligencia y de la autodeterminación para su realización integral.
  • Alcanzaremos la verdadera felicidad, si no consideramos el dinero y el poder como únicos criterios de realización.
  • Nuestra historia y la historia de la humanidad son relatos de errores corregidos.
  • Lograremos la realización progresiva, si cultivamos la práctica del sufrimiento, que consiste en aprender a sobrellevarlo todo.
  • Llegaremos a la realización plena, si cultivamos la práctica del perdón, que consiste en la voluntad de reestablecer la unidad perdida.
  • Obtendremos la realización total, si somos constructores de la paz social, convencidos que el corazón de la paz es la paz del corazón.
  • Conseguiremos nuestra realización definitiva, solamente si seguimos ajustándonos al modelo humano proclamado en el código de las bienaventuranzas (Mt 5, 1-14).

Conclusión.

La antropología cristiana es la proclamación de la unidad, que nos lleva progresivamente a admitir que varón y mujer, enfermo y sano, niño y anciano, pobre y rico, clérigo y laico, europeo y americano, todos valemos lo mismo por el hecho de haber nacido de una pareja humana con la capacidad de la inteligencia y de la autodeterminación.

El cristiano llegará a ser por definición un promotor de los derechos humanos. En efecto, es un ser humano que piensa y actúa bajo el signo de la unión, para llegar a adquirir personalmente y socialmente una mentalidad unificadora.


 

El Dr. Luciano Barp Fontana es Profesor de Filosofía, Ciencias Religiosas y Letras Clásicas e investigador de tiempo completo en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad La Salle, Ciudad de México. Sus áreas de investigación son: Antropología filosófica; Ética filosófica y teológica; Derechos humanos; Filosofía de la ciencia y Filología clásica.
Pertenece a la Asociación Mexicana de Estudios Clásicos, A.C.; la Asociación Filosófica de México, A.C.; la Academia Mexicana de Doctores en Ciencias Humanas y Sociales, A.C.; la Sociedad Mexicana de Filosofía, A.C.; y la Sociedad Internacional Tomás de Aquino.